
LA TORMENTA
Un enorme tronco desgajado se abatió sobre la brecha añadiendo al fragor de la tormenta el estruendo de sus ramas. La terrible fuerza de los vientos parecía disfrutar de los destrozos ocasionados en el bosque cuyo suelo reblandecido se mostraba incapaz de sostener los árboles. Admirado y empapado, miraba con fascinación el impresionante espectáculo que la naturaleza desbocada me ofrecía en aquél escenario operístico donde el relámpago y el trueno remarcaban las grises siluetas de los pinos al doblarse y romperse sus ramajes.
Todo había empezado de repente pues la que había sido una mañana llena de sol se convirtió, al caer la tarde, en una de las peores tempestades de que tengo memoria. Había salido con el Jeep descapotado rumbo al pueblo, distante unos quince kilómetros, a fin de aprovisionarme para el mes siguiente; confiado en el buen tiempo reinante no tuve ninguna prisa en salir y decidí además comer tranquilo en el pueblo antes de regresar. El camino, si así se le puede llamar, no es más que la huella dejada por las llantas del Jeep en las contadas ocasiones, una vez al mes, en que bajo al pueblo para recuperar mi despensa con algunos productos "civilizados" de los cuales no he logrado prescindir. Esta brecha era mi único medio de comunicación y contaba en su haber con barrizales viscosos como melaza; tramos pedregosos con traidoras aristas ansiosas de destrozar las llantas o romper el depósito de aceite del motor y cuestas tan empinadas que sin la doble tracción difícilmente hubiera podido sortear; todo esto por supuesto en condiciones que podrían llamarse normales para una ruta que trepa desde el pueblo, hasta cerca de tres mil metros de altitud rumbo a la cima de la montaña donde, un poco abajo del límite de las coníferas se encuentra mi cabaña. Por una especie de atavismo citadino utilizo el Jeep y no un caballo. El vehículo me da una especie de seguridad en cuanto a que lo considero una herramienta que, bien manejada, hará más o menos lo que yo deseo y la verdad es que no sabiendo nada acerca de caballos pues...
La cabaña se halla en una explanada natural de poco menos de una hectárea en la vertiente sur de la montaña y al abrigo de un rocoso acantilado que la protege del viento del norte. En esa superficie cultivo diversas hortalizas y cuido de algunas gallinas. A los que esperan que también haya una vaca les diré que dejé de consumir leche desde hace ya muchos ayeres. Pues bien, durante el descenso de la montaña, atento como iba a los accidentes del terreno, jamás se me ocurrió voltear hacia atrás y tampoco lo hice al llegar al pueblo ni durante el tiempo que anduve de compras o cuando estuve comiendo en la fonda. No fue sino hasta que subí al Jeep para regresar cuando vi aquella ominosa nube gigantesca que desde el norte lanzaba sobre la montaña su descomunal negrura. De inmediato até perfectamente la caja de las provisiones y la cubrí con un trozo de plástico. Me reproché la falta de previsión o la flojera de no haberle puesto la capota al Jeep. Seguro que me iba a empapar.
Emprendí el regreso con cierta resignación y sin prisa - hace muchos años que dejé de tenerla - pensando solamente en mi cabaña con el fuego encendido y yo secándome al calor de la lumbre. Quince minutos después, el viento empezó a soplar con violencia mientras sorteaba el tramo de fango en la falda inferior y comenzaban a caer grandes gotas de lluvia; tenía que salir de ese lugar lo antes posible para evitar quedarme atascado aún con la doble tracción. El jeep coleaba en el lodazal, resbalando lateralmente más de lo que avanzaba; debía evitar detenerme porque perdiendo la inercia hacia adelante, difícilmente lo podría hacer rodar de nuevo. No bien las llantas tocaron los bordes pedregosos del atascadero, recuperé el control del vehículo y la lluvia se desató definitivamente. Me sentí contento por haber cruzado el barrizal antes de que el aguacero lo hubiera hecho imposible. Al poco rato penetré en el bosque donde el vendaval parecía sentirse menos y recuerdo que pensé lo absurdos que se me hacían los limpiaparabrisas funcionando mientras el agua me ensopaba por completo. En algunos tramos, la brecha apenas permitía el paso del carro y la suave tierra del monte se abría bajo el peso del vehículo que dejaba tras de sí huellas profundas que inmediatamente se llenaban de agua. El cielo se había obscurecido prematuramente y ahí en medio de la floresta casi se podía decir que era de noche por lo que encendí los faros para ver mejor y reconocer algunas referencias del bosque que me indicaran el camino; aquél