Se habían conocido en Florencia hacía unos tres años, cuando él tomaba apuntes para un proyecto arquitectónico. Su reencuentro en Viena había sido casual e inverosímil. Ahora llevaban un mes viviendo juntos en ese piso de la Holbeingasse. Katina era originaria de la Toscana y tenía los atributos físicos de la mujer latina combinados con un temperamento extrovertido y explosivo. Lawrence era un clásico sajón cuya manía inveterada por el orden y la organización chocaba definitivamente con la displicencia y el desenfado de Katina. Esa mañana, mientras acomodaba los materiales en su escritorio, dando lo que él llamaba "su espacio vital" a cada elemento en la superficie, colocaba la taza de café perfectamente equidistante entre la laptop, un block de apuntes y un pisapapeles, cuando se presentó Katina con su paso ondulante y tan desnuda como acostumbraba andar por el departamento. El conservó la ecuanimidad y continuó en lo suyo. Ella se dio por enterada de que no iba a lograr nada en ese momento. Volvió a la alcoba y al poco rato regresó vestida para la calle. Se despidió desde la puerta y salió. Sólo para comprobar, él se dirigió a la recámara, abrió la puerta y efectivamente, la cama deshecha y las prendas de Katina esparcidas por la habitación, atestiguaban una vez más que aquel femenino vendaval había pasado por ahí. Despacio, con paciencia y tranquilidad empezó a poner todo en orden. Mientras tanto, su mente ponía en la báscula los pros y los contras de convivir con ese bello torbellino que parecía querer comerse y beberse la vida a grandes tragos y consumirla sin dejar rastro de ella, pero con un estilo y maneras de gourmet. En la cama, un preludio con deshabillé tan informal como incitante la convertía en la entrada del banquete. Parecía la imagen salida del pincel de un Manet erotizado. Después el plato fuerte que combinaba el gusto delicado con un sazón intenso, tan jugoso y concentrado como una maja de Goya. Culminaba el tríptico al estilo Modigliani con un postre cremoso, suave y dulce que en oleadas de vértigo se iba disolviendo entre sus piernas. No sabía cuál de los tiempos disfrutaba más y había intentado diferentes pautas de evaluación, sin encontrar una combinación superior a cualquier otra. Una vez más, llegaba a la conclusión de siempre: cada tiempo tenía su propio valor, su particular ingrediente de expresión, su magia y su dosis de lascivia. Recogió el sostén, la tanga y el baby doll. Abrió la ventana, sacudió las sábanas, tendió la cama, contempló el orden y satisfecho, dejó todo dispuesto para el siguiente menú de degustación.
