martes, 22 de febrero de 2011

EL CORONEL


Las pequeñas olas ondulaban el reflejo del celaje. Tantas veces las había visto que ya sólo le faltaba identificarlas por su nombre, si acaso lo tenían y si no, se los podría haber puesto. Las miraba fijamente, como hipnotizado, y estaba seguro de que la novena de cada serie era siempre mayor que las demás y por lo tanto hacía más espuma. Entretenimiento inocuo el del coronel, logrado a base de pretender ignorar la llegada de la lancha del correo hasta el preciso momento de su arribo. Era un ejercicio de catarsis o de evasión con el que le restaba importancia a su ansiedad de saber si ahora le contestaban sus misivas. Admirable persistencia, afán desconsiderado contra sí mismo; tortura cíclica y profundas decepciones perfectamente sincronizadas con la llegada del correo. Cada desencanto no hacía sino reforzar la esperanza de que la próxima sería la buena. La embarcación llegaba y partía como siempre, dejándole lleno de nada.

Dicen que un hombre bien nacido sólo espera cosas buenas de la vida. El coronel era un hombre bien nacido por lo que en cada ocasión regresaba a su casa con el espíritu contradictoriamente lleno de tristeza y de renovadas esperanzas. La opción terrible de comerse el gallo quedaba descartada. Tampoco lo vendería y desde luego que jamás lo arriesgaría en una pelea. ¡Faltaba más! El pragmatismo de su esposa lo sacaba de sus casillas. Era una cuestión de valores que ella, o estaba lejos de entender o le importaba un rábano. Él se inclinaba por la primera opción. Era un caballero. La lancha del correo partió de nuevo dándole fin a un capítulo más e iniciando uno nuevo, con el mismo argumento, las mismas locaciones y los mismos personajes pero con una fe aún más profunda. Seguiría esperando y si llegara al extremo de perecer de hambre, ¡Qué caray! Él y su esposa ¡Comerían mierda!

lunes, 14 de febrero de 2011

TESTIGO


La familia siempre utilizaba el automóvil para los viajes cotidianos entre la casa y la escuela, las idas al súper y desde luego los fines de semana a la casa de campo. Ahí es donde me sentía más libre a lo largo y ancho de los prados. Un viernes por la tarde partimos hacia allá. El auto era muy amplio, lo que me permitía moverme con toda libertad. Recuerdo que en algún momento la ciudad se ocultaba tras los muros de un viaducto subterráneo; la sensación de irnos desplazando se acentuaba por el paso intermitente de las lámparas del túnel. Salimos a la superficie. Media hora después, la ciudad quedó atrás y tomamos la carretera. Ya había oscurecido. Las luces del auto trataban infructuosamente de adivinar el camino entre la niebla que indecisa, se presentaba de golpe o se atenuaba por momentos. La pequeña Nina, como frecuentemente lo hacía, pidió con insistencia una "escala técnica". Su padre detuvo el vehículo a la orilla del camino y ambos salieron entre la niebla tibia, ella a lo suyo y él a estirar las piernas. Poco después, el vehículo partió dejando en el pavimento una mancha oscura y aceitosa. Retomó el camino con rapidez y aceleró en la recta. De pronto, un espeso banco de niebla ocultó el camino. Pasaron dos segundos entre la aplicación de los frenos y su inutilidad. La recta terminó y en la curva, fuera del camino, un robusto árbol interrumpió violentamente la trayectoria del vehículo. El impacto fue terrible. Algunas ramas cayeron sobre el auto. Yo salí rebotando por una puerta que se había abierto y quedé inmóvil sobre la hierba. Pasaron muchos minutos de silencio. Cuando los paramédicos llegaron y la policía se hizo cargo del lugar, los agentes se preguntaban qué habría pasado. Me levantaron y me llevaron con ellos. Nadie me preguntó nada. Hasta ahora, la policía jamás ha interrogado a una pelota.

