jueves, 19 de febrero de 2009




LA IGNORANTE CERTIDUMBRE DE UNA INEXISTENCIA




A manera de ensayo (de alguna manera he de llamarlo), me declaro en el centro preciso del círculo de la ineptitud. Desde este punto de vista euclidiano, puedo erigirme en gran observador de mi propia circunstancia desde dentro hacia afuera. La verdad, me resulta muy difícil imaginarme en la circunferencia, ya que como punto puedo encontrarme nada más en un solo lugar y no en toda ella. Pero, esperen. En este momento me declaro omnipresente y me ubico simultáneamente en la circunferencia toda, mirando a la completa magnitud del círculo y ¿Qué veo? Todo y nada al mismo tiempo. De hecho, éste se detiene y toda relación desaparece; ni se va ni se viene, sólo se esta ahí. El movimiento (si es que lo hay) es tan rápido que permanece inmóvil a los ojos del expectador y no se ve principio ni final. Ahora, ¡Lo pinto de rojo! y toda la superficie se mira de ese color... Ahora deseo que el círculo sea infinito y éste se expande como una membrana inconmensurable que parte en dos al Ser con un diafragma rojo tan grande como él mismo. No obstante, tan impactante magnificencia no me proporciona ningún placer y decido volver todo a su situación original y así se hace. El círculo de la ineptitud, que aún conserva el color rojo, es captado perfectamente por mis ojos; luego regreso al centro abandonando la circunferencia y me encuentro exactamente como al principio. Satisfecho, empiezo a girar observando la accesible finitud de mi entorno y me siento a gusto. Todo bajo control. Ahora me retiro pues es hora de cenar; si todo lo ven rojo, no se preocupen, antes de acostarme dejaré todo como estaba. ¡Buenas noches!