
La batalla había durado ya más de dos horas. Los combatientes hacíamos gala de bravura y aunque la fatiga de combate ya había hecho estragos entre algunos de nosotros, el valor y el arrojo eran similares en ambos bandos. Por momentos, los rojos parecían dominarnos y arreciaban sus ataques, para ser detenidos en seco por nuestra cerrada resistencia. Luego la historia se invertía y nuestros feroces contraataques se estrellaban contra una heroica muralla defensiva. Por si fuera poco, la lluvia había anegado el campo de batalla y dificultaba las maniobras. Alguien propuso una tregua y de inmediato se suspendieron las hostilidades. Nuestros estrategas se reunieron y determinaron una nueva acción que se llevó a cabo de inmediato sin resultados efectivos. Quedaba un recurso: Yo. Todos conocían mi puntería y pusieron su confianza en un sólo proyectil. Debía ser letal, definitivo. Era nuestra última carta. Me preparé, apunté a la parte más vulnerable de mi blanco... y disparé. Un estruendo terrible llenó los ámbitos y aquello se volvió un verdadero pandemónium. Allá, en lo alto, los números brillaban 5 - 4.