Levanté la vista del libro y lo vi. Se acercaba decidido, con mucho ánimo y buen paso. En su semblante pude ver la convicción, la seguridad y la claridad de miras. Iba solo. Pasó por delante de mí sin mirarme y siguió su camino al mismo paso. Llegó a la esquina y se detuvo antes de cruzar la calle y la atravesó cuando cambió la luz en el semáforo. Lo seguí con la mirada hasta que ya no pude verlo. ¿A dónde irá? Me pregunté. No es un joven pero se le ve saludable. Sería interesante seguirlo y averiguar a dónde se dirige y descubrir cuáles son sus actividades y sus relaciones. En dónde vive y con quién. Qué come y que hace con su tiempo. Me sentí de pronto como uno de esos paparazzi que acosan a los famosos y deseché la idea, pero ésta regresó con otras ropas. Podría realizar un cortometraje. Seguirlo y grabar todo lo que hiciera. Cualquiera se sentiría molesto si descubre que es filmado sin su consentimiento pero... Al día siguiente llevé mi cámara de video y me senté en la misma banca. Hice algunas pruebas pero me resultó imposible pasar inadvertido. Decidí utilizar un teleobjetivo para grabar a una distancia mayor sin ser descubierto. No bien encontré un lugar disimulado para grabar cuando apareció caminando por la esquina. Lo reconocí de inmediato y comencé a grabarlo. ¡Qué suerte! -me dije- ¡Es el mismo de ayer! ¡Todo un personaje! Parece tener hábitos muy definidos. La misma hora, la misma calle, tal vez el mismo recorrido. Lo seguí calle tras calle y tuve que correr varias veces para hacerle tomas por delante y de perfil. Si acaso me vio no le importó. El siguió en lo suyo. Al llegar a una bocacalle dio la vuelta y casi logró darme el esquinazo. Corrí y crucé a la acera de enfrente para reanudar mis tomas. Fue cuando lo vi entrar a un edificio de departamentos donde finalmente lo perdí pues no lo hallé en ninguno de los cuatro pisos del inmueble. Me fui a casa y me puse a editar las imágenes. Bastante buenas, pero sentí que me faltaba mucho. Tenía que averiguar de dónde venía y luego descubrir a qué departamento llegaba. Hacer las tomas iniciales requeriría de varios días de investigación avanzando calle por calle hasta averiguar de dónde salía. Saber a dónde llegaba dependería de un poco de descaro de mi parte. Lo esperaría dentro del edificio de departamentos y vería en cuál de ellos se metía. Si como parecía, era un individuo de hábitos, sólo era cuestión de tiempo.
Pasaron dos semanas y mis pesquisas tuvieron el éxito deseado. Salía de una casa particular donde una señora madura lo despedía a eso de las diez de la mañana y empezaba su recorrido cruzando muchas calles hasta el edificio de departamentos. Subía las escaleras hasta el cuarto piso y tocaba en la puerta del 46. Ahí le abrían y entraba como si tal cosa. Ahora me encontraba con una disyuntiva. ¿En cuál casa preguntaría y con qué pretexto? Me decidí por el departamento. Como ya estaba ahí, cobré ánimo y toqué la puerta. Abrió una joven que se sorprendió de ver a un tipo grabándola al salir. La saludé sin dejar de grabar y ella, desconcertada, contestó mi saludo. Hice un corte, bajé la cámara, me presenté y lo más concreto que pude le expliqué la causa de mi visita. Amablemente me hizo pasar. Le conté más detalles sobre mi proyecto y ella me relató la historia que sustentaba mis imágenes. Se había casado hacía unos meses y la pareja había rentado el departamento de inmediato. Más o menos al mes de haberse mudado, mientras su esposo estaba trabajando, escuchó ruidos en la puerta. Salió y se encontró con la sorpresa de que su perro, que vivía en casa de su madre, estaba ahí sentado mirándola de hito en hito. Le dio mucho gusto verlo y lo hizo pasar. Después le dio algo de comer y por la tarde el perro rasguñaba la puerta queriendo salir. Ella le abrió y el animal se fue. Así había sido todos los días desde entonces. El animalito recorría un buen número de calles para compartir su afecto con la madre y la hija cada día de la semana. Cuando esto sucedía, el Duque tenía ocho años de edad.
Pasaron dos semanas y mis pesquisas tuvieron el éxito deseado. Salía de una casa particular donde una señora madura lo despedía a eso de las diez de la mañana y empezaba su recorrido cruzando muchas calles hasta el edificio de departamentos. Subía las escaleras hasta el cuarto piso y tocaba en la puerta del 46. Ahí le abrían y entraba como si tal cosa. Ahora me encontraba con una disyuntiva. ¿En cuál casa preguntaría y con qué pretexto? Me decidí por el departamento. Como ya estaba ahí, cobré ánimo y toqué la puerta. Abrió una joven que se sorprendió de ver a un tipo grabándola al salir. La saludé sin dejar de grabar y ella, desconcertada, contestó mi saludo. Hice un corte, bajé la cámara, me presenté y lo más concreto que pude le expliqué la causa de mi visita. Amablemente me hizo pasar. Le conté más detalles sobre mi proyecto y ella me relató la historia que sustentaba mis imágenes. Se había casado hacía unos meses y la pareja había rentado el departamento de inmediato. Más o menos al mes de haberse mudado, mientras su esposo estaba trabajando, escuchó ruidos en la puerta. Salió y se encontró con la sorpresa de que su perro, que vivía en casa de su madre, estaba ahí sentado mirándola de hito en hito. Le dio mucho gusto verlo y lo hizo pasar. Después le dio algo de comer y por la tarde el perro rasguñaba la puerta queriendo salir. Ella le abrió y el animal se fue. Así había sido todos los días desde entonces. El animalito recorría un buen número de calles para compartir su afecto con la madre y la hija cada día de la semana. Cuando esto sucedía, el Duque tenía ocho años de edad.
