martes, 26 de junio de 2012

LAS TRES LLAVES

Esta experiencia no deja de ser espeluznante, pero trataré de relatarla con la máxima fidelidad posible. Todo empezó con una visita a ciertas ruinas de un monasterio del siglo XVI ubicado, por no decir oculto, en la ladera de una montaña en medio de un bosque de coníferas. El lugar es húmedo y algo frío. Quizá haya sido un requisito pedido por el espíritu de sacrificio de los monjes que alguna vez lo habitaron. Las paredes otrora enjalbegadas lucían un acabado chorreado de verde oliva y donde daba algo de sol, musgo verde brillante y líquenes grisáceos. El abandono era evidente. Sin embargo, no había perdido ese sabor a misterio y misticismo. Es más, los años acumulados le daban ahora un aire de sobrecogedora decrepitud. En mis días de adolescente había visitado esas ruinas varias veces y recuerdo que el reto era recorrer toda la galería subterránea sin ayuda de luz artificial. El acceso a esos sótanos se hallaba cubierto por matorrales en los patios traseros del claustro, disimulado por una especie de garita cilíndrica en cuyo costado se ocultaba una estrecha escalera de caracol. Ésta descendía rápidamente y por sus piedras escurrían hilillos de agua. Al llegar al fondo, la escasa luz del día nublado desaparecía por completo y uno se encontraba en la más completa oscuridad. El recorrido implicaba dar la vuelta a todo el perímetro de un cuadrado de unos cincuenta metros por lado, que formaba la planta de la construcción. Los muros, de casi dos metros de espesor, daban confianza y seguridad pero también amenazaban con atrapar a cualquiera para siempre. De todos modos, decidí repetir la aventura.
    
    Llegué al monasterio un mediodía nublado. Localicé la entrada, bajé por la escalera, tomé hacia la derecha y empecé a caminar. Varias condiciones eran importantes. Debía avanzar agachado pues la altura no llegaba a un metro sesenta. Cada varios pasos había arcos aún más bajos que podrían golpearme la cabeza si daba contra ellos. Para evitar eso, tenía que caminar con una mano al frente y otra rozando la bóveda mientras con los pies tanteaba el terreno, no fuera a haber un hoyo. En la oscuridad más absoluta perdí rápidamente el sentido de orientación. La única referencia de que avanzaba en línea recta era la altura máxima de la bóveda de cañón. Luego de un buen rato, me esperaba una sorpresa. La mano que llevaba por delante se iba en el vacío pero mis pies tropezaban con un muro. Me quedé de una pieza, tratando de imaginar el lugar donde me encontraba. Palpando el techo topaba con lo que parecía ser un arco más. Seguí su contorno y descubrí que era un nicho. Era el final del túnel en esa dirección. Tenía que encontrar hacia qué lado continuaba. A la derecha o a la izquierda, todo al tacto. Si hallaba el lado correcto, el siguiente recodo sería en la misma dirección puesto que el patrón era un cuadrado. Era cuestión de llegar al nicho de cada esquina, girar en el mismo sentido hasta alcanzar la salida. Se encontraba a la izquierda. Avancé con un poco más de confianza pero recuerdo que, a pesar del frío, iba sudando. Pronto llegué al siguiente nicho... y ahí sucedió. No bien intenté alejarme de él, un viento helado sopló como si estuviera a la intemperie. Di un paso atrás y el viento cesó. Lo intenté de nuevo y el viento sopló con más fuerza, esta vez acompañado por un olor a leños quemados. Regresé al nicho y el viento se fue. Empecinado, lo intenté de nuevo y el viento volvió junto con el olor a leña y un golpe de calor con la sensación de estar frente a la boca de un horno. Estuve a punto de gritar en medio de la oscuridad. Regresé junto al nicho y el fenómeno terminó. Intrigado, palpé el interior de aquél y bajo la capa de lama sentí algo extraño. Con las uñas rasqué un poco y percibí una especie de argolla. Tiré suavemente de ella y salió. A tientas parecía ser de hierro y tenía engarzadas tres llaves del mismo material. Mi primer pensamiento fue ¿quién pudo olvidar estos objetos en este lugar? Guardé las llaves, grandes y pesadas, en un bolsillo de la chamarra y me alejé del nicho con mucho temor. Para mi tranquilidad, el viento aquél no volvió a soplar y en menos de media hora me encontré saliendo a una tarde lluviosa y tan fría como el viento que me había sorprendido en el interior.

