martes, 7 de enero de 2014

EL ROCKY

Llegó una vez al medio día. Estaba echado en el pasto de la banqueta cuando llegué a comer. No sabría decir si era blanco con café o café con blanco. De raza indefinida, lleno de dignidad, tenía la nobleza de su especie. Nunca hizo payasadas. Era un perro serio hasta cuando movía la cola. Su mirada reflejaba experiencia y autoconfianza. Nada lo asustaba. Sabía que era simpático por naturaleza y nunca se esforzó por agradar a nadie. Quizá su mejor carta era su estatura. Era chaparrito, chaparrito. Fuerte y bien formado, sus breves patas parecían prestadas de otro perro.
    Al día siguiente, mi esposa le dio de comer pues amaneció en el quicio de la puerta interior. La reja no lo detuvo. De inmediato evidenció su carácter autónomo, pues en tres días de exploración declaró como suya toda la calle. Se autonombró guardián y reconocía a todos los vecinos, sobre todo a los que también le daban de comer. Sus ladridos se escuchaban cuando alguien desconocido pasaba o se detenía frente a alguna de las rejas. Era el comité de recepción al llegar a casa y de su garganta salían gemidos de emoción. Mis hijos decidieron que tenía cara de Rocky. Pronto respondió a su nombre y por derecho propio fue declarado el perro de la cuadra.
    Un día, mi esposa decidió bañarlo y preparó todo en el prado de la entrada. Pensábamos que iba a ser una bronca. Lo agarré y sin decirle nada, lo deposité despacio dentro de la tina. El agua lo fue mojando y el shampoo empezó su trabajo. Lo increíble: no se movió. Vino el enjuague y fuera de la tina la toalla lo secó. Se veía bonito. Sus colores se avivaron y parecía que estaba estrenando pelo. Lo solté. Se sacudió con energía, estornudó y salió disparado a través de la reja. Cruzó la calle y se metió en el terreno baldío de enfrente donde en un montón de tierra terminó su proceso de secado revolcándose a placer. Bueno, al menos ya no tenía pulgas.

    Cierto sábado fuimos a visitar a mis padres que vivían varias calles arriba. Decidimos ir caminando y ¿quién creen que fue con nosotros? Pues sí, el Rocky. Llegamos a la casa y sin más, declaró a mis viejos como su propiedad. Se echó en el jardincillo de la entrada y ahí se quedó dormitando. Les platicamos la breve historia del Rocky y llegó la hora de irnos. El Rocky nos miró impasible. Lo llamamos y nos ignoró olímpicamente. Así como llegó con nosotros, se quedó a vivir en la calle de mis padres y también se adueñó de ella y de los vecinos. Los de la casa de junto, señores mayores de origen norteamericano, se encariñaron con él y él se encariñó con ellos. Debe haber tenido unos cinco o seis años, cuando los ancianos gringos partieron no sé a dónde. Se fue con ellos. Llevaba una placa con su nombre colgando del collar.