martes, 29 de junio de 2010

EXPERIENCIA


Aquí tirado en el suelo, viene a mi memoria este mismo suceso. En aquella ocasión había estado haciéndolo muy bien por casi una hora. Todo funcionaba de maravilla. Pero nunca sabe uno cuándo se va a presentar un contratiempo: la piedra en el camino, el árbol de allá abajo, la bifurcación inesperada y ... la gente. La única diferencia es que en aquel entonces yo era un aprendiz de seis años y ahora me considero muy hábil. Sin embargo, los raspones se parecen mucho y los golpes duelen más que antes. En fin, como dijo mi abuelita, "son consejos que da el tiempo". Ahora me levanto, me sacudo el polvo, me quito la tierra de los codos y las rodillas, monto de nuevo en mi bicicleta, y me largo del parque.

martes, 22 de junio de 2010

VERDUGO


Al principio me fascinaba su voz y poco a poco descubrí que también me gustaba su figura. Pasó tiempo hasta que al fin cayó en mi poder. Entonces me di cuenta de que mi sadismo no tenía límites. Desde nuestro primer encuentro, sus gritos terribles y destemplados me hacían ver la crueldad que estaba cometiendo. Sin embargo continué con la tortura. Soportó estoicamente muchas sesiones de tormento y gracias a ello, fui mejorando mis habilidades y aquellos movimientos que al principio parecían tajos de sable empezaron a deslizarse suavemente, como una caricia a través de su cintura. Yo gozaba. Había logrado que los estridentes gritos del principio empezaran a sonar como música en mis oídos. Durante algunos años ha sido una relación muy tormentosa en la que yo he sacado la mejor parte. Ahora disfruto mucho más porque finalmente mi violín y yo, hemos formado una pareja.

martes, 15 de junio de 2010

LA ISLA



Triste lugar para terminar la vida, aquella isla albergaba, si así se puede decir, a una buena cantidad de aquellos que eran considerados "molestos" para el régimen y ahí, bajo la vigilancia de una guarnición bien armada, tenían a su alrededor el muro del océano. De hecho, prisioneros también eran los soldados vigilantes que no podían salir de los muros de sus cuarteles, ubicados en el único acceso de playa de la isla. El resto de la costa consistía en farallones que resistían incólumes los embates de las olas. Escapar de ahí se consideraba imposible.
La vida silvestre era abundante, había agua dulce y se cultivaba con éxito una meseta fértil que proveía bien a los cerca de doscientos condenados. Cada tercer día por la mañana se realizaba un conteo haciéndolos desfilar en medio de una empalizada.
Aquel día el conteo arrojó un faltante. Uno. Sonaron las sirenas de alarma y se confinó al grupo en lugar seguro. Una partida de vigilantes inició una búsqueda por toda la isla. La noche llegó y la partida regresó sin haber hallado rastro del fugitivo. Dos días más duró la búsqueda que fue tan intensa como infructuosa. Al tercer día se pasó lista nominal. Uno por uno, los prisioneros fueron desfilando para su identificación. Al final, sólo quedó un nombre sin llenar. Se llamaba Ícaro.

martes, 8 de junio de 2010

UNA EXTRAÑA AVENTURA


La estrecha carretera abandonaba su trayectoria recta y entraba poco a poco en un tramo sinuoso, al tiempo que subía internándose en un bosque de oyameles. La tarde pardeaba pero al entrar al bosque prácticamente ya era de noche. El vehículo avanzaba a muy buen paso, con las luces encendidas. Minutos después salió de la carretera. Tomó despacio una brecha apenas visible por la que avanzó por un buen rato. A poco se desvió hacia un claro pequeño entre los árboles y ahí se detuvo. Su conductor, que parecía estar familiarizado con el lugar, descendió del auto, abrió la cajuela y extrajo un par de bultos.

El campamento estuvo listo pronto y la tienda brillaba suavemente como un farol chino de color verde con la linterna encendida en su interior. El viento, que después del ocaso se había calmado, dejó de soplar permitiendo al silencio tomar suavemente todo el entorno. La luna llena trataba de filtrar sus rayos entre las ramas. La estufilla de campaña esparcía el aroma del café acabado de preparar, convirtiendo el claro del bosque en un lugar acogedor. El hombre, de unos treinta y tantos años, calentó unos panecillos para acompañar el café y sentado en el suelo se dispuso a consumirlos. Se le veía tranquilo, como acostumbrado a esas circunstancias; poco después, con mucha parsimonia, cargó y encendió una pipa que lanzaba volutas de humo que ascendían lentamente. Todo era paz y tranquilidad. Estiró las piernas y al poco rato, la pipa se apagó y se quedó dormido ahí, fuera de la tienda.

