martes, 25 de mayo de 2010

EL NIÑO DE LA PELOTA


Con preocupante sincronía, no hacía más que ponerme a escribir y empezaba a escuchar en el corredor, con frecuencia de metrónomo, los botes y rebotes de una pelota. - ¡Caramba con este niño!- dije para mí - Parece adivinar cuándo necesito silencio; si he sabido que este mocoso vivía aquí, no hubiera rentado el departamento.
La antigua casona (siglo XIX) prometía paz y quietud y acá, en la planta alta, el departamento era una garantía. El día en que me mudé no hubo testigos ni mirones. Al parecer todos trabajaban fuera y pasaron meses antes de conocer a algunos inquilinos, gente mayor, educada y circunspecta. Entonces, ¿De quién era ese niño? Mis averiguaciones empezaron discretamente con la portera, señora malencarada que cumplía a la perfección su gendarmesca función y cuya respuesta fue un encogimiento de hombros muy elocuente. Mientras tanto, el niño continuaba botando su pelota.

Un día me animé a entablar conversación con el anciano, muy anciano, del departamento ocho. Ya entrados en confianza le pregunté si conocía a los papás del niño que jugaba arriba con la pelota. El viejito me miró como a un bicho raro y con una luz que iluminaba sus pupilas húmedas me dijo: - ¡Claro que los conozco! El niño es mi bisnieto. Todos murieron en la epidemia de 1919.

martes, 18 de mayo de 2010

ODISEA



A la luz del alba comenzaba a darse cuenta de su situación. Le dolía todo el cuerpo y un hilo de sangre que le había escurrido del cráneo le había pegado un párpado. Cuando volvió en sí, creyó que había perdido el ojo. Con trabajos encontró su botella de agua, se enjuagó la cara y con alivio comprobó que el ojo estaba bien. Bebió el resto del agua y arrastrándose se incorporó y miró a su alrededor. La vía más corta para salir de ahí era trepar por las paredes del talud aprovechando los matorrales. Sin pensarlo más comenzó a trepar, pero de inmediato un dolor punzante en un costado le impidió respirar normalmente. Aquello fue una tortura pues avanzaba dos metros y resbalaba uno. Aseguraba cada centímetro que subía para no caer y poco a poco fue ganando terreno. Tenía que detenerse para descansar, cada vez con más frecuencia. Sus manos estaban desolladas, tenía rasguños por todas partes y el talud parecía ser más alto de lo que creía. La vegetación, si bien le proporcionaba algo de lo cual asirse, también le impedía avanzar más rápido. Le tomó cuatro horas llegar hasta un rellano donde casi inconsciente y con la vista nublada, decidió descansar su cuerpo agotado y ahí, perdió el sentido.
La luz de una lamparita que escudriñaba sus pupilas y el sonido de la sirena de la ambulancia lo volvieron a la realidad. Alguien le dijo que había tenido suerte ya que caminar por ahí, en ese camino tan estrecho y sinuoso era garantía de ser atropellado. Entonces él, a media voz explicó:
- ...N-no, no iba caminando. Mi coche está... en el... fondo del barranco.

martes, 11 de mayo de 2010

ESTO NO ES UN CUENTO


Con cierta frecuencia me encuentro con personas que consideran saber algo. Eso está muy bien. Lo que no me gusta es que lo digan como si fueran los detentadores de la verdad y te hablen como si tú no tuvieras idea de lo que te están diciendo.
Un viejo maestro me decía lo que un tal Tomás también decía: "Teme al hombre de un sólo libro". Como consecuencia se me ocurrió esta figura:
En el último crepúsculo del mundo, se ve un árbol solitario en un páramo inmenso donde no crece ninguna otra cosa. El árbol está seco, muerto, y ha sido partido por el rayo. Su silueta de ramas retorcidas, aloja la figura de un hombre abrazado a su tronco con desesperación. Pero no para ahí la cosa. Otro viejo maestro (algunos de mis mejores maestros eran viejos) me decía lo que apuntaba Jerónimo: "Stultorum infinitus est numerus", frase que no voy a traducir para no ofender a mis latinados lectores. Ahora les comento la siguiente figura: Imagínense un bosque enorme que cubre todos los continentes del planeta. ¿Ya? Ahora observen y verán que todos los árboles de ese bosque están secos, muertos, y han sido partidos por los rayos. ¿Ya? Bien. Ahora miren con cuidado y verán que en cada árbol se encuentra un ser humano abrazado a su tronco con desesperación.
Yo estoy seguro que Tomás y Jerónimo se conocieron... ¿El tiempo? ¡Vamos! No me vengan con minucias.


martes, 4 de mayo de 2010

CONSEJO


-Yo creo que mejor de una vez.
-Espera, espera. Si decides hacerlo ahora, sería como viajar en el tiempo sin la posibilidad de detenerte en el momento adecuado. ¿Te imaginas el problemón en que te meterías?
-¡Cómo!
-Y no sólo eso. Podrías afectar a la familia. No sabes qué trascendente puede ser perder el control. Para los niños sería traumático. Ellos no olvidarían una cosa así.
-No creo que sea para tanto.
-No te arriesgues. Te lo digo por experiencia.
-¿De veras?
-Sí hombre. Yo ya pasé por ésas. Es una vivencia que quisieras olvidar, pero te aseguro que tu familia te la recordará y en los momentos menos oportunos.
-Estas exagerando.
-Para nada. Mejor espera hasta llegar a casa. Yo sé lo que te digo. Total, un par de horas en la carretera y ya en casita, te tomas el purgante.