Al Dr. Edgar Cárdenas R.
Con afecto.

Mientras estás sano, todo parece marchar de maravilla, pero ¿qué pasa cuando esa salud se deteriora y requiere de atención? Pues que se presentan una serie de pérdidas temporales más importantes que el costo económico. La forma más eficaz para percibir esto, se da cuando te debes internar en un sanatorio para una intervención quirúrgica. ¿Qué es lo primero que se pierde? ¡La libertad! De entrada te colocan el equivalente a un "blackberry" en la forma de una bolsa de suero. Estás frito. Ya no podrás deambular por ahí a menos que vayas arrastrando contigo la percha del suero como si fueras en una procesión. Cuando te llevan en camilla a los quirófanos, todo mundo parece saber tu destino, menos tú. Te conviertes en un objeto. En un mueble más del hospital. Llegando ahí, el mundo exterior desaparece y te encuentras sumergido en un planeta lleno de aparatos extraños y lo único que se te ocurre es que todos son para hacerte algo. Enderezas la cabeza, si puedes, y logras tener un atisbo de lo que te espera. Cuerpos humanos en posturas de exposición total, inermes y resignados. Es impactante la visión de esa especie de línea de montaje. Ya dentro, un rostro embozado se presenta muy educado como tu anestesista, seguro de que después no podrás reconocerlo. Es lo último que recordarás.
Después de varias horas, has sido intervenido. Recuperas la conciencia y te das cuenta de que, al menos por el momento, ya la libraste. Te llevan de regreso a tu cuarto y te pasan, con una hábil maniobra de estiba, a tu cama. Ahí te das cuenta de que llevas colgando una tripa que antes no tenías. No te sientes mal, pero tampoco te sientes bien. No te engañes, no es que no te duela, es que todavía no se te pasa la anestesia. Es aquí donde empieza la segunda parte, donde se añade a la pérdida de la libertad, el proceso de recuperación con la presencia del dolor que va y que viene dependiendo de los analgésicos.
Cuando estás acostumbrado a que nadie decide por ti y eres el soberano dueño de tu voluntad y de tus movimientos, esta etapa es durísima. Cediste los derechos de decidir qué es lo mejor para ti y ahora aceptas sumiso que te indiquen lo que debes hacer, por tu bien.
La Libertad y el Dolor, así con mayúsculas, son el precio que se debe pagar por recuperar ese extraordinario tesoro que es la Salud. Me encuentro en medio de esa etapa. Llevo doce días de operado y, aunque parece haber sido un mal sueño, ciertas pequeñas molestias, la reclusión en casa y las limitantes a mi actividad, me recuerdan que la salud es gratuita mientras no la pierdas y que recuperarla es muy, muy costoso, porque la pagas con tu libertad y tu dolor.