
Ella salía a caminar, muy temprano por la mañana, y a la hora crepuscular por las tardes. A esas horas la playa estaba desierta y la franja de arena se dilataba hasta perderse de vista, lo que le permitía disfrutar del espectáculo de una Tierra primigenia, de un océano de infatigables olas y de una soledad reconfortante. Así lo hizo durante varios días hasta que le dijeron nuestros anfitriones que no era conveniente que saliera sola. Que aunque no había nadie por ahí, "uno nunca sabe". Ella les contestó que la verdad, siempre que salía, al poco rato la alcanzaba un grande y amistoso perro negro que caminaba con ella hasta el final de su paseo, jugaba a recoger un trozo de madera que ella le lanzaba y que de regreso, poco antes de llegar, se metía entre los matorrales. La hicieron describir el aspecto del animal, se cruzaron miradas incrédulas y le dijeron que eso no era posible pues "El Negro" había muerto hacía ya casi tres años.
Ella continuó sus caminatas. "El Negro" jamás volvió a acompañarla.