
Las tradiciones del mundo están llenas de alusiones a personas de elevada estatura, los llamados gigantes. Quizá una de las más conocidas es la historia de Goliat de Gath, un nephilim que militaba en las huestes filisteas. Con aquello de que el tamaño sí importa, la carrera castrense de Goliat fue meteórica. En las innumerables campañas por el sureste de Canaán (lo que hoy es la franja de Gaza), donde el hierro filisteo llevaba la ventaja contra cualquier oponente, Goliat sobresalió, en sentido literal y militar debido a su estatura y valor en el combate, al grado de ser nombrado campeón de los filisteos.
Si la leyenda la hubieran escrito sus paisanos, Goliat hubiera pasado a la historia como un héroe preclaro en la defensa de su territorio contra la invasión israelita. (¿Dónde habré escuchado eso?). ¡Ah! Pero la maldición cayó sobre él un día en que los filisteos retaron a los israelitas (tal vez yo hubiera hecho lo mismo para ahorrar vidas humanas) a un duelo singular campeón contra campeón. Yo estoy seguro de que en aquel tiempo no existía una AMCS (Asociación Mundial de Combates Singulares) que sancionara los encuentros de esta clase y estableciera las normas obligatorias a las que debían someterse ambos contendientes. Detallitos como el peso, la estatura, las armas elegidas, el tiempo de combate, etc., etc., si no, tengo la certeza de que los filisteos hubieran ganado por default pues los israelitas no contaban con un campeón de los tamaños de Goliat. Sin embargo, tales pelillos no importaron a los organizadores del encuentro y a la voz de que más vale maña que fuerza, los israelitas mandaron a David (era peso gallo) al combate, con los consabidos consejos de "el que pega primero...", "no dejes que te agarre", "mantén tu distancia" y qué sé yo. Este último concepto cayó en la clara conciencia de David como una iluminación divina (Yahvé seguramente estaba al tanto) así que para despistar a Goliat, que lógicamente esperaba un cuerpo a cuerpo y desviar su atención de sus verdaderas intenciones, David tomó su cayado con la mano izquierda mientras con la derecha preparaba su honda. Cuando el bueno de Goliat lo vio, profirió la frase más ingenua en la historia de la ingenuidad: "¿Acaso me tomas por un perro que vienes hacia mí con un palo?" Bueno, ya sabemos que Goliat no pudo cabecear la piedra. Para más detalles de la "pelea" ver Samuel 1-17, versión hebrea.