Descubrió su posible infidelidad por las huellas de unos tacones altos marcadas en el tapete del auto y un retraso muy bien explicado pero nada creíble, iluminado a la luz de la desconfianza. Su mente se convirtió en un torbellino. Fechas, lugares y situaciones difíciles de comprobar si no eres un detective experto. Ella no lo era, pero poseía ese don de sospecha. Ese sexto o séptimo sentido que convierte a una mujer inteligente en un investigador innato. Era observadora por naturaleza y detalles insignificantes para cualquiera, saltaban ante sus ojos y su nariz como gritándole aquí estoy, casi sin buscarlos. Su afán por la limpieza era un aliado permanente. Antes de sentarse en el auto observaba que no hubiera partículas de nada sobre el asiento y su respaldo. Así descubrió una conchuela de esmalte para uñas que ella no usaría jamás. Una diminuta piedra de fantasía barata que no habría formado parte de ninguna de sus joyas. Un cabello castaño y corto, en la cabecera del respaldo junto con un aroma dulzón. El suyo era negro y largo y su fragancia, las maderas. De esos hallazgos ya no pidió explicaciones.
Esa noche de invierno lo esperaba cubierta solo con un negligé, en un esfuerzo por renovar la pasión que hacía tiempo había desaparecido. Nevaba copiosamente y el camino de entrada a la casa se había cubierto con una sábana blanca. Tenía casi tres horas de retraso. La oscuridad de su alcoba se iluminó fugazmente con las luces del auto al entrar. Se detuvo, pero él tardaba en salir. Intrigada, buscó los prismáticos y enfocó el auto. Se veía actividad en el interior. Un movimiento de vaivén que juzgó inconcebible frente a la entrada de su casa. Enardecida, no lo pensó más. Tomó el revólver del bureau y con el silencio de sus pantuflas bajó las escaleras. Abrió la puerta, salió y llegó hasta el coche. Dentro, el movimiento seguía. Fuera de sí, abrió de golpe la puerta del auto y sin dudarlo le disparó uno a uno los seis tiros del arma. El cuerpo de su marido se desplomó en una posición grotesca empuñando todavía la pequeña aspiradora. Totalmente en shock, dejó caer la pistola humeante sobre la nieve y lentamente se dirigió a la entrada. De sus ojos se derramaban lágrimas silenciosas como de una fuente de ornato. Trató de abrir la puerta pero no pudo. Se había quedado afuera. Las piernas, incapaces de sostenerla se le doblaron y cayó de rodillas. Así la encontraron al día siguiente bajo el portal, mirando con los ojos helados la puerta de su casa.
