Lo conocí hace tiempo, en algún rincón oculto de mi mente. Caminaba despacio y venía hacia mí. En sus ojos se reflejaban los todos y las nadas. Cuando lo tuve cerca, me vio sin observarme. Pasó de largo y siguió esparciendo las semillas de su morral sin fondo. Seguí tras de sus pasos, lo alcancé y toqué su hombro sin decir palabra. Él se volvió y por un momento, bajo el sombrero, creí mirar la cara de mi padre. Después, no había nadie.
Ayer regresé a ese lugar queriendo verlo, pero no estaba. Miré al suelo y ahí, en los surcos, despuntaban apenas diminutas hojas. Hoy he venido de nuevo, con el espíritu pletórico de riego y las manos repletas de labranza. En adelante seré un buen campesino, cultivando mi propia parcela.