
La estrecha carretera abandonaba su trayectoria recta y entraba poco a poco en un tramo sinuoso, al tiempo que subía internándose en un bosque de oyameles. La tarde pardeaba pero al entrar al bosque prácticamente ya era de noche. El vehículo avanzaba a muy buen paso, con las luces encendidas. Minutos después salió de la carretera. Tomó despacio una brecha apenas visible por la que avanzó por un buen rato. A poco se desvió hacia un claro pequeño entre los árboles y ahí se detuvo. Su conductor, que parecía estar familiarizado con el lugar, descendió del auto, abrió la cajuela y extrajo un par de bultos.
El campamento estuvo listo pronto y la tienda brillaba suavemente como un farol chino de color verde con la linterna encendida en su interior. El viento, que después del ocaso se había calmado, dejó de soplar permitiendo al silencio tomar suavemente todo el entorno. La luna llena trataba de filtrar sus rayos entre las ramas. La estufilla de campaña esparcía el aroma del café acabado de preparar, convirtiendo el claro del bosque en un lugar acogedor. El hombre, de unos treinta y tantos años, calentó unos panecillos para acompañar el café y sentado en el suelo se dispuso a consumirlos. Se le veía tranquilo, como acostumbrado a esas circunstancias; poco después, con mucha parsimonia, cargó y encendió una pipa que lanzaba volutas de humo que ascendían lentamente. Todo era paz y tranquilidad. Estiró las piernas y al poco rato, la pipa se apagó y se quedó dormido ahí, fuera de la tienda.
Lejano pero con claridad, se dejó oír algo parecido al aullido de un coyote. El hombre despertó y con semblante intrigado puso atención a los sonidos del bosque. Sus oídos percibieron, ahora claramente, aquel aullido que daba la impresión de estar más cerca. Estaba seguro de que en aquellos lugares hacía varios años que nadie había escuchado ni mucho menos visto algún coyote. Un tercer aullido todavía más cercano lo obligó a guardar los alimentos y demás cosas en el carro y por instinto, palpó la cacha de su cuchillo de monte. Él sabía que un coyote solitario difícilmente se atrevería a atacar a un hombre, pero... uno nunca sabe.
Regresaba del auto cuando a contraluz de la tienda iluminada lo vio. El pelo hirsuto del lomo lo hacía parecer bastante más corpulento que un coyote. Con la testa baja avanzaba velozmente hacia él. Incrédulo, desenfundó el cuchillo. Las patas delanteras del animal golpearon su pecho. El ímpetu del ataque lo derribó de espaldas. Su antebrazo izquierdo, con el que se protegía la cara, quedó dentro de las fauces de la bestia. Al mismo tiempo, el cuchillo penetraba el cuerpo de la fiera obligándola a lanzar un terrible gañido. Durante la caída, el hombre pareció escuchar más aullidos y pensó que tal vez sería una manada...
Un dolor de cabeza fue lo primero que sintió al despertar, ayudado por los ladridos de unos perros. Su nublada visión empezó a aclararse y a la luz de una aurora filtrada por el bosque, se vio rodeado por un grupo de indígenas que, armados con escopetas, lo miraban con curiosidad. Haciendo un esfuerzo se incorporó un poco y preguntó que había pasado, pero antes de recibir contestación pudo ver, a escasos tres metros de él, el cadáver desnudo y ensangrentado de un indígena. Uno de los del grupo se adelantó y le dijo, en defectuoso castellano, que su gente le daba las gracias por haber matado a ese individuo, que ya debía muchas vidas en la región. El hombre, sobresaltado, contestó que él no había matado a ninguna persona. Que se había defendido de un coyote muy grande que lo había atacado ahí en su campamento. Le contestaron que no era coyote, que era un lobo. Un animal feroz en el que se convertía aquel sujeto. Que era un nagual.
Los hombres armados y sus perros se retiraron por donde habían venido, cargando sobre un asno el cadáver del nagual. El hombre, a toda prisa, se curó como pudo la tremenda mordida en el brazo, la vendó, desmanteló su campamento, subió al vehículo y se fue, con la cabeza hecha un barullo, para no volver jamás.