martes, 18 de octubre de 2011

SOLEDAD

Eran las seis de la tarde y seguía lloviendo. Por la mañana, una lluvia constante. Ahora, se trataba de una tormenta eléctrica que oscureció prematuramente el día y azotaba el tejado y las paredes de la casa con ráfagas de granizo. ¿De dónde vendrá tanta agua? Se preguntó. Poco a poco, un rumor que había ido creciendo llegó hasta sus oídos y se convirtió en estruendo. Revisó la ventana y se dirigió al fogón donde ardían algunos leños. Se frotó las manos entumecidas. Encendió una vela y se dirigió a la puerta que resistía el empuje del viento. Antes de llegar a ella, sus pies sintieron el agua que entraba reptando como una serpiente invadiéndolo todo. Forcejeó con el cerrojo y éste cedió de pronto. La puerta se abrió de golpe hacia dentro derribándola con su ímpetu. El agua entró de golpe y se apoderó del aposento. Se levantó tosiendo. La vela se apagó. Empapada, subió a la mesa cuando vio que el agua le llegaba hasta los muslos y seguía subiendo. Formaba oscuros remolinos que se retorcían como monstruosas bocas queriendo devorarla. De rodillas sobre la mesa vio apagarse la veladora en el huacal junto a la cama. La cajita de madera donde guardaba sus "pequeñas cosas", describía círculos mientras flotaba como buscando una salida. Trató de alcanzarla un par de veces y dejó de intentarlo. Pensó en Damián y se consoló al recordar que él estaba lejos. Muy lejos. La oscuridad envolvió el lugar y por momentos sintió estar ya bajo el agua. Tímidamente bajaba una mano para sentirla. Llegaba a menos de una cuarta bajo la cubierta de la mesa. Tiritando por el frío, se quitó sus ropas, las exprimió lo mejor que pudo y se las volvió a poner. Se sintió mejor. Cansada, se hizo un ovillo sobre la mesa y se quedó dormida.
    El canto de un gallo la despertó. La luz de la mañana entraba por la puerta abierta  y se reflejaba en el agua que parecía llenarlo todo. Había dejado de llover. Permaneció inmóvil. Sus ojos hacían inventario de la realidad. Se animó a incorporarse. El nivel del agua había bajado un poco. Vio que el fogón había quedado apenas sobre éste y dos o tres palos secos en el rescoldo prometían comida caliente. Sin pensarlo mucho bajó de la mesa y entró al agua que ahora le llegaba a las rodillas. El silencio contrastaba con el fragor de la noche anterior dándole una sensación de paz. Hurgó en el fogón, sacó las cenizas, acomodó los leños y un rato después recalentaba frijoles y tortillas. Le quedaba poca agua en el botellón pero fue suficiente para preparar café en un reconfortante almuerzo.
    No probó otro alimento durante dos días más. El nivel de las aguas no bajaba y amenazaba con llover de nuevo. Al mediodía, el ruido de un motor la hizo salir. Era una lancha de auxilio. Quiso quedarse si le daban una despensa pero le dijeron que venía más agua. Se aproximaba un huracán.
    Rumbo al refugio, llevaba en sus manos la cajita de madera con sus "pequeñas cosas". Esa noche pensaba en el río cruel que, sin embargo, la había perdonado ya dos veces. Antes de dormirse abrió la cajita y leyó por enésima vez la última carta de Damián. Todas comenzaban igual: "Querida Soledad".