
Ese domingo parecía ser el día más caliente del verano. De nada le había servido estar ligero de ropa. El sol ardiente quemaba como nunca. Su casa, en aquel barrio a las orillas del pueblo sólo le proporcionaba un poco de sombra porque los muros, generalmente frescos, también estaban calientes y no soplaba la mínima brisa. Había tomado agua como náufrago pero el calor y la sed ya le resultaban insoportables. Decidió ir al centro de la población. Desgraciadamente, para hacerlo debería cruzar por el barrio de "los pelones", un grupo de ociosos malandrines de su misma edad que eran el terror del rumbo y de la escuela. La sed resultó más fuerte que el temor y se encaminó, por el lado sombreado de la calle rumbo a la tienda. Tuvo suerte. Llegó sin que ningún pelón apareciera.
El sol seguía en su apogeo cuando salió de ahí de regreso a casa con una bolsa de plástico en la mano. Una calle adelante los vio. Ahí estaban los condenados pelones. Lentamente se detuvo y caminando de espaldas llegó a la esquina que acababa de cruzar y tomó por la derecha. No sabía si lo habían visto pero por si acaso, corrió durante dos cuadras antes de doblar a la izquierda en la siguiente esquina sólo para toparse con uno de ellos. Este dio la voz de alarma con su característico silbido y un tropel de pelones apareció en la bocacalle comenzando una persecución espectacular. A pesar del calor, corrió como nunca tratando de darles el esquinazo. Las calles del pueblo se acabaron y cruzó por polvorientos terrenos baldíos y bardas de cactus dando un rodeo enorme. Sin aliento, se animó a voltear la cabeza para ver si lo seguían... Nadie... Se encaminó a su casa y llegó a ésta incrédulo de su buena suerte. Se dirigió a su cuarto y recuperado el aliento y secado el sudor, abrió la bolsa, metió la mano y sacó un palito chorreante que hacía tan sólo unos minutos, había sido una paleta helada de limón.