martes, 6 de marzo de 2012

C-24


Nadie de afuera conoce el Área 66. Nosotros le decimos El Laboratorio. Nuestros esfuerzos han sido canalizados hacia el desarrollo de aplicaciones cibernéticas, nanotecnología, robótica e inteligencia artificial.
    El proyecto C-00 era sólo uno de ellos y está enfocado a la creación de organismos cibernéticos. Esa noche, en la piscina de ensayos, probaríamos un androide de última generación, cuyo avance principal es un pulso electromagnético generado por una fuente de energía del tamaño de un teléfono celular, con diez metros de alcance y cinco décimas de segundo de duración, capaz de fundir cualquier sistema electrónico. Un recurso extraordinario para operaciones de infiltración, espionaje y destrucción de instalaciones militares y civiles.

    C-24 se encontraba ya en la piscina, listo para la prueba. Nadaba con gracia e iba para acá y para allá recordando la silueta de una mítica sirena. Como todo ciborg, estaba programado para defenderse de cualquier clase de ataque y sus sensores activados para percibir la magnitud de una amenaza y proceder en consecuencia. En la cabina de observación, tras el cristal de seguridad, representantes de las fuerzas armadas y los responsables del proyecto esperábamos con atención. Todo estaba en silencio. En el agua, C-24 detectó algo que se aproximaba. Se acercó al borde de la piscina e intentó salir. Su sistema de visión  percibió una silueta oscura y ondulante, tan femenina o más que ella. Después, sin ruidos ni explosiones, flotaba inerte en la piscina. C-25 había llegado.