
Hace casi siete años que lo conocí. Me encontraba por allá en aquella parte pegada a la loma del norte junto al camino de la arboleda.Terminaba la jornada y al llegar al final de un surco, a un lado de la zanja de riego, lo vi venir por el camino. Caminaba despacio como si estuviera muy cansado, pidiéndole permiso a un pie para mover el otro. Seguí arreglando los arneses de las mulas. Cuando estuvo cerca se me quedó mirando sin decir palabra. Me sentí un poco inquieto pero lo saludé. No me habló pero me contestó con un ligero ademán que me tranquilizó un poco. Di media vuelta con la yunta y me alejé formando un nuevo surco y sintiendo su mirada clavada en mi nuca. Regresé nuevamente y ahí estaba, observándome. Pronto me acostumbré a su presencia.
Saqué la yunta hasta el camino. Luego desenganché los animales; estaba cargando el arado y los balancines sobre las mulas cuando lo vi tras de mí. Observaba atentamente todos mis movimientos. ¡Vamos a descansar! le dije sin voltear a verlo mientras ataba los nudos. No me contestó. Luego le pregunté de dónde venía y nada. Tal vez es sordo, pensé. Y se me ocurrió cómo averiguarlo. En la bolsa del itacate llevaba como siempre mi vieja pistola, así que la saqué disimuladamente, rodee las mulas, le di la espalda pero sin dejar de verlo y disparé un tiro al suelo. Su reacción fue instantánea pues brincó y se puso a parpadear rápidamente. No era sordo ni mucho menos, solo que mis mulas tampoco lo eran y pegaron la carrera aventando patadas rumbo a la casa. Me quedé a solas con el extraño, con la pistola en la mano. La guardé en la cintura bajo la camisa y ya enojado me le enfrenté.
-Ya sé que no eres sordo y quisiera saber por qué demonios no me hablas. Eres mudo o qué...
-¡...!
-¿No sabes hablar?
-¿...?
-¡Está bueno! Eres mudo. ¡Entonces hazme señas! A ver... Yo - dije señalándome - An-sel-mo.
-¡¿...?!
-¡Mecachis! ¿Qué no me entiendes? ¡Yo, Anselmo! - y entonces, con una voz reseca y gruesa, como con lengua de trapo, como de resuello, me dijo:
-Si-de-rio - señalándose a sí mismo.
-Ajá, ¿Conque te llamas Siderio eh?-noté un cambio de expresión en su cara de palo. - Bueno, no te pregunto de donde eres porque sé que no me vas a contestar, pero déjame ver... - y haciendo el ademán de llevarme algo a la boca le pregunté ¿Tienes hambre? Claro que tampoco me contestó pero me dio la impresión de que había entendido así que le hice señas para que me siguiera. Llegó a la casa largo rato después que yo. La tía Josefa, que se había hecho cargo de la casa desde que mi mujer falleció cuando iba a tener nuestro primer hijo, había ya preparado una buena cena y como siempre, había comida de más para quien llegara. Me lavé para cenar bajo la mirada pendiente de Siderio que parecía no perder detalle de todos mis movimientos ¡Qué fijao era! Se lavó también y cuando me vio frotarme las manos al ver el plato que me servía la tía Josefa, él hizo lo mismo. Lo que le costó un poco de trabajo fue aprender a hacer un taco, ¡A enrollar la tortilla pues! La tía Josefa me preguntó discretamente quién era y yo le dije que era un peón que encontré en el campo, que era mudo, que tal vez estaba perdido y que a la mejor se quedaba a trabajar en el rancho.
Unos días después fui a la troje, seguido por Siderio, para escoger la semilla que iba a sembrar. Era buen maíz, la tierra también era buena, pero pos quien sabe por qué aún con abono y todo eso, las cosechas no eran la gran cosa y si además helaba, pos ahí se acababa todo.
-Mira Siderio -le dije- éste es el maíz que vamos a sembrar y tomando un puñado se lo mostré. De aquí saldrá para comer y para vender, a ver si este año se me hace porque si no, pos quién sabe que irá a pasar.
