martes, 25 de octubre de 2011

CLAUSTRO

Lluvias de verano y amaneceres de niebla. Humedad intensa que todo lo envuelve. Sempiterno verdor. Naturaleza omnipresente alrededor. Fuera, un calorcillo suave y confortante. Dentro, frescura y casi frío. Olor a musgo. En los pasillos alrededor del patio, bajo los arcos, la alegórica presencia de las cuentas del rosario pintadas al fresco por incógnitos indígenas. Silencio, quietud, aroma a incienso.
    La campana toca a maitines. Empieza el día. Abro la ventana de mi celda. Al fondo, el sol se dedica a definir con descendente dramatismo los peñascos superiores del acantilado; acentúa poco a poco las sombras y define el contorno de las rocas con hábiles trazos de sus pinceles de luz. La cascada insiste en hacerse notar con su blanco contraste y al verse observada se deja caer lánguidamente al abismo. Abajo, más cercanos, los huertos se extienden como una alfombra cuyo verdor se interrumpe aquí y allá por tejados de barro. 
    Hace ya diez años que abracé la vida monástica. Me gusta la paz y el sosiego del alma. Sin embargo mi espíritu, ávido de comunicarse, encuentra en las palabras su mejor recurso. Para hoy he preparado un sermón sobre los designios de Dios. Sobre los caminos rectos trazados con reglas curvas. Sobre la gracia de aceptar su inefable voluntad.

Fray Juan de Dios y María Santísima.

Día 24 de Agosto del año del Señor 1573
Convento de la Natividad
Tepoztlán.