
Por veleidades del destino, aquel hermoso gallo había pasado una semana en el pueblo. A su regreso, las gallinas de la granja le cuestionaron sobre su estancia en aquél. Con una mezcla de orgullo y modestia, el gallo les contó que sólo había sido un viaje de negocios y que nada más había cumplido con su trabajo. A la mañana siguiente el gallo no cantó. Las gallinas, argüenderas como siempre, dedujeron que si ya no cantaba, algo más importante podría fallar y eso no lo iban a permitir. Nombraron de inmediato un comité para interrogar al gallo sobre su omisión. Le encontraron acurrucado en su palo fingiendo dormir. Ante la presión del interrogatorio confesó que, mientras estuvo en el pueblo, dormía en el cuarto del patrón. Fiel a su instinto y tradición, cantó los dos primeros días a las cinco de la mañana, sólo para recibir un zapatazo en ambas ocasiones y que una hora después, una especie de gallo mecánico despertaba al patrón con su canto estridente. Obviamente, los días siguientes guardó silencio para evitar el zapatazo y adquirió rápidamente el hábito de no cantar.
Las gallinas quedaron satisfechas con la explicación. El gallo pidió disculpas y prometió reasumir sus labores acostumbradas a partir del día siguiente.