martes, 14 de mayo de 2013

MANTENIMIENTO

Hace muchos años me dieron un vehículo para que lo usara a mi criterio. Tal vez merecía uno más poderoso, deportivo o de lujo, pero no me quejo. Me ha dado excelente rendimiento en kilometraje y prestaciones. Resultó hecho para durar. Su carrocería está intacta y como lo he cuidado bien, todas sus partes son originales. Nada se le ha roto. Claro que con el uso se ha ido gastando y ha requerido entrar algunas veces al taller para ciertas reparaciones y sus respectivos mantenimientos, pero ahí sigue. Arranca a la primera todas las mañanas, jala muy bien y da lo que se espera de él. Es una maravilla.
    Sin embargo, hace unos días caí en la cuenta de que ya no es nuevo. Aunque todo le funciona, su desempeño empieza a sentirse un poco lento. Es menos brioso y ya no corre como antes, pero sigue caminando tan bien como el que más. Confiable y económico, me lleva a todas partes con seguridad. Es noble, aguantador y nunca me ha dejado tirado, pero debo admitir que ya es viejo. Él y yo hemos compartido aventuras sin fin. Experiencias fantásticas repletas de aprendizaje. Odiseas increíbles y vivencias intensas. Nunca quise llevarlo hasta el límite, aunque sabía que podía, para no agotar prematuramente sus capacidades. Tenía que durarme en buenas condiciones, toda la vida. La adrenalina no es buena consejera aunque pueda ser emocionante. Lo he manejado por más de setenta años y me he encariñado tanto con él, que no lo voy a abandonar ahora que requiere más cuidados. Seguiremos marchando juntos mientras todo le funcione. Mientras tanto, lo trato bien y lo tengo en buenas condiciones. Es el único que tengo.