Los terribles Gromleks le perseguían a corta distancia. Casi podía ver el brillo demoníaco de sus ojos a la luz de las lunas de Breón. Siguió trepando el risco y calculó que aún le faltaba un buen trecho para llegar a la meseta. Si lograba ancanzarla le sería posible poner distancia de por medio entre él y sus perseguidores. Sus piernas largas le darían una ventaja considerable en terreno llano, donde con un buen tranco podría dejarlos con tres palmos de narices. El peso en el morral le indicaba que conservaba con él su valiosa conquista pero era un lastre que le consumía gran parte de sus energías. Llegó donde las rocas eran menos verticales y finalmente se extendía la llanura. Fue ahi donde una flecha lo alcanzó. Herido, avanzó largo rato tratando de conservar el paso hasta que agotado, cayó al suelo. Se incorporó con gran dificultad y trató de ver si lo seguían. No vio a nadie. Los reflejos de sus corazas hubieran delatado su presencia. Descansaría un poco. Quizá hasta dormiría.
Un ruido lo sobresaltó cuando dormitaba. Despertó sin saber de momento dónde se encontraba. Vio el morral y recordó todo. Trató de incorporarse mas no pudo. El dolor de la herida se agudizó y se le nubló la vista. Alcanzó a distinguir unas siluetas que se aproximaban y un instante después falleció.
Tres debos atrás, la aldea Harussi había sufrido el ataque de los Gromleks y no pudieron hacer nada para defenderse de sus armas de metal. En aquellas primeras incursiones, las flechas de los aldeanos, con puntas de sílex, se rompían en sus corazas sin hacerles daño. Desde entonces, llegaban sin aviso y no hacían carnicería por la conveniencia de tener vasallos que cultivaran la tierra. Robaban sus cosechas dejándoles apenas para subsistir. Más valía no herir a alguno de los Gromleks porque éstos tomaban rehenes, se los llevaban y no se les volvía a ver. Desde entonces, los Harussi ya no se defendían y pagaban mansamente el tributo demandado, tanto en granos como en esclavos.
Los Gromleks vivían en el fondo de un enorme cráter cuyos empinados bordes servían como muralla natural. Arriesgadas incursiones de los Harussi habían logrado ver en el interior del cráter los fuegos de los Gromleks, encendidos día y noche. Fue una de esas noches, cuando el esclavo malherido que acababa de escapar, fue hallado por los expedicionarios de Harussi. Herido de muerte, le encontraron un envoltorio de piel que los exploradores llevaron a la aldea. Ahí, reunidos en consejo, desataron el paquete. Contenía una daga y una piedra, ambos de color gris. En la piel del envoltorio estaba grabado con figuras un proceso de fabricación. Saltaba a la vista que tanto la daga como la piedra eran del mismo material. El consejo de la aldea decidió que diariamente saliera un grupo de exploradores al anochecer, fuera hasta los bordes del cráter y a la luz de las lunas recogiera una buena cantidad de esas extrañas piedras y las llevara hasta la aldea. Alrededor del cráter habia ingentes cantidades de ellas. En la aldea, los artesanos se devanaban los sesos tratando de interpretar los grabados en la piel y hacían pruebas y pruebas hasta que un buen día lograron fundir aquellas piedras y moldearon puntas de lanza, espadas cortas y puntas de flecha.
Llegó la temporada de cosecha y los rebosantes graneros de Harussi premiaban sus esfuerzos. Alguien dio la voz de alarma. Las mujeres y los niños corrieron a ocultarse dentro de sus casas y un puñado de ancianos salió a la explanada central de la aldea. Un contingente de unos veinte Gromleks se aproximaba fuertemente armado. Venían a cobrar el tributo. Al llegar a la explanada el mayor de los ancianos les marcó el alto. Se detuvieron expectantes y desconcertados. El anciano alzó la voz y les dijo que lo único que encontrarían en Harussi sería la muerte si no se retiraban. Al escuchar esto, los Gromleks arremetieron contra el grupo de ancianos. No habían dado ni dos pasos cuando una andanada de flechas cayó sobre ellos. Las corazas fueron perforadas y muchos cayeron muertos o heridos. Una cantidad de lanzas dió en tierra con otros más. Finalmente los restantes fueron masacrados con la espada. No quedó uno solo vivo. Harussi, allá en Breón el de las dos lunas, había entrado en la Edad del Hierro.