árbol torcido a la derecha y los matorrales a la izquierda me indicaron que avanzaba por la senda correcta. Pronto entraría en la parte estrecha de ésta donde tendría que pasar con mucho cuidado para no chocar con los árboles, jugando una especie de slalom de montaña. Ahí estaba el paso al fin, una especie de chapa de seguridad que sólo yo conocía pues habiendo aparentemente varias opciones para pasar, todas menos una terminaban en un cerrojo de árboles que no dejaban más recurso que la reversa para volver a encontrar el camino e intentar de nuevo. El correcto era, contra toda lógica, aquel que parecía regresar montaña abajo pero que después de unos treinta metros, remontaba de nuevo. Fue ahí donde sucedió. Ya había escuchado caer árboles en ocasiones anteriores pero nunca con un acompañamiento tan tormentoso y alucinante como el de ahora entre truenos y relámpagos y bajo una cantidad de lluvia indescriptible. (CONTINÚA) Al principio el estruendo parecía venir de todas partes así que desconcertado, detuve la marcha y puse atención; la luz de un relámpago me permitió percibir por un instante el tronco en su trance de caída a corta distancia por delante del Jeep. Los árboles vecinos parecían querer detener su abatimiento atorando y enredando sus ramas pero de nada sirvió y lentamente, con el dramatismo de un gigante herido, dio en tierra con toda su longitud y corpulencia. Ahí estaba yo, detenido en medio del bosque y con la tempestad rugiendo con toda su potencia, chorreando agua y aterido de frío por no llevar más que un ligero sweater que por el peso del agua casi me llegaba a las rodillas. Sabiendo que no habría paso posible para seguir avanzando con el Jeep, apagué las luces y el motor, eché pie a tierra y hundí las botas en el lodo pensando por un momento en llevar conmigo algunas de las provisiones, idea que descarté de inmediato pues difícilmente podría caminar cargando algo que no fuera una mochila que, por supuesto, tampoco llevaba. Empecé a caminar y al tercer paso las botas tenían adherido tanto lodo que pesaban como piedras. Me dirigí casi a tientas hacia la base del árbol caído y pensé que sería una buena provisión de leña para el invierno. Con los dientes castañeteando por el frío avancé para retomar la senda y de paso me acerqué a unos altos varejones para cortar, con mi inseparable cuchillo de monte, un buen bastón para ayudarme en la caminata.
Eché a andar cuesta arriba con mucho esfuerzo. El bastón se enterraba un buen tramo cada vez que lo apoyaba en aquella pasta vegetal y tenía que hacer esfuerzos para sacarlo. La luz de los relámpagos me permitía entrever la senda algunos metros por delante y avanzar con cierta seguridad entre aquella cascada torrencial que al parecer estaba precipitando en esa zona todas las reservas acuíferas del cielo. A ese paso llegaría en una hora, calculé, pero sin mucho convencimiento pues no es lo mismo estimar distancias a bordo de un vehículo, que atascando las botas a cada paso. De pronto, un rayo iluminó momentáneamente la floresta junto con un estampido ensordecedor que estremeció el suelo bajo mis pies. Había caído muy cerca. De un momento a otro dejó de llover pero los árboles seguían chorreando como regaderas. El bosque, aún mojado y oscuro, me seguía dando información sobre mi avance y un buen rato después me indicó la proximidad de la explanada donde se encuentra mi cabaña. Animado por la perspectiva del descanso caminé hasta salir a las orillas del claro; el cielo nocturno, aún nublado, me recibió saliendo del bosque. En la penumbra percibí el contorno del gallinero y tras él la gran sombra de la montaña; un poco más y estaría llegando a casa. Lo primero que noté al acercarme fue que la cabaña parecía más grande de lo que era y como que su forma había cambiado, así que seguí acercándome y cuando estaba a unos cuantos metros me quedé de una pieza. Incrédulo, me enfrenté a la verdad. Una verdad tan grande como el peñasco que ocupaba ahora el lugar de la cabaña.
Dormir al calorcillo de una fogata en el interior de un gallinero nunca formó parte de mis planes pero así fue por esa noche. Ya me ocuparía al día siguiente con la luz del sol, de revisar los destrozos del derrumbe pero por el momento lo único que quería era descansar para recuperar las fuerzas.
Reconstruir la cabaña a un lado del peñasco me tomó algún tiempo, pero quedó mejor que la anterior, más acogedora y más bonita. Del árbol que me detuvo en el camino hice algunos enseres y entre ellos, una cómoda banca donde por las tardes me siento a contemplar el valle bajo la montaña.