Los rayos de la luna se cuelan entre los árboles y llegan hasta las baldosas de la estrecha callejuela. Es el barrio de Santa Cruz, en Sevilla. El débil resplandor de algún farol permite vislumbrar las sombras que avanzan despacio por la plaza. Se acercan a la esquina y, en la Hostería del Laurel, la puerta se abre. Como un cortejo fúnebre, aquellas siluetas desfilan hacia el interior, una por una. Dentro, ocupan en silencio sus lugares alrededor de una mesa como si fueran clientes habituales. Al centro, un candelero se esfuerza por iluminar la escena y proyecta las sombras temblorosas sobre los muros. Las capuchas cubren los rostros. Nadie se mueve y sólo quedan dos sillas vacías. El ambiente es tenso como un muelle a punto de romperse. Al otro lado de la plaza, el reloj de la iglesia empieza a dar las doce. La puerta se abre y, junto con una racha de viento, una nueva sombra ingresa al refectorio. Se acerca hasta la mesa y toma asiento. Con parsimonia, saca de entre sus ropas un viejo pergamino y dice: "Lo he traído." Un coro apagado de voces se dejó escuchar: "Hoy debe venir. Hoy debe firmar". La última campanada. No bien se disipó el sonido, un nuevo soplo de viento abrió la puerta. La vela se apagó y el lugar se hundió en la oscuridad.
A la mañana siguiente, el posadero abrió el establecimiento y encontró sobre la mesa un pergamino:
Los que en el calce firmamos,
hartos ya de repetirnos,
a Don José le rogamos
nos permita redimirnos.
Queremos paz en la fosa.
Así es señor Zorrilla.
Cada año la misma cosa
es algo de pesadilla.
Denos una nueva obra
llena de feliz jolgorio.
Talento es lo que le sobra
y dejemos ya el Tenorio.
