martes, 21 de julio de 2009




EL ANIMAL


La niebla nocturna se abatía sobre el pequeño valle al descender de las elevaciones circundantes y tomaba en silencioso asalto las callejuelas del poblado. La tenue luz que se filtraba a través de algunas ventanas dejaba ver que no todo mundo dormía. Por acá se dejaban escuchar voces festivas seguramente motivadas por el licor y más adelante un llanto infantil se abría paso entre la niebla pero no dejaba adivinar su origen. Sin embargo, faltaba poco para que todo se sumiera en el silencio mientras una luna en cuarto creciente iluminaba tímidamente el velo de niebla que lentamente se tragaba, una por una, las casas de la aldea.

Un resplandor amarillento y tembloroso se aproximó a una encrucijada e instantes después, una antorcha apareció en la esquina, sostenida por la mano en alto de un hombre que embozado en un zarape, cubría su cabeza con un sombrero de anchas alas y su paso decidido daba la impresión de saber a dónde iba; a grandes zancadas cruzó el arroyo y desapareció calle abajo... parecía tener prisa. Poco después la tenue luz de la antorcha pareció detenerse; durante unos segundos parpadeó indecisa y terminó por apagarse al mismo tiempo que se desataba un infernal coro de ladridos y escalofriantes aullidos que se prolongó por un rato hasta que se fue calmando el alboroto de los perros del vecindario.


Martín, el hijo mayor de los González, una de las familias más viejas de la aldea había llegado de vacaciones al terruño después de un semestre de estudios en una universidad de la capital del estado, donde cursaba estudios de paleontología. Su afición por los "huesos viejos", como les llamaba su padre, le venía de tiempo atrás cuando en sus andanzas por los montes de la región halló, entre los escombros de un cerro desgajado por las lluvias, las partes de un esqueleto fosilizado que parecía corresponder a un animal que habitó la región millones de años atrás. Martín se volvió famoso entre la gente del pueblo cuando emocionado guió a los científicos de la universidad estatal hasta el lugar del hallazgo. Tiempo después, recibió la noticia de que el esqueleto en cuestión pertenecía a una especie desconocida de carnosaurio que ahora sería llamada Raptor Martinensis en honor de él, su descubridor. Eso y la promesa posterior del rector de la facultad de otorgarle una beca para estudiar allá, fueron los acicates que lo impulsaron a terminar sus estudios preparatorios y finalmente aplicar para la beca, la que ganó sin muchas dificultades. La familia González vivía cómodamente pero sin lujos en la cercana población de Huetlayocan, pero gustaba de pasar varias semanas al año en la aldea de sus orígenes, donde sin luz eléctrica y sólo un pozo para abastecerse de agua, parecían encontrar la paz en la contemplación del lomerío cuyas laderas cubiertas de vegetación ocultaban a la vista su mayor tesoro: el cafetal.

Ese día, la mañana encontró a Martín desayunando a la luz de una vela cuando un rumor de voces se dejó escuchar y luego fuertes golpes llamaron a la puerta. Martín se levantó de la mesa y fue a abrir para encontrarse con un grupo de madrugadores vecinos cuyos semblantes alterados le decían que algo malo había pasado.

- Martín, ven Martín, ven a ver esto - exclamó una señora de edad, cubierta la cabeza canosa con un rebozo al tiempo que tiraba de su brazo - ¡mira nada más qué horror!

A escasos cincuenta metros, una mujer sollozaba ahogadamente sobre el cuerpo de un hombre que, tendido boca abajo sobre el húmedo empedrado de la calle, mostraba el brazo derecho ensangrentado y la manga de la camisa desgarrada; la pierna izquierda en similares condiciones y lo más impresionante, el cuello destrozado presentaba profundas heridas. Bajo el cuerpo y escurriendo calle abajo, sangre coagulada rodeaba cada piedra como si temiera mancharlas por encima; a su lado, una antorcha apagada atestiguaba la soledad de su muerte.