martes, 8 de febrero de 2011

ADIVINO


El hotelito donde yo paraba se encuentra todavía en la Ave. Álvaro Obregón, donde hasta hace cincuenta o sesenta años, paseaban jinetes y amazonas a lo largo de su camellón bordeado de fresnos. Esa avenida de la colonia Roma en el D.F. tuvo en ese entonces su momento de glamour. Ahora, aunque sigue siendo hermosa, ya vive de sus añejas glorias. Ahí se encontraba el cine Balmori, donde conocí el amor en alguna matinée cuando tenía once años... Bueno, ¡Basta de nostalgia!
Por razones de trabajo volví al D.F. en los noventas y me hospedé en ese hotel, cómodo, limpio, con garage y estratégicamente ubicado para mis actividades. Por las noches salía a cenar por los alrededores, que hay lugares para todo gusto. Cierta ocasión me dirigía a un buen restaurante argentino, ya saben, churrascos, bifes, salsa chimichurry, y pasé por un puesto de antojitos en la vía pública. Con los jugos gástricos a todo galope, el olfato me indicó que la vía corta para satisfacer mi apetito estaba ahí. Una breve ojeada al comal y ya estaba sentándome en un banquito a la mesa colectiva que en esos momentos estaba vacía. Pedí algo que ya no recuerdo y el señor que despachaba, hombre bastante mayor que yo, se puso diligente a prepararlo. Unos minutos después me lo servía. Casi de inmediato me dijo - y... ¿ cómo ha estado, señor García? - me tomó por sorpresa su saludo pues yo no tenía idea de quién era él. Le pregunté cómo sabía mi nombre y, poniendo cara de consecuencias me contestó. - Se sorprendería de todo lo que sé de usted. - ¿Sí? ¿Es usted adivino? - Algo así. - repuso y abundó. - Sé que aunque nació aquí, ahora vive en Puebla. - ¿Cómo lo sabe? - Pregunté sorprendido. - Oh, pues ya ve, uno que tiene información. - No, no, ya en serio. ¿Cómo lo sabe? - cuestioné nuevamente - ¿De dónde me conoce? - Le voy a dar otro dato - añadió - usted trabaja en la planta Volkswagen. - Si ya me tenía en ascuas, esa afirmación me dejó anonadado, tanto que dejé de masticar. El hombre empezó a reír y de pronto, se hizo algo de luz en mi cerebro pero antes de que la idea tomara forma, me confesó que había participado en algunos de los seminarios de ventas de automóviles que yo impartía para la empresa y por eso me recordaba. Estaba retirado ya y se entretenía por las noches en su puesto de antojitos.
Bueno, pues ahí tienen. Fue la única vez que sentí que la adivinación pudiera ser real y confieso que estuve a punto de creerlo.

martes, 1 de febrero de 2011

RETROSPECCIÓN


- Ahora vamos a ver. ¿Recuerda sus años infantiles? - preguntó el psicólogo.
- Ehh... Ssí, los recuerdo.
- Muy bien. Vamos a viajar hasta ellos.
-Ssí.
- ¡Correcto! Se encuentra en su escuela primaria y tiene siete años de edad. ¿Qué es lo que ve?
- ¡La guarida! ¡Es el tronco del fresno en medio del patio!
- ¿Y qué sucede?
- Allá, bajando la escalera, viene la policía y creo que me quieren rodear. ¡Intentan atraparme!
- ¿Qué piensa hacer?
- ¿Qué? ¡Jamás! Aquí nos agarramos a balazos pero no me echarán el guante. ¡Que cada quien salga por su cuenta! ¿Listos? ¡Ahora! ¡Rápido! ¡Pahh! ¡Pahh! ¡Pahh! ¡Por allá! ¡Disparen! ¡Disparen! ¡Pahh! ¡Pahh!... ¡Ouch! ¡Me dieron! ¡#&$%! ¡Malditos policías! ¡Pahh! Click, click. ¡Me quedé sin balas!... Estoy herido... ¡Ohh!
- ¿Qué pasa ahora?
- Está sonando la campana. ¡Se acabó el recreo!
-Todo está bien. Procure tranquilizarse Sr. Capone. Ahora voy a contar y cuando diga diez, despertará sintiéndose muy bien. Vendrán por usted y regresará a su celda.