    Hice algunas indagaciones y encontré la orden religiosa que construyó el monasterio. Fui a ver al Superior de aquélla, un anciano venerable, y le relaté la historia. Ahí mismo le hice entrega de las llaves. Su sorpresa fue mayúscula cuando las vio y exclamó: ¡Las llaves del obispo! Me explicó que durante la Revolución, en el monasterio de la historia había pernoctado un obispo que viajaba a la Ciudad de México con su séquito. Que cuando iba de salida, el monasterio fue asaltado por unos bandoleros y el obispo escapó en su carruaje apenas a tiempo. Años después, en su lecho de muerte, dijo que había un arcón de tres cerrojos que contenía ornamentos sacerdotales, un copón, un cáliz y una custodia de oro. Asimismo mencionó que debería abrirse con sus respectivas llaves so pena de un castigo divino. No alcanzó a decir en dónde se encontraba ni el arcón ni las llaves. El hombre murió llevándose el secreto con él. Ahora, gracias a mi espíritu aventurero, se tenían las llaves que confirmaban la veracidad del relato. Sólo faltaba encontrar el arcón. ¿Estará en otro monasterio?

martes, 19 de junio de 2012

ODISEA

Ese día salió de prisa del instituto. Su semblante se veía iluminado por la decisión. Miró su reloj. Estaba a tiempo. Ella salía siempre a la misma hora y había calculado cuánto tardaría en llegar, con su cadencioso andar, hasta el jardín público en la calzada. Debía llegar después que ella y simular un encuentro fortuito. No sabía si apresurar o relajar el paso. Tampoco sabía lo que le iba a decir cuando la encontrara. Ya se le ocurriría algo. Decidió aflojar su caminar y notó que tenía la boca seca. El día estaba soleado pero no era para tanto. Llegó a la bocacalle y cruzó para entrar en las veredas del jardín desde donde se veía la parte posterior del kiosco y se detuvo. Se sintió ansioso y preocupado porque desde ahí no podía ver si ella había llegado. Bueno, aún es tiempo, se dijo y trató de tranquilizarse. Inquieto, se revisó la ropa y se alisó el cabello. Notó cómo las manos le temblaban y sintió que las piernas apenas le sostenían. Una oleada de nervios lo invadió cuando la vío llegar por la otra calle y adentrarse por los andadores del parque marcando cada uno de sus pasos con un suave y enloquecedor golpe de caderas. Estaba petrificado. Limpió su garganta para ver si le salía la voz. Ella llegó al kiosco y quedó oculta tras él. Era ahora o nunca. Avanzó decidido aparentando una tranquilidad que no sentía. Dio la vuelta al kiosco y la vio. Ahí estaba la causa de sus inquietudes. Siguió caminando y estaba tan sólo a tres pasos de ella cuando se dio cuenta de que no estaba sola. El tipo medía un palmo de estatura más que él. Era demasiado tarde para volver atrás y no tuvo más remedio que continuar. Llegó y la saludó como cualquier persona educada. Entonces el tipo aquél le puso una mano en el pecho empujándolo mientras le decía que qué quería, que ella era su novia. Tuvo la sensación de estar en otra parte, en otro mundo, en otro universo, viviendo una vida que no era la suya. Lo peor vino cuando ella se hizo la desentendida y puso en sus labios una sonrisa burlona como disfrutando del evento. Haciendo acopio de un aplomo digno de mejores circunstancias dijo que ni modo, que no siempre se podía llegar primero. Dio media vuelta y se retiró caminando con el paso más seguro que pudo conseguir. No sentía el suelo que pisaba. El portafolios le estorbaba más que nunca y los tenis le pesaban una tonelada. Sentía en la nuca la mirada de todos los que estaban en el parque. Empezó a sudar. El sweater del uniforme lo asfixiaba y los anteojos se le empañaban. No supo cómo cruzó la calzada. Cuando llegó a su casa se había tranquilizado pero jamás volvió a pasar por el kiosco camino de la secundaria.

martes, 12 de junio de 2012

DOBLETE

Gina y yo habíamos visto el anuncio del departamento en renta y decidimos conocerlo. El edificio de cantera se veía ligero por su estilo clásico. Una construcción hermosa, sólida, en un barrio agradable. Sería nuestra guarida; nuestro punto de encuentro. En la entrada buscábamos el botón del conserje. Fue cuando Luisa llegó. Al verla, sentí un vacío en el estómago. Nunca me imaginé volver a verla. En un instante recordé su perfume, sus brazos, su cuerpo. Logré sobreponerme. Gina no percibió nuestras miradas. Nos saludamos, le comentamos a lo que veníamos y Luisa abrió la puerta. Subimos las escaleras. Luisa nos dijo que vivía desde hacía un mes en el departamento contiguo al que queríamos conocer. Mi mente armó el doble juego que podría organizar pero lo deseché de inmediato. El conserje apareció con las llaves del departamento dispuesto a mostrárnoslo. Mientras Gina lo escuchaba volví a pensar en el doble juego y la emoción del peligro me estremeció. Adelanté imágenes donde me veía salir de un departamento para entrar al otro. Escuché el sonar de los tacones de Luisa y el ruido de la regadera. La vi desnuda y mal cubierta de espuma. Volví a sentir las caricias de su cabello como sólo ella sabía hacerlo. La boca entreabierta. Los ojos entornados. Sus gemidos largos y temblorosos. Luisa había sido una hermosa aventura que no se prolongó debido a mis constantes viajes. Ahora, la vida me ponía en la mesa aquel platillo delicioso que...
    -¡Cariño! -dijo Gina- El lugar está muy bien pero el baño es muy pequeño y la cocina no me agrada en lo más mínimo. Es anticuada y poco funcional.
    -No creo que sea un problema -repuse sin mucha convicción- tú nunca vas a utilizar la cocina.
    -Tal vez, pero no me gusta.
    -Si quieres, podemos instalar una cocina integral -añadí temeroso.
    -No. -dijo tajante- No quiero que gastes. Además, el baño es muy pequeño e incómodo -añadió suavemente mientras me abrazaba y apretaba su cuerpo contra mí.- Tú me entiendes. ¿Qué te parece si vamos a conocer el departamento que está al otro lado de la ciudad?

