Al día siguiente de haberse enrolado, empezaron las operaciones. Cuando recibió su uniforme y equipo, el jefe se le quedó mirando. Medía un metro ochenta y cinco de escuálida estatura. Fue nombrado abanderado. Se imaginó firme y gallardo en su puesto, a la vanguardia de la brigada, empuñando la bandera y ondeándola de lado a lado. Se le dijo que él estaría al frente de los hombres, dándole la cara al peligro. Se sintió heroico y realizado. Era un puesto de responsabilidad. Bastaría que lo vieran con la bandera para darse cuenta de que ahí había gente que estaba jugándose la vida. Le entregaron también un equipo de radiocomunicación para modificar las posiciones según el desarrollo de las maniobras. Estaría con la bandera en alto, cien metros por delante de los hombres, para garantizar que todos los vehículos que transitaran por la carretera, disminuyeran la velocidad antes de entrar en la zona de reparaciones.