Siderio tomó también un puñado de maíz y lo estuvo mirando largo rato como si nunca lo hubiera visto. Después lo olió y luego lo probó. En ese momento me pareció que sonreía. Como pa'entonces ya sabíamos que estaba medio loquito, pos no nos extrañó nadita que aquella noche se fuera a dormir a la troje. Al otro día salió de allí todo blanco, lleno hasta los pelos del tamo del maíz, como si hubiera estado enterrándose en él como yo cuando era chamaco. Le di un ayate con semilla y una pala. Yo cargué con el mío y me eché la pala al hombro. Vi de reojo que Siderio hacía lo mismo.
Nos fuimos caminando hasta la zanja de riego y agarrando un surco, empecé a sembrar. Siderio me observó hacer y de inmediato agarró un surco por su cuenta. Sus movimientos aunque lentos, no eran torpes y pronto sembraba combinando los golpes de pala, las semillas de cada sembrada y la tapada con el pie como el mejor sembrador. Horas después, cuando terminamos, yo estaba feliz y en la cara de Siderio había una amplia sonrisa.
En los días que siguieron, varias veces fuimos al pueblo en el carretón y en el changarro de Don Isauro, unos conocidos del pueblo me preguntaron quién era el nuevo peón. Que de dónde había venido. Yo les contestaba que había llegao solo y como era mudo, no sabía nada de él, pero que era bueno en la labor.
Pa'no hacer el cuento largo, el trabajo se hacía casi en la mitad del tiempo con la ayuda de Siderio; reparamos el establo, el gallinero, la pocilga y remozamos la casa. Siderio había aprendido a la perfección y ya era todo un agricultor cuando levantamos la primera cosecha. ¡Qué cosecha! ¡Un cosechón! Jamás había visto por ahí maíz tan hermoso. De cada grano sembrado se levantó una caña con mazorcas grandes y sanas de modo que tuve que contratar peones pues Siderio y yo no podíamos con todo. Llené mis trojes hasta el tope y vendí las cargas excedentes con buena utilidad, pues según recuerdo, aquel fue un año malo para los demás agricultores de la región. De ahí compré el primer tractor con todos sus implementos y pal'año siguiente ya tenía dos. Luego compramos un molino para nixtamal y se lo rentamos a un amigo del pueblo para que lo trabajara. Siderio se hacía cargo del trabajo en mi ausencia y pa' ser sincero, siento que le debo mucho, pos la finca, los silos, los tractores y todo el equipo, a lo mejor no los tuviera de no haber sido por él. No tengo muchas tierras pero produzco más por hectárea que todos mis vecinos juntos y por acá, mi rancho es conocido como "el del mudo Siderio". Claro que no faltaron los rancheros curiosos que veían con cierta envidia la generosidad de mis tierras. Decidí curarme en salud y compartir con ellos mi buena fortuna. Los invité a probar suerte con mi semilla ya que ellos pensaban que a eso se debían mis cosechas. Llegamos a un acuerdo en lo del precio y acepté también rentarles los tractores... y los servicios de Siderio, que era un experto en su manejo.
Las épocas duras quedaron atrás y el rancho marcha casi solo. Lo único que tengo que lamentar sucedió aquella noche cuando estábamos disfrutando de una sabrosa elotada en el patio central de la finca con algunos amigos. No sé cómo lo averiguaron pero lo encontraron. Eran tres y vestían de blanco, como Siderio el día que lo conocí. Traían un papel con sellos que yo no quise leer. Cuando los vi, Siderio venía entre ellos y me miraba con la misma cara impasible de siempre. No lo llevaban a la fuerza como según sé se llevan a los locos. Más bien él se iba con ellos y casi parecía conocerlos. De nada sirvieron mis súplicas, ni el dinero que les ofrecí, ni nada. Se fue.
Se llamaba Siderio, sí, o al menos eso me dijo la única vez que habló.