
A través del parabrisas, contempló las nevadas cumbres, los bosques de coníferas, los prados verdes y lozanos. Al fondo de las cañadas, escuchó el rumor de los arroyos del deshielo primaveral y percibió el aroma de las flores que, combinado con el fresco olor a pino, le hacía llenar sus pulmones con el límpido aire de las montañas. -¡Biiiiiiip!- El fuerte bocinazo del auto de atrás le anunciaba con insolencia que la luz verde del semáforo se había encendido. Arrancó y con un suspiro se felicitó por haber comprado ese nuevo aromatizante para su coche.