miércoles, 11 de febrero de 2009




ALCANCÍA



- Está bien, me llevo una, la amarilla por favor. - Respondí con poco convencimiento después de escuchar con paciencia todos los argumentos que el vendedor de alcancías esgrimió para convencerme del gran valor que su mercancía multicolor representaba. Lo cierto es que desde hacía tiempo tenía deseos de sentir aquella emoción infantil de romper el cochinito después de un larguísimo año de engordarlo. Era una sensación fenomenal así que en parte por mi oculto deseo y en parte por las razones que con tanto énfasis adujo el vendedor - "no son alcancías comunes y corrientes; en ninguna parte las encontrará iguales; no sabe usted la ganga que le estoy ofreciendo", etc., el hecho es que ese vendedor a la salida del cine me había vendido la dichosa alcancía y, cosa curiosa, resultaba atractiva por estar agradablemente envuelta para regalo con su moño y toda la cosa.
Una vez en casa, la puse por ahí encima de algún mueble. Pasaron los días y cerca del fin de mes recordé que ni siquiera había desenvuelto la alcancía, de modo que una noche le eché mano y la saqué de su envoltura. Aquel cochinito refulgente a las luces de la marquesina del cine, se volvió opaco en cuanto lo saqué de su bolsa transparente enseñando la pobreza de su acabado, pero decidí perdonar ese aspecto que, a mi juicio no era de gran importancia. Lo que yo más quería era empezar a alimentarlo con monedas de cinco pesos o más, que fue lo que me costó, para que valiera la pena la cantidad final cuando lo rompiera. De este modo, busqué en mis bolsillos y encontré una de a diez para estrenarlo. Tomo la moneda, tomo el cochinito y ¡Quihubo! Ora por dónde... Pues nada, que el dichoso cochinito no tenía por ninguna parte la clásica ranura. Incrédulo, le dí más de diez vueltas con el mismo infructuoso resultado hasta que me convencí de que en efecto, no la tenía. - ¡Pues no va a haber más remedio que hacérsela! - exclamé. Pero de inmediato pensé - ¿Y si se rompe en el intento? Mejor no me arriesgo. - así que la puse de "adorno" en mi escritorio, cogí la moneda y me fui al cine. La película resultó estupenda y a la salida me detuve en seco cuando me pareció escuchar el pregón del vendedor de alcancías allá, gradas abajo. - ¡Le voy a reclamar! - fue mi primera reacción y me dirigí hacia él abriéndome paso entre la gente...
- ¡Lleve su alcancía! ¡Llévela por sólo cinco pesitos, es decorada, es diferente, es exclusiva! ¡La única alcancía que puede hacer realidad sus ilusiones...
- ¡Oiga! - le interrumpí - ¿Cómo es...
- ¡Ah! El caballero es conocedor - dijo y se acercó a mí en actitud confidencial. - ¿Sabe cuál es el secreto? Estas alcancías sí pueden hacer realidad sus ilusiones. De hecho, estan llenas de ellas. Le digo esto porque se ve que usted es una persona bien nacida y sólo por eso se la dejo en cuatro. Cuatro pesitos.
Encima de mi escritorio tengo dos cochinitos sin ranura, mirándose de hito en hito. Los conservo por puro espíritu previsor, no sea que algún mal día se vayan a acabar mis ilusiones.