Lejano pero con claridad, se dejó oír algo parecido al aullido de un coyote. El hombre despertó y con semblante intrigado puso atención a los sonidos del bosque. Sus oídos percibieron, ahora claramente, aquel aullido que daba la impresión de estar más cerca. Estaba seguro de que en aquellos lugares hacía varios años que nadie había escuchado ni mucho menos visto algún coyote. Un tercer aullido todavía más cercano lo obligó a guardar los alimentos y demás cosas en el carro y por instinto, palpó la cacha de su cuchillo de monte. Él sabía que un coyote solitario difícilmente se atrevería a atacar a un hombre, pero... uno nunca sabe.

Regresaba del auto cuando a contraluz de la tienda iluminada lo vio. El pelo hirsuto del lomo lo hacía parecer bastante más corpulento que un coyote. Con la testa baja avanzaba velozmente hacia él. Incrédulo, desenfundó el cuchillo. Las patas delanteras del animal golpearon su pecho. El ímpetu del ataque lo derribó de espaldas. Su antebrazo izquierdo, con el que se protegía la cara, quedó dentro de las fauces de la bestia. Al mismo tiempo, el cuchillo penetraba el cuerpo de la fiera obligándola a lanzar un terrible gañido. Durante la caída, el hombre pareció escuchar más aullidos y pensó que tal vez sería una manada...

Un dolor de cabeza fue lo primero que sintió al despertar, ayudado por los ladridos de unos perros. Su nublada visión empezó a aclararse y a la luz de una aurora filtrada por el bosque, se vio rodeado por un grupo de indígenas que, armados con escopetas, lo miraban con curiosidad. Haciendo un esfuerzo se incorporó un poco y preguntó que había pasado, pero antes de recibir contestación pudo ver, a escasos tres metros de él, el cadáver desnudo y ensangrentado de un indígena. Uno de los del grupo se adelantó y le dijo, en defectuoso castellano, que su gente le daba las gracias por haber matado a ese individuo, que ya debía muchas vidas en la región. El hombre, sobresaltado, contestó que él no había matado a ninguna persona. Que se había defendido de un coyote muy grande que lo había atacado ahí en su campamento. Le contestaron que no era coyote, que era un lobo. Un animal feroz en el que se convertía aquel sujeto. Que era un nagual.

Los hombres armados y sus perros se retiraron por donde habían venido, cargando sobre un asno el cadáver del nagual. El hombre, a toda prisa, se curó como pudo la tremenda mordida en el brazo, la vendó, desmanteló su campamento, subió al vehículo y se fue, con la cabeza hecha un barullo, para no volver jamás.

martes, 1 de junio de 2010

EN LA TORRE



Nadie, que yo sepa, se había atrevido hasta ahora a comentar tan extraordinario acontecimiento, por las razones que el lector podrá inferir conforme consuma estos renglones. Todo sucedió por el año de 1732, al final de las obras de la Catedral de Puebla.
Jacinto de Jesús, peón alarife ducho en el oficio de la construcción, había trabajado duro durante toda la semana armando andamios y colocando poleas y esa noche de sábado descansaba. Sus miembros, fuertes y resistentes como vigas, pedían a gritos descanso y relajación; su mente, ocupada de ordinario en no sé qué menesteres, disfrutaba ahora de un periodo en blanco por el efecto plácido y sedante de dos catrinas de tlachique que se había colocado entre pecho y espalda. Finalmente su cuerpo cedió y se quedó dormido encuclillado bajo su sombrero, recargado en un muro de la obra.
Serían las dos de la madrugada cuando un zumbido suave, parecido al de un enjambre de abejas, junto con una picazón extraña en todo el cuerpo, le despertó sobresaltado. Extrañado de que las abejas volaran de noche, alzó la cabeza y ahí, flotando en el aire con un ligero movimiento de vaivén, pudo ver un "gran farol redondo" cuya luz se proyectaba hasta el suelo formando un círculo que se desplazaba lentamente. Luego se detuvo sobre el andamiaje de la obra. La luz se intensificó y el zumbido también por unos instantes. Después, así como apareció, la luz se apagó. Para Jacinto aquello fue suficiente y haciendo gala de equilibrio pegó la carrera y no paró de santiguarse hasta llegar a su casa, unas calles al Oriente, prometiendo en el camino jamás tomar de nuevo ese maldito neutle.
La ciudad despertó el domingo temprano estrenando el tañido de una gran campana, llamada María, que se manifestaba sonora en la torre Norte de la Catedral.
Si no le vamos a creer al buen Jacinto de Jesús, es natural. Tampoco el obispo le creyó, pero su secretario lo asentó en autos. Yo encontré ese documento hace unos días en un rincón discreto de la Biblioteca Palafoxiana, perdido entre otros legajos del siglo XVIII. No les digo que vayan y lo busquen, porque ayer que fui, pues ya no estaba.