jueves, 9 de mayo de 2013

¿PEDAGOGÍA?

Me he preguntado muchas veces qué hubiera sido de mi vida estudiantil y profesional si hubiera tenido buenos maestros de matemáticas. Yendo a mis más remotos recuerdos, el primer instrumento de tortura que conocí fueron las tablas de multiplicar y la inevitable necesidad de memorizarlas. Después vinieron los problemas de geometría con las fórmulas nunca bien explicadas y peor comprendidas. Para rematar el cuadro, llegaron los números fraccionarios. Si bien comprendí el concepto, nunca entendí cómo efectuar las operaciones. Créanme que eso me hizo sufrir durante muchos años y llegué a sospechar que era un tarado porque veía a compañeros que la pasaban de maravilla con los números. Aquello se convirtió en un rechazo esencial y un bloqueo mental para los guarismos. Añoraba el tiempo en que dejaría de sufrir esa pesadilla que se extendió, como una pandemia, a la Química y a la Física, asignaturas que me gustaban mucho, sobre todo por los laboratorios. Luego vino el Álgebra, los productos notables y los teoremas, para coronar con las tablas de Logaritmos y la Trigonometría.
    No recuerdo bien cómo lo hice pero finalmente, aprobando esas materias "de panzazo", llegué a la escuela preparatoria donde alcancé la liberación y empecé a disfrutar mi condición de estudiante. A hablarme de tú con los filósofos, a conocer la verdadera Historia y a disfrutar de la Literatura. Había alcanzado la plenitud estudiantil. Pero no era nada más por las asignaturas. Hubo un ingrediente sustancial: ¡Qué maestros! Convertían en un placer el proceso de aprendizaje y lo más importante: nos hacían pensar. Si de por sí siempre tuve un inmanente sentido crítico, ahora ejercía el cuestionamiento como un arma poderosa de descubrimiento. Finalmente, en forma ordenada, inicié la búsqueda de mi verdad.
    Ignoro si actualmente existen corrientes pedagógicas que consideren el proceso de aprendizaje como una actividad de descubrimiento, comprensión y asimilación del conocimiento, sin presiones de evaluaciones que califican la memoria y no el entendimiento. Me hubiera gustado, en la escuela primaria, escoger mis materias a partir del cuarto grado. Habría sido fantástico mi aprovechamiento y excelentes mis calificaciones. Pero hay algo todavía más trascendente: hubiera sido un niño feliz. No lo fui por el sistema. Me lo debe y nunca se lo perdonaré.