miércoles, 20 de mayo de 2009





ELLA


La mesita del café, el bullicio de la gente alrededor del quiosco y la música ambiental que compite perdiendo con la de un establecimiento en barata de temporada; el niño que insiste en que lo monten en el infatigable caballito eléctrico para pedir llorando que lo bajen en la primera galopada; el señor que dos veces por semana juega interminables partidas de ajedrez, libro en mano ("Por qué pierde usted en el ajedrez"), contra sí mismo. El afable saludo del gerente de una tienda de deportes que pasa por ahí rumbo al establecimiento; las amables meseras del café... Dos americanos, uno con media carga y el otro con mucha espuma...alguna golosina y... Ella.
Ella... su silencio, su comentario, su aroma, su sonrisa. Su presencia, el calor de su mano, su mirada dura y suave a la vez, profunda y atrayente como la noche cósmica. Su semblante a veces ausente, a veces esencial, siempre causal de inquietudes y cuestionamientos incontestables. Misteriosa y transparente en su deliciosa madurez, con los detalles de infantiles suspicacias. Indefinible, indescifrable, inconquistable aún conquistada; siempre con las alas abiertas en un perpetuo ya me voy que nunca llega pero que está ahí siempre presente... Han sido muchos años, sí, muchos. Los suficientes como para saber lo que va a suceder en cada cita, tratando de adivinar tan sólo de qué grado será la diferencia, por dónde vendrá y en qué momento.
Ahora ya lo sé. El misterio ha terminado. Se acabó la inquietud y se agotaron las sorpresas. Pago la cuenta de siempre y me marcho a casa, dejando a mi soledad sentada en la mesita del café.