Fue allá por los años cuarenta, a mediados de la guerra. La segunda, claro. México la había declarado contra los países del Eje. Una guerra muy lejana cuya máxima aproximación para el pueblo fue el hundimiento de varios buques petroleros de bandera mexicana que alimentaban la industria bélica yanqui. Primero fueron dos y nadie dijo nada, pero después fueron otros cuatro y como eso ya calienta, ¡Zás! ¡A la guerra! Así de simple.
Fue en un domingo soleado. Navegábamos en aguas tranquilas, ajenos a cualquier amenaza. Éramos una gran familia. Como buenos mexicanos, festejábamos el cumpleaños de alguien. No recuerdo de quién pero eso no importa. Desde que salimos del muelle íbamos sobrecargados y nuestra línea de flotación era verdaderamente crítica. Algunas filtraciones se habían detectado ya sobre la marcha. El festejo eliminaba diferencias y llegó un momento en que los vapores del tequila y las cervezas lograron la hermandad de todos. Las canciones, las porras, los gritos y los chiflidos inundaban la cubierta. Alguien sacó una guitarra y los compases del entrañable "Cielito lindo" llenaron el ámbito. En algún momento alguno notó que el nivel del agua dentro del casco había aumentado considerablemente al lado de babor. Fue el principio del fin. Los que estaban de ese lado empezaron a pasarse a estribor. El capitán, con mucho tino y basándose en años de experiencia, decidió regresar a puerto de inmediato. La nave empezó el cambio de rumbo y a media bordada, una súbita inclinación de la nave embarcó una buena cantidad de agua. Se oyeron gritos de pánico. Algunos se lanzaron al agua para aligerar la nave pero ya era tarde. El agua terminó por llenarlo todo y en un borbollón dramático la embarcación se hundió en menos de un minuto. Afortunadamente no íbamos solos. Otros navíos de la flota se aproximaron a auxiliarnos. Los náufragos pataleaban levantando espuma de las verdes aguas y se aferraban a las bordas de las otras naves. Yo esperé hasta el último momento sin entrar en pánico. Me ayudaron a subir a otra embarcación. Llegamos a puerto. Desde el muelle, chorreando agua voltee a mirar. Sobre la superficie, el colorido copete de nuestra embarcación apenas sobresalía pero se podía leer el nombre reflejado en las aguas: DALIA.
La cosa no pasó a mayores, pero fue la última vez que me embarqué en Xochimilco.