martes, 26 de noviembre de 2013

RIQUEZA

Con paso lento, directo a alguna parte donde nadie lo espera, arrastra un costal medio cargado de basura. Ese costal debe ser eterno, pensé, pues desde que lo conozco es el mismo y siempre lo lleva arrastrando. No se mira muy pesado. ¿Por qué no lo cargará? Quizá escuchó alguna vez esa frase de "arrastrando su miseria" y desea ser congruente. Sucio de años, el cabello cano muy crecido y desordenado asoma bajo las alas de un sombrero deslavado. Sus facciones se ocultan tras una larga barba tan descuidada como el cabello. La cara se reduce a una prominencia aguileña en donde normalmente va la nariz, a cuyos costados brillan por momentos unos diminutos e inexpresivos ojos negros. Su traje remendado, que debió ser de alguien más grande, ha tomado el color del pavimento. No lleva camisa y ciñe los pantalones con un trozo de mecate. ¿Qué hará? Es decir ¿En qué ocupará su tiempo? ¿Dónde dormirá? ¿A dónde va y de dónde viene? ¿Tendrá familia? 
     Junto a mí, mi padre también lo observaba y le comenté ¡Pobre diablo! ¿no? Mi padre, haciendo un gesto muy suyo me dijo: Diablo, tal vez, pero pobre... No. ¿Cómo es eso? le pregunté. Ese hombre tiene más dinero del que te imaginas. Es dueño de varias casas y edificios de departamentos. Perdió la razón hace unos veinte años con motivo de la muerte de su familia en un incendio doméstico. Los abogados que le administran sus bienes lo internaron en un asilo donde la pasaba bien, pero escapó varias veces hasta que finalmente dejaron que anduviera donde le diera la gana. Ahí le dan comida que se lleva y nadie sabe dónde se la come. Dicen que duerme en un lote baldío. No le hace daño a nadie y cuando muera, su dinero irá a parar a la beneficencia pública. 
     Anonadado por la revelación, me quedé pensando en dónde radica la riqueza, o más bien, el sentido de la riqueza. Deduje que la riqueza es tan sólo un estado de abundancia mental. La miseria es entonces un estado de carencia de la misma clase.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

DE FESTEJOS Y TRADICIONES

Los paganos orígenes de las fiestas decembrinas, no han sido obstáculo para seguir celebrando aquellos festivales disfrazados ahora de artículos de fe. ¿Será? Aterriza en cualquier posada y pregunta a tu propio riesgo qué cosa se celebra. Verás que lo único que ha cambiado es el objeto del festejo. Aquí en México, país feliz le pese a quien le pese, el pretexto es lo de menos. Los mexicas no tuvieron idea de lo que les esperaba con la celebración de la Navidad, el día del santo patrón del pueblo o de la virgencita de tal y tal, pero aceptaron que Tonantzin, vestida de incógnita, era buena razón para libar las mieles del neutle y hablarse de tú con Tláloc y Quetzalcóatl. ¡Áxcale compadrito! Ahora, algunos siglos después, se hacen desesperados esfuerzos para proporcionar algún sustrato ideológico a las festividades navideñas. Torciéndole el brazo al calendario del tal Gregorio y con sorprendente sincretismo, digno del mejor adaptador cinematográfico, se ubican las fechas mañosamente para ver si nieva o por lo menos hace frío y tener pretexto para el arrejunte. Si no resulta, se recurre al calentamiento global para justificar su ausencia. 
    
    Santa Clos, en una carreta tirada por burros sería inaceptable e indigno de su rubicunda imagen. Verlo de blanco, con sombrero jarocho de cuatro pedradas y cantando "El querreque", ¡imposible! Pero me atrevo a afirmar que sería más congruente con nuestra idiosincracia, aunque difícilmente aceptado por cierto sector de la población. You know. Por otra parte, el Niño Dios, no tiene arrastre comercial pues la ternura no es siempre motivo de alegría y consumo. Le ha faltado un buen equipo de mercadólogos y creadores de imagen, que lo hagan crecer para organizarle un reventón el día en que cumpla dieciocho años. No sé cómo no se les ha ocurrido. ¿Se han puesto a pensar en festejar el "Bar Mitzva" de Cristo a los dieciocho? Si no lo han hecho es porque el asunto despide un fuerte tufo a Torah y velas de Menorah. Raro ¿no? Parece que algunas personas han olvidado que era judío. Estoy seguro de que muchos chamacos abrazarían con gusto ese día como digno de celebrarse de igual modo que los quince años de sus hermanas y menos cursi. La cosa es echar a andar la idea. Aquí en México eso es re-fácil. Festeja algo bien armado un día y ya empezaste una tradición que se volverá socialmente obligatoria, por aquello del "que dirán" los vecinos y mis compadres. Señores, se abre la licitación para iniciar la tradición. 

