lunes, 6 de diciembre de 2010

VIEJO SABIO


Muchas veces he ido a verlo. Muchas veces he hablado con él. Muchas veces le he expuesto mis razones y muchas veces también, estoy seguro, me ha escuchado. Si bien siempre ha seguido haciendo lo suyo como si yo no estuviera ahí, como si yo no existiera, he percibido que lo hace para que yo no me dé demasiada importancia. Así fue hasta que hace poco me di cuenta de que él escuchaba mis interminables monólogos pero nunca me contestaba ni me decía nada, por la sencilla razón de que yo nunca le dejaba hablar, ni le cuestionaba ni le pedía su opinión. Me permitía desahogarme y para mí eso había sido suficiente, hasta ese día.
Llegué y como siempre, él estaba ahí. Tomé asiento y contra mi costumbre guardé silencio. Sólo me quedé mirándolo pues esta vez no iba preparado. Quizá ahora no tenía nada importante qué decir o no había organizado mis pensamientos. No lo sé, pero entonces sucedió algo extraordinario. De pronto me habló, mesurado y suave, alargando las últimas sílabas. Luego hizo una pausa que me pareció eterna y volvió a expresarse de la misma manera. Fue así que al poco rato de escucharle descubrí la clave de su lenguaje. ¡Era música! Durante algunos minutos percibí larguísimos compases donde sin necesidad de polifonía alguna empecé a escuchar el Universo. Los prolongados y rítmicos silencios resaltaban la única nota que algunas veces sonaba pianíssimo y otras tronaba con un forte maestoso. Embelesado, lo dejé ejecutar su sinfonía. Cerré los ojos y disfruté profundamente.
Hace tiempo que mis monólogos callaron. Hace tiempo que lo visito nada más para escucharlo. No necesito contarle nada. Es tan viejo que lo sabe todo y si bien tiene un carácter bastante disparejo, me tranquilizan y fascinan sus brisas placenteras y me sorprenden y estremecen sus vientos y huracanes. Sí. Hube de dejar en casa sonidos y palabras y llenar mi mente de silencio para escuchar el eterno lenguaje del Océano.