
DESAYUNO
El sol todavía no salía cuando desperté. Me desperecé con un gran bostezo e incorporándome estiré mis miembros para desentumecerlos pues la noche había sido algo fría; salí al patio y comprobé que no había nadie, pero no sería por mucho tiempo, pues cuando saliera el sol aparecería aquella buena anciana a lavar a cubetadas el piso. En el cubo del zaguán me detuve a observar la calle que despertaba. Ahí viene el señor aquel del carrito con su anafre a bordo y el bote vaporizante repleto de tamales. Tiene, como todos los días, una cita con la señora de la mesa, los banquitos y por supuesto también el anafre de carbón y la olla del atole. Esta rutina se ha venido repitiendo desde que tengo memoria. En un santiamén y con la precisión de un ritual, la señora pone sobre la mesa el mantel de plástico y acomoda en un huacal los jarros para servir el atole, luego pone la olla sobre los tizones, atiza con el soplador y corre a llenar una cubeta con agua de la llave de la vecindad de junto, para lavar los jarros utilizados por los clientes. El señor de los tamales tiene un ritual más simple; llega, estaciona el carrito junto a la mesa y coloca un cajón de madera donde pone una pila de papel para envolver la mercancía o servirla en la mesa. La clientela, cual si hubiera un acuerdo, aparece en cuanto el tinglado esta listo. Aquí llega uno caminando encogido y con las manos en los bolsillos, temblando de frío. Por acá, como una exhalación aparece un jovenazo en bicicleta haciendo un pedido urgente. Desde la esquina se aproxima una pareja de ancianos a una velocidad tal que si no se apresuran se quedarán sin tamales. Cruzando el arroyo, el señor que pone el puesto de ropa se acerca frotándose las manos, no sé si de frío o de antojo o de ambas cosas. Y aquí llega mi cliente favorito, crudo como casi todos los días, con los ojos tan enrojecidos como su nariz boluda y el pulso tan tembloroso que cuando saca el paliacate para sonarse parece que esta despidiendo a alguien. Todo mundo le saca la vuelta a este buen señor pues se le puede detectar a dos cuadras de distancia por su aromático bouquet de alcohol y orines. En fin, la clientela es muy variada y llena de matices. Los hay neutrales ante mi presencia como si yo no existiera; también los hay tan generosos y simpáticos que hasta me invitan a desayunar y desde luego no falta el que con odio gratuito me dice que me vaya. Sin embargo, el promedio resulta favorable y yo la paso realmente bien. A fin de cuentas, siempre según las circunstancias, me queda el irrenunciable y ancestral derecho a decidir si muevo o no la cola.