Con paso lento, directo a alguna parte donde nadie lo espera, arrastra un costal medio cargado de basura. Ese costal debe ser eterno, pensé, pues desde que lo conozco es el mismo y siempre lo lleva arrastrando. No se mira muy pesado. ¿Por qué no lo cargará? Quizá escuchó alguna vez esa frase de "arrastrando su miseria" y desea ser congruente. Sucio de años, el cabello cano muy crecido y desordenado asoma bajo las alas de un sombrero deslavado. Sus facciones se ocultan tras una larga barba tan descuidada como el cabello. La cara se reduce a una prominencia aguileña en donde normalmente va la nariz, a cuyos costados brillan por momentos unos diminutos e inexpresivos ojos negros. Su traje remendado, que debió ser de alguien más grande, ha tomado el color del pavimento. No lleva camisa y ciñe los pantalones con un trozo de mecate. ¿Qué hará? Es decir ¿En qué ocupará su tiempo? ¿Dónde dormirá? ¿A dónde va y de dónde viene? ¿Tendrá familia?
Junto a mí, mi padre también lo observaba y le comenté ¡Pobre diablo! ¿no? Mi padre, haciendo un gesto muy suyo me dijo: Diablo, tal vez, pero pobre... No. ¿Cómo es eso? le pregunté. Ese hombre tiene más dinero del que te imaginas. Es dueño de varias casas y edificios de departamentos. Perdió la razón hace unos veinte años con motivo de la muerte de su familia en un incendio doméstico. Los abogados que le administran sus bienes lo internaron en un asilo donde la pasaba bien, pero escapó varias veces hasta que finalmente dejaron que anduviera donde le diera la gana. Ahí le dan comida que se lleva y nadie sabe dónde se la come. Dicen que duerme en un lote baldío. No le hace daño a nadie y cuando muera, su dinero irá a parar a la beneficencia pública.
Anonadado por la revelación, me quedé pensando en dónde radica la riqueza, o más bien, el sentido de la riqueza. Deduje que la riqueza es tan sólo un estado de abundancia mental. La miseria es entonces un estado de carencia de la misma clase.
