martes, 13 de septiembre de 2011

EL ARMARIO

Muchas veces se me ha dicho que me comporte como el adulto que soy, tal vez no con estas palabras, pero siempre con esa intención. Creo que la postura de mis interlocutores era la de la mayoría de la gente adulta.
    Hace tiempo, cuando era niño, me molestaba bastante que los adultos me callaran la boca, hasta que caí en la cuenta de que los que estaban mal eran ellos. ¿Cómo pedirle a un niño de siete años que se comporte como adulto? ¿Cómo forzarlo a callar y no participar en las conversaciones de los adultos? ¿Cómo podían ellos saber que yo estaba pensando que eran unos necios y que lo que decían eran puras tonterías? Así que pensé que ser estúpido era una prerrogativa de los mayores y que por no sé que razones tenían el derecho a callarme cuando abría la boca. Bueno, así eran las cosas. Conforme fui creciendo empecé a reservar para mí mis opiniones y sólo las exponía cuando me parecía necesario cambiar el rumbo de una conversación insulsa. Recuerdo, sin embargo, aquella vez en que "metí mi cuchara" y para mi sorpresa, uno de los participantes comentó "¡Mira qué bien, este chamaco ha viajado!" y yo aparentando indiferencia me llené de orgullo y me sentí aceptado en aquel círculo de mayores. Pero, apartir de ahí, no me pararon y hasta ahora no me importa que me digan que parezco un niño y que me comporto como tal. ¡Ah! Pero he tomado providencias. La madurez te enseña a transigir y a ceder de vez en cuando, así que compré un armario bonito, de madera, en el que cuando voy a tratar con un grupo que tiene fama de serio, con mucho cariño encierro al niño que siempre llevo fuera.