Esta experiencia no deja de ser espeluznante, pero trataré de relatarla con la máxima fidelidad posible. Todo empezó con una visita a ciertas ruinas de un monasterio del siglo XVI ubicado, por no decir oculto, en la ladera de una montaña en medio de un bosque de coníferas. El lugar es húmedo y algo frío. Quizá haya sido un requisito pedido por el espíritu de sacrificio de los monjes que alguna vez lo habitaron. Las paredes otrora enjalbegadas lucían un acabado chorreado de verde oliva y donde daba algo de sol, musgo verde brillante y líquenes grisáceos. El abandono era evidente. Sin embargo, no había perdido ese sabor a misterio y misticismo. Es más, los años acumulados le daban ahora un aire de sobrecogedora decrepitud. En mis días de adolescente había visitado esas ruinas varias veces y recuerdo que el reto era recorrer toda la galería subterránea sin ayuda de luz artificial. El acceso a esos sótanos se hallaba cubierto por matorrales en los patios traseros del claustro, disimulado por una especie de garita cilíndrica en cuyo costado se ocultaba una estrecha escalera de caracol. Ésta descendía rápidamente y por sus piedras escurrían hilillos de agua. Al llegar al fondo, la escasa luz del día nublado desaparecía por completo y uno se encontraba en la más completa oscuridad. El recorrido implicaba dar la vuelta a todo el perímetro de un cuadrado de unos cincuenta metros por lado, que formaba la planta de la construcción. Los muros, de casi dos metros de espesor, daban confianza y seguridad pero también amenazaban con atrapar a cualquiera para siempre. De todos modos, decidí repetir la aventura.
Llegué al monasterio un mediodía nublado. Localicé la entrada, bajé por la escalera, tomé hacia la derecha y empecé a caminar. Varias condiciones eran importantes. Debía avanzar agachado pues la altura no llegaba a un metro sesenta. Cada varios pasos había arcos aún más bajos que podrían golpearme la cabeza si daba contra ellos. Para evitar eso, tenía que caminar con una mano al frente y otra rozando la bóveda mientras con los pies tanteaba el terreno, no fuera a haber un hoyo. En la oscuridad más absoluta perdí rápidamente el sentido de orientación. La única referencia de que avanzaba en línea recta era la altura máxima de la bóveda de cañón. Luego de un buen rato, me esperaba una sorpresa. La mano que llevaba por delante se iba en el vacío pero mis pies tropezaban con un muro. Me quedé de una pieza, tratando de imaginar el lugar donde me encontraba. Palpando el techo topaba con lo que parecía ser un arco más. Seguí su contorno y descubrí que era un nicho. Era el final del túnel en esa dirección. Tenía que encontrar hacia qué lado continuaba. A la derecha o a la izquierda, todo al tacto. Si hallaba el lado correcto, el siguiente recodo sería en la misma dirección puesto que el patrón era un cuadrado. Era cuestión de llegar al nicho de cada esquina, girar en el mismo sentido hasta alcanzar la salida. Se encontraba a la izquierda. Avancé con un poco más de confianza pero recuerdo que, a pesar del frío, iba sudando. Pronto llegué al siguiente nicho... y ahí sucedió. No bien intenté alejarme de él, un viento helado sopló como si estuviera a la intemperie. Di un paso atrás y el viento cesó. Lo intenté de nuevo y el viento sopló con más fuerza, esta vez acompañado por un olor a leños quemados. Regresé al nicho y el viento se fue. Empecinado, lo intenté de nuevo y el viento volvió junto con el olor a leña y un golpe de calor con la sensación de estar frente a la boca de un horno. Estuve a punto de gritar en medio de la oscuridad. Regresé junto al nicho y el fenómeno terminó. Intrigado, palpé el interior de aquél y bajo la capa de lama sentí algo extraño. Con las uñas rasqué un poco y percibí una especie de argolla. Tiré suavemente de ella y salió. A tientas parecía ser de hierro y tenía engarzadas tres llaves del mismo material. Mi primer pensamiento fue ¿quién pudo olvidar estos objetos en este lugar? Guardé las llaves, grandes y pesadas, en un bolsillo de la chamarra y me alejé del nicho con mucho temor. Para mi tranquilidad, el viento aquél no volvió a soplar y en menos de media hora me encontré saliendo a una tarde lluviosa y tan fría como el viento que me había sorprendido en el interior.
Hice algunas indagaciones y encontré la orden religiosa que construyó el monasterio. Fui a ver al Superior de aquélla, un anciano venerable, y le relaté la historia. Ahí mismo le hice entrega de las llaves. Su sorpresa fue mayúscula cuando las vio y exclamó: ¡Las llaves del obispo! Me explicó que durante la Revolución, en el monasterio de la historia había pernoctado un obispo que viajaba a la Ciudad de México con su séquito. Que cuando iba de salida, el monasterio fue asaltado por unos bandoleros y el obispo escapó en su carruaje apenas a tiempo. Años después, en su lecho de muerte, dijo que había un arcón de tres cerrojos que contenía ornamentos sacerdotales, un copón, un cáliz y una custodia de oro. Asimismo mencionó que debería abrirse con sus respectivas llaves so pena de un castigo divino. No alcanzó a decir en dónde se encontraba ni el arcón ni las llaves. El hombre murió llevándose el secreto con él. Ahora, gracias a mi espíritu aventurero, se tenían las llaves que confirmaban la veracidad del relato. Sólo faltaba encontrar el arcón. ¿Estará en otro monasterio?



