El bueno de Giuseppe jamás conoció por experiencia propia sus dotes extraordinarias. Todo lo que hacía en éxtasis le era relatado con posterioridad. Según esto, nunca disfrutó de esos eventos. Si hubiera vivido en estos días quizá hubiera sido sujeto de estudios por parte de la ciencia y no creo que eso lo hubiera hecho más feliz. Lo imagino encerrado en lugares totalmente asépticos, conectado a una maraña de cables y aparatos y sometido a experimentos y comprobaciones exhaustivas; aislado e incomunicado para facilitar su control. Bueno, en aquella época, a medio siglo XVII, le pasó lo equivalente pero sin ser sometido a estudios extenuantes. A las autoridades les bastaba con enviarlo a lugares más o menos remotos para evitar la trascendencia de su inusual comportamiento. Este recurso no siempre les funcionaba pues tarde o temprano sus proezas se filtraban y empezaba a causar molestias a la superioridad. Paradójicamente, parece que mientras más increíble o extraño sea un fenómeno, más es bloqueado por quienes podrían salir beneficiados con un buen manejo de imagen y algo de mercadotecnia. Los conceptos de súper héroe y de súper poderes pudieran haber sido materia de herejía en un tiempo supervisado por la "Santa" Inquisición, donde al parecer, Dios era considerado incapaz de producir o patrocinar fenómenos paranormales, dejándole al Diablo toda la iniciativa y desde luego la paternidad de todo tipo de prodigios. Giuseppe no escapó a dicho escrutinio pero debido a la sencillez de su espíritu, los inquisidores decidieron que no era capaz ni de eso. Tuvo suerte y todas las levitaciones y vuelos, que fueron muchos, que el humilde fraile realizó en su vida, resultaron finalmente aceptados como arrebatos de fe, que lo llevaron a la canonización y los altares el 16 de julio de 1767 por el Papa Clemente XIII, con el nombre de San José de Cupertino. Se le considera, entre otras cosas, patrón de los astronautas. ¡Qué cosas! ¿No?