    Vamos a ver. El término "bar" resulta demasiado sugerente por no decir israelita. Busquemos un epíteto más castizo, más vernáculo, más congruente con nuestra mentalidad. Algo así como Tlauanqui party, (del náhuatl  tlauanqui , borracho, y el inglés party, pachanga), expresión adecuada para estar a tono con nuestras explicables tendencias bilingües. Eso permitiría la inmediata aceptación del pueblo, ansioso por ensanchar sus horizontes, el enriquecimiento del idioma y el uso de vocablos rimbombantes. ¿Vas a festejar tu qué? Pregunta que daría ocasión a explicaciones formativas y oportunas para demostrar tu elevada ubicación cultural entre los cuates del barrio. Créanme. La cosa es empezar. La raza creará la inercia. Ya lo veo venir, incluso con su correspondiente apócope, por la flojera de gastar saliva. ¡Te invito a mi Tlaua...! ¡Sale! 

    Bueno amigos, esto ha sido el resultado de un tequila doble con sangrita y limón y un delicioso filete bien regado con dos copas de tinto. No quise tomar un digestivo porque tal combinación favorece el uso de términos inadecuados para la correcta expresión del pensamiento.

jueves, 14 de noviembre de 2013

LONGEVIDAD

                          Envejecer es el único medio de vivir mucho tiempo.
                         
                                                                                 Daniel Auber


Muchas personas hablamos sin pensar lo que decimos, pero el que a mi juicio se llevó el gato al agua fue un buen señor que, cuestionado en la televisión acerca de la muerte, dijo con gran convicción: ..." y es que hay mucha gente que cree que va a vivir toda la vida". ¡Pues yo soy de esos! Creo que voy a vivir toda mi vida me guste o no. Sin embargo, no me gustaría vivir para siempre, que supongo era lo que aquel señor quiso decir. Por fortuna, contamos con la muerte para evitar una vida más allá de lo normal. No concibo a nadie en su sano juicio, que quiera vivir eternamente. La finitud de la vida es lo que le da valor a cada instante. Cada momento vale porque es eso. Un momento. Si hubiera vida eterna, sin dejar de ser humano, me gustaría permanecer en un rango de edad entre los veinticinco y los treinta y cinco años, con la experiencia, los conocimientos y la sabiduría de los setenta.

martes, 5 de noviembre de 2013

LA PENÚLTIMA CACERÍA

Me da pena contar esto, pero aconteció poco antes de mi cambio de conciencia. De hecho, contribuyó a ese cambio.
    Éramos cuatro y habíamos caminado a partir de un poblado donde la gente nos miraba como ejemplares de museo. No era para menos. Nuestra estampa "medieval", armados con arcos y flechas, se mezclaba con un champurrado de botas modernas, gafas para el sol y algún sombrero estrafalario. Nos sentimos mejor cuando llegamos a donde nadie nos veía. Cuatro arqueros en busca de lo que saliera, enfoque sólidamente fundamentado en el viejo aforismo que dice: "andando de cacería, cualquier lagartija es pieza".
   Buscamos por más de dos horas y si acaso matamos algo, fue de risa. Estoy seguro de que las ardillas, las iguanas y demás fauna local nos miraban desde sus respectivos escondites, frescos y sombreados, comentando entre ellos la frase de Traven: "Sólo los gringos y los perros caminan bajo el sol". El calor era infernal y decidimos regresar sin haber matado nada. Total, un poquito de vergüenza cuando llegáramos al pueblo, no nos iba a doler mucho.

    Sin haber disparado una sola flecha, regresábamos arrastrando la botas cuando alguien dijo: ¿Ya vieron? ¡Ahí! Sobre aquella piedra. En efecto, un hermoso cuije, especie de lagartija grande, se asoleaba sobre una piedra boluda, como a unos veinte metros de nosotros. ¡Tírale! me dijeron. Les dije que no. Que sería una flecha perdida. Si fallo por arriba se irá lejos. Si fallo por abajo se hará pedazos. ¡No importa hombre! Tírale con la más vieja que tengas. Así de fácil me convencieron. Saqué una flecha con plumas maltratadas y apunté bajo a propósito. Solté. La flecha pegó un centímetro abajo del animal en la piedra boluda y se hizo añicos llevándose al pobre cuije que nunca supo lo que lo mató. Encontramos la flecha diez metros atrás con el animalito ensartado en las astillas. Era hermoso. Por primera vez sentí una especie de remordimiento. Algo me decía que aquello no tenía sentido. Que no era necesario quitarle la vida a ningún animalito para demostrar que se tiene buena puntería. En fin, fue una vivencia que me dejó un sedimento inquietante. Una especie de huella indeleble que se me presentaría muy pronto una vez más. Pero como dijo la nana Goya: "Eso, ya es otra historia".