martes, 13 de marzo de 2012

DISTANCIA

La hermosa cañada se extendía en un remanso del río que, más arriba, corría entre enormes peñascos pulidos por la paciencia del agua. Matorrales dispersos aquí y allá rompían la monotonía del prado de pasto corto y recio, tan parejo que parecía podado. Yo salía de "explorar" (me fascina esta palabra) el cauce río arriba, donde la cañada era más abrupta y ofrecía rincones de extraordinaria belleza. Este hermoso lugar se encuentra a escasos quinientos metros de la casa de campo de mi difunta tía Margarita que, por haber vivido ahí buena parte de su vida, probablemente jamás apreció. En algún momento, disimulado por los rumores del río, me pareció escuchar un coro de voces. Seguí caminando y cuando salí de atrás de unas matas, pude ver lo que parecía una familia campesina o tal vez dos, a juzgar por el número de párvulos que correteaban por el prado persiguiendo una pelota. Mi camino pasaría a unos treinta metros del grupo de adultos que parecía disfrutar de un almuerzo campestre. Con seguridad ya me habían visto pero como no me acercaba decidieron ignorarme. Continuaba con mi caminata cuando una respiración corta y agitada me hizo voltear. Saliendo de entre unas jarillas, un perro de raza indefinida, un cachorrito, me alcanzó y empezó a juguetear a mi alrededor. Me resultó simpático. Lo llamé y se acercó más. Quise acariciarlo pero no se dejó. Le gustaba jugar pero guardaba su distancia, después de todo yo era un desconocido. De pronto rompió el silencio y se puso a ladrar emocionado. El juego de pelota se interrumpió. Los niños se me quedaron mirando como a un bicho raro y uno de ellos, de unos siete años, se animó y se fue acercando a mí. El perrito ladraba como si en ello le fuera la vida y corría sin parar como queriendo decir "miren lo que me encontré, yo lo descubrí". El niño llegó, abrazó al cachorrito y se me quedó mirando.
    -¡Hola! -le dije. No me contestó. En un nuevo intento de establecer comunicación le pregunté señalando al animalito.
    -¿Cómo se llama?
El pequeño me miró con sus negros ojos indígenas y con un gesto de incredulidad y resignación me contestó:
    -Pues ¡perro!
Sonriendo, saludé al grupo que me contestó al unísono y reanudé la marcha de regreso a casa.
    Fue una experiencia como la que pudiera tener un astronauta al establecer contacto con seres de otro planeta y me sentí incómodo al percibir la enorme distancia que me separaba de aquel niño. Esa sensación de ser extraño me acompañó por el resto del día.