
PERFECTO
¿Desde cuándo podemos llamar a la intolerancia una virtud? Bueno, me dirán ustedes que quizá haga falta una buena referencia de tiempo y lugar; tal vez, pero la intransigencia en cuestiones de fe, ha sido tradicional e históricamente aplaudida y ensalzada. Una persona religiosa, con profunda convicción en sus creencias, se convierte ipso facto en un contenedor cerrado. Ahí no puede entrar nada que no sea lo mismo que ya existe dentro y no puede salir nada que no sea su mismo contenido. Es una fórmula exitosa por lo fácil pues desaparece cualquier conflicto mental; cualquier valoración ética sale sobrando; es un tapujos ideal para marchar siempre hacia adelante. La coexistencia, por lo tanto, resulta muy difícil en tiempos de intolerancia.
Al-Andalus, año 850. Abderramán II se sentía inquieto por la forzada convivencia con cristianos y como buen musulmán decidió hacer una depuración en su califato para que pintara de colores más islámicos. Se planteó algunas ecuaciones y la primera incógnita que despejó dió como resultado, tras algunos cuestionamientos bastante cuestionables pero muy eficaces, que había que eliminar algunos miembros de esa ecuación de convivencia para que las cosas fueran como deben ser por aquello de que "Dios es Alá y Mahoma su profeta". En la iglesia de San Asiscio había un cura claridoso que no estaba de acuerdo con Abderramán y mucho menos con Mahoma. Paladín del cristianismo a rajatabla, dijo su verdad y lo que pensaba acerca del profeta de Alá, ante los oídos menos adecuados y más musulmanes que pudo encontrar.
A orillas del Guadalquivir, abril 18 de 850; "Campo de la Verdad". Mansamente se dejó llevar y lleno de santo fervor entregó su cuello a la cimitarra del verdugo.
Yo en lo personal, no estoy muy convencido del martirio como camino a la salvación, pero ha de ser porque no soy cristiano ni musulmán y porque no me llamo Perfecto.