Esa noche en el velorio, Martín y los vecinos comentaban sobre qué clase de bestia podría haber hecho tal destrozo; hacía muchos años que por el rumbo ya no quedaban pumas y si acaso los hubiera, ya no bajaban del monte pues habían aprendido lo que era aquel estampido y el olor a pólvora de las escopetas de los lugareños entre los cuales había muy buenos cazadores. De cualquier manera, todo lo que decían no pasaba de meras conjeturas, que si los lobos, que si los coyotes y hubo quien aventurara la posibilidad de que algún nagual anduviera suelto por ahí con espíritu de venganza. Los temores ancestrales empezaron a aflorar y al calor del café con "piquete" salieron a la luz historias increíbles que los narradores juraban haber vivido o conocido de buena fuente. Martín, conocedor de la increíble fantasía de sus paisanos, escuchaba atentamente los relatos donde los personajes variaban desde brujas, duendes y naguales, hasta el mismísimo Satanás, disputándose el papel protagónico de las historias. Obviamente, la objetividad brillaba por su ausencia. Sin embargo, la mente de Martín hacía viajes de ida y vuelta entre las narraciones y la vívida imagen, que quedó grabada en su memoria, del cuerpo del infortunado vecino. Un recuerdo que le causaba escalofríos.

Aquella infortunada mañana, Martín había pensado ir en su viejo Jeep lo más cerca posible del lugar del hallazgo de su fósil, caminar desde ahí hasta el sitio mismo y volver a buscar, aplicando ahora las técnicas aprendidas en la universidad. Con métodos así, estaba seguro de que podrían resultar nuevos hallazgos ya que donde hubo uno, podrían hallarse dos... o más. Desgraciadamente, lo sucedido aquella mañana había interrumpido su proyecto; luego vino el velorio, los rosarios, el llanto, las anécdotas y la noche pasó a ser madrugada. El buen café mantuvo a Martín despierto y sin sueño por lo que decidió subir sus cosas de acampar al Jeep y la aurora del nuevo día lo vio partir del pueblo y enfilar rumbo a la sierra.

El vehículo avanzó sin dificultades durante unos seis kilómetros hasta que la brecha acabó por desaparecer, continuó a campo traviesa, cruzó el lomerío y a media mañana llegó a las laderas de la sierra. El monte, húmedo y fresco a esas horas del día, no tardaría en ponerse más caliente y lo tupido de la vegetación dificultaba cada vez más el paso del Jeep hasta que decidió detenerse y continuar un par de kilómetros a pie cuesta arriba, hasta llegar al sitio del hallazgo, de modo que cargó con tienda, mochila, cantimplora y por si acaso, la escopeta "cuata del doce", vieja compañera en sus caminatas, más unos cuantos cartuchos. Al empuñarla, no pudo evitar que la terrible imagen del difunto con la garganta destrozada acudiera a su memoria. ¿Que clase de fiera podría haber hecho eso? Y en todo caso, si tuvo toda la noche para hacerlo ¿Por qué no lo devoró? Recordaba entre sueños el alboroto que armaron los perros la noche de la desgracia, pero era una cosa tan común que los perros ladraran en esa forma de vez en cuando...


Con su impedimenta a cuestas, avanzó pesadamente por entre los matorrales por cerca de media hora. Buscaba con atención cualquier señal conocida que le recordara el lugar exacto del hallazgo y aunque el terreno le resultaba más o menos familiar, el monte sólo se parece al monte.