martes, 5 de junio de 2012

DIOSES

Sansón, joven e inquieto, salió de su pueblo para conocer un poco del mundo. Del mundo filisteo en este caso. Como correspondía a todo buen nazareno, su larga cabellera flotaba en el viento de ese día en que se dirigía a la ciudad de Timnat, más filistea que cualquier otra. El encanto de esas ciudades, relatado por muchos viajeros, había capturado su imaginación y deseaba ver con sus propios ojos los atractivos de esa civilización tan diversa, por no decir opuesta, a la de sus padres. Algo debía de tener para estar dominando a su pueblo desde hacía años. A mucho andar, llegó a las murallas de la ciudad. Contempló con interés los edificios, entre ellos uno que sobresalía en la plaza mayor: el templo de Dagón, uno de los principales dioses del panteón filisteo. Pasado un tiempo desde su llegada, logró relacionarse con algunos miembros de esa sociedad y decidió, oponiéndose a los deseos de sus padres y las órdenes de Yahvéh, casarse con una mujer filistea. Ese fue el principio del  fin. En lo sucesivo, a Sansón le fue como en feria. Tomando decisiones con los bíceps, se enemistó con muchos y mató a un montón de filisteos que demostraron ser las víctimas ideales de su tremenda fuerza. Pierde a su mujer y a cambio le dan otra. En pleno berrinche, Sansón les pega fuego a los campos y cosechas filisteas. Éstos, más enojados todavía, queman a su mujer y le prenden fuego a la casa de su suegro. Aquí vemos que se llevaban pesado. En una nueva represalia, siempre después de consultar con la testosterona y sus bíceps, Sansón va y le pone una felpa fenomenal a un grupo de infortunados filisteos que lo habían mirado feo y escapa.
    El ligero enfado de Yahvéh se sigue manifestando. A salto de mata, Sansón se oculta en un promontorio rocoso llamado Etán, de donde su propio pueblo lo saca, a petición de los filisteos, y lo entregan atado a sus enemigos. Sansón, muerto de la risa, rompe sus ligaduras y con una quijada de burro que encontró a la mano, les machacó el cráneo, uno por uno, a mil filisteos, prácticamente sin despeinarse. Su pueblo, ante esa demostración de súper poderes, prefirió nombrarlo juez para tenerlo contento, cargo que ejerció por veinte años.
    Poco después, por razones que imagino, tiene que huír y se dirige a Gaza donde una prostituta muy enterada de sus capacidades, le ayuda y protege. En eso, Yahvéh recuerda que Sansón todavía se la debe y manda a un grupo de sus enemigos a matarlo. Sansón escapa y se refugia en Hebrón, donde conoce y se enamora, ya se había tardado, de Dalila, mujer de muy buen ver, originaria y vecina del lugar, adoradora de Dagón y por lo tanto, cien por ciento filistea. Yahvéh ora sí que se enoja y deja que los paisanos de Dalila la sobornen para obtener el secreto de la extraordinaria fuerza de Sansón. Dalila lo logra después de ser engatusada varias veces por aquél. Dormido, seguramente agotado, le corta el pelo y lo entrega indefenso como un niño a los habilidosos filisteos. Éstos, más pronto que ya, le sacan los ojos en nombre de Dagón y lo ponen a mover la piedra de un molino de grano. Yahvéh se siente satisfecho y deja a Sansón chambeando ahí por una temporada.

    La naturaleza es sabia y el cabello de Sansón volvió a crecer y ¡Oh maravilla! La tremenda fuerza regresó con él. Sansón se hizo el disimulado por un tiempo mientras el ejercicio de empujar la piedra del molino le ponía los músculos como aquélla.
    Un día en una celebración de agradecimiento a Dagón por haberles entregado a Sansón, (desde entonces ya se agradecía a las deidades) a alguien se le ocurrió que lo trajeran para hacer mofa de su triste situación (eran bien machos) y lo pusieron entre dos columnas del templo. Noblezote como era el fortachón de Sansón, le pidió al tal Yahvéh que le diera chance de romperles todo lo que se llama templo a los filisteos y, como el que calla otorga, empujó con tal violencia las columnas que el edificio se vino abajo con Sansón y tres mil filisteos adentro según consta en las crónicas de la época.
    Allá en lo alto, disfrutando del espectáculo, Yahvéh y Dagón alzaban sus copas a la salud de los hombres.