Deseaba encontrar el lugar del derrumbe pero después de unos minutos cayó en la cuenta de que habían pasado varios años desde aquel suceso; la universidad había marcado el sitio con unas piedras encaladas claramente visibles en ese entonces, pero ahora, la vegetación había invadido todo y prácticamente aquellas referencias habían cambiado o desaparecido; bueno, casi todas. La vista de un viejo encino con una de sus ramas caprichosamente retorcida le indicó que prácticamente había llegado y unos cien metros adelante, aunque disimulado por los matorrales, todavía se percibía el declive del derrumbe. Buscó un pequeño altozano y procedió a montar su campamento. Mientras lo hacía se lamentó por no haber traído consigo el GPS de la facultad, lo que le hubiera sido de gran utilidad para trazar el derrotero y marcar las coordenadas de su ubicación; algún colega se le había adelantado con el instrumento. Un gruñido seguido de un leve aullido le recordó lo vacío que traía el estómago; de hecho venía en ayunas. Se apresuró a armar la tienda y a acomodar sus cosas; encendió la estufilla de gas y se preparó un suculento almuerzo. Tenía grandes deseos de empezar a explorar ese mismo día y había acampado tan cerca del sitio como le era posible recordar, de modo que si el cansancio lo venciera, podría regresar rápidamente a su tienda y descansar.
(CONTINÚA)
Lo primero que hizo fue desyerbar una sección de cerca de dieciseis metros cuadrados y después empezó a retirar la tierra suelta hasta llegar al suelo original del cerro donde esperaba encontrar los estratos sedimentarios. La tierra suelta se retiraba con relativa facilidad pero suponía un esfuerzo de paleo considerable. Absorto en su actividad no se dio cuenta de que el día estaba por terminar hasta que un viento fuerte empezó a soplar y el cielo se cargó de nubes; una tormenta se avecinaba y el ocaso llegaba a su fin. Las primeras gotas le alcanzaron camino a la tienda apenas a tiempo para no empaparse y en cuanto cerró la cremallera de la entrada, el aguacero se desató en forma torrencial. El fulgor de un relámpago y el estruendo del trueno firmaron el inicio de una noche tormentosa cuya negrura cayó tan rápido como si alguien hubiera apagado la mortecina claridad del día. En el interior de la tienda la temperatura bajó rápidamente; a tientas, encendió la linterna, se quitó las botas y se metió en la bolsa de dormir y ya se estaba acomodando cuando recordó la escopeta, la alcanzó, quebró el mecanismo e introdujo un par de cartuchos en las recámaras; la cerró firmemente, colocó el seguro y la acomodó a su lado. Otra vez acudió a su mente la imagen del cadáver con la garganta destrozada y, moviendo la cabeza como para sacudirse esos pensamientos, apagó la linterna y se recostó. Afuera, la lluvia continuó cayendo por casi media hora y finalmente, cansada de mojar la tierra, terminó tan de pronto como había empezado.
El goteo de los árboles fue interrumpido por el ruido de una rama al romperse. Martín se incorporó... algo rondaba en el exterior. En silencio se puso las botas lo más rápido que pudo, empuñó la escopeta y despacio bajó la cremallera de la entrada. El cielo, ahora despejado, dejaba lucir la luna creciente y miríadas de estrellas cuya luz permitía ver las fantasmales formas de los matorrales. Se animó a salir, la lámpara en la mano izquierda y la escopeta en la derecha. Se incorporó y encendió la luz barriendo con el haz los alrededores e iluminando atrás de la tienda donde a escasos veinte metros se encontraba un árbol bajo; la luz de la lámpara subió por el tronco, continuó por una rama y ahí, a la mitad de ésta, un par de ojos fulgurantes lo miraban. Con el pulgar quitó el seguro del arma y estuvo a punto de alzarla y disparar cuando la lechuza se lanzó al aire y desapareció silenciosamente tras los árboles. Respiró aliviado y sin embargo, sus piernas temblorosas acusaban los efectos de la adrenalina; avanzó unos pasos iluminando el suelo y un fuerte escalofrío recorrió su espalda estremeciendo todo su cuerpo. Ahí, estampadas en la tierra reblandecida por la lluvia, había una huella... dos huellas... tres huellas... cuatro huellas que en forma de arco formaban un trayecto en la parte posterior de la tienda. Estaban separadas entre sí por unos treinta centímetros; cada una de ellas presentaba tres dedos y eran tan largas como las huellas de sus botas; entre las huellas y la tienda no había más de cinco metros.
Esto no puede ser posible - dijo para sí mientras nerviosamente recorría con la luz los alrededores - estos animales se extinguieron hace millones de años ¿Por qué no me atacó? era una presa muy fácil. Sólo, encerrado en la tienda e inmóvil, debe haberme olfateado, el viento sopla suave hacia atrás de la tienda... inmóvil, ¡Eso es! Seguramente ahora me está observando agazapado entre los matorrales, no debo moverme pues si corro a la entrada de la tienda no tendré oportunidad de llegar, se supone que eran muy rápidos y el mejor estímulo para este depredador es que su víctima corra. Debo moverme muy despacio hacia la tienda y... luego ¿Qué voy a hacer en la tienda? ¿Esperar a que venga por mí sin que lo vea llegar? Mejor me muevo lentamente hasta el centro del claro y a ver qué pasa, así, al menos tendré tiempo y distancia para dispararle venga de donde venga. - Entonces, muy lentamente fue moviéndose paso a paso, atento a cualquier ruido que delatara la presencia del animal; el dedo en el gatillo y el corazón acelerado que le golpeaba en el pecho y le percutía en las sienes; en su vida había sentido tanto miedo. A su mente retornaba la imagen del infortunado paisano - ¿Sería esta bestia la causante de aquel ataque? - Por momentos la lógica se quería imponer pero el terror que sentía no le dejaba pensar con claridad, sólo sabía que estaba viviendo algo imposible ¡Un carnosaurio estaba a punto de atacarlo! Él mismo había visto sus huellas inconfundibles rondando la tienda, no había duda, pero no caería sin pelear. Notó que el miedo se le había convertido en decisión y furioso, resoplando de ira, caminó más rápido girando sobre sí mismo todo el tiempo y casi deseó que el reptil apareciera para dejarle ir las dos cargas de perdigones. Llegó al centro del claro y se detuvo. Quiso gritar con todas sus fuerzas ¡Déjate ver, maldito! Pero su garganta no emitió ningún sonido. A sus espaldas, un leve ruido lo hizo girar apenas a tiempo para ver las fauces abiertas que se abalanzaban sobre él, encañonó por instinto y oprimió los dos gatillos en rápida sucesión. Los dos estampidos resonaron en el monte.
Martín, en el piso de su tienda aferraba la linterna con desesperación y entonces sí, un grito prolongado escapó de su garganta. Afuera de la tienda había luz y escuchó voces y ladridos cada vez más cerca. Abrió la cremallera y salió sin dejar de empuñar la linterna ahora encendida aunque la luz del día era evidente. Lo que vio fue un grupo de cuatro vecinos, todos armados con sus respectivas escopetas, que lo miraban como si tal cosa y le señalaban un bulto obscuro en el suelo frente a ellos.
- ¡Mira Martín! ¡Aquí está el asesino! Creo que venía por ti - dijo uno de ellos mientras botaba los cartuchos quemados de su escopeta - lo vieron salir corriendo a poco de que te fuiste y pos lo seguimos, no era cosa de dejarlo ir, soltamos a los perros y corrimos y caminamos tras ellos hasta que empezó a llover. Los perros luego luego perdieron el rastro con tanta agua. Ya íbamos a regresar cuando nos acordamos de ti y pensamos mejor en venir a avisarte, no fuera la de malas. En cuanto dejó de llover caminamos de nuevo hasta que allá abajito cruzó delante de nosotros y enfiló pa'cá. Ya pa'llegar aquí que se nos cruza de nuevo y que le suelto dos tiros y pos aquí está ya bien muerto. - Martín no salía de su estupor, miró su reloj - casi las ocho - como hipnotizado caminó lentamente hacia ellos con la mirada puesta en el bulto tendido en el suelo. Poco a poco su mente se fue aclarando y cuando llegó hasta ellos ya estaba recuperado físicamente pero su mente aún no conectaba con la realidad. Ahí, bajo sus propias narices se encontraba el cadáver, todavía caliente, de un enorme perro de pelaje negro. - Un perro... - balbuceó Martín - Sí, un perro, pero rabioso y bien grande - terció otro - ¿Te imaginas lo que hubiera pasado si se queda en el pueblo?

miércoles, 15 de julio de 2009





EL SR. HARRIS



La llamada entró a eso de las seis de la tarde y estaba algo obscuro pues el sol de invierno hacía ya rato que había desaparecido. Fuera de la casa soplaba un vientecillo frío que por momentos se enrachaba en ráfagas heladas.
- ¿El Sr. Harris? - dijo la voz en el teléfono.
- A sus órdenes - contestó con su habitual afabilidad.
- Es conveniente para usted que se presente en el despacho 32 del edificio Walton mañana a las seis de la tarde para evitarse problemas mayores. - Colgaron el aparato sin darle tiempo a contestar una palabra.
- ¿Quien sería? - se preguntó - la voz no me es conocida. Ha de ser una de esas promociones que... pero, ¿por qué lo de "evitarme problemas mayores"? Yo ni siquiera tengo problemas menores, es decir, ¡ni problemas tengo!

El Sr. Harris habitaba en una cómoda casa y vivía bien de sus modestas rentas; a sus sesenta y dos años, era una persona tranquila, honorable y apreciada por sus vecinos, conocidos de muchísimos años. Conservaba un carácter jovial y bien dispuesto si bien era discreto y reservado. Vestía con buen gusto y sus ropas de buena calidad denotaban, combinación difícil, sobriedad y alegría de vivir al mismo tiempo. Era miembro de un club al que asistía asiduamente y donde concentraba un buen número de amigos. En fin, su existencia era apacible y muy lejana a problemas de cualquier índole, hasta ahora...
La tarde del día siguiente, el Sr. Harris se dirigió hasta el barrio comercial del noroeste, zona de edificios de oficinas de mediados de los cincuentas en cuyas plantas bajas se alojan comercios de lo más variado. Sobre la calle Durham se eleva el conocido edificio Walton, una mole de diez pisos de ladrillo rojo aún más vieja que los edificios del entorno, conocido por albergar los despachos de los más prominentes abogados del estado.
- No sé que voy a hacer ahí - dijo para sus adentros - no debí tomar en serio esa llamada porque si resulta que es una de esas ofertas de agencias de viajes o tiempos compartidos, nada más me van a hacer perder mi tiempo... y el suyo. No me parece lógico que una empresa de viajes, por más agresiva que sea, llegue al extremo de amenazar con "problemas mayores" a sus posibles clientes.
Puntual como siempre había sido, el Sr. Harris llegó al edificio y abordó el elegante elevador de rejillas de bronce que acababa de descargar una bocanada de abogados, pasantes, secretarias y similares que formaban parte del rezago laboral del día. Al subir, el elevador sólo llevaba un pasajero; oprimió el botón del tercer piso. El aparato era lento y casi medio minuto después se detuvo suavemente y abrió su puerta corrediza en el tercer nivel haciendo sonar su campanilla. El Sr. Harris salió buscando de inmediato la puerta del despacho número 32 que resultó encontrarse a la izquierda dando la vuelta, al final de uno de los corredores y en llegando ahí se encontró con una puerta con panel de vidrio en cuya superficie se leía: McMilan & Rossi Bufete de Cobranzas. Miró su reloj; las seis en punto.Tocó con cierta fuerza sobre el cristal y esperó unos segundos. Nada. Descubrió el viejo botón de un timbre casi invisible en el marco de la puerta, lo oprimió y escuchó el zumbido. Entonces, dos oficinas a su derecha se abrió una puerta y un individuo joven salió rápidamente; cerró la puerta con llave y sin voltear a verlo, corrió hacia la vuelta del corredor desapareciendo en el recodo. El Sr. Harris alcanzó a escuchar la campanilla del elevador.
- Hoy todo mundo quiere llegar temprano a casa - dijo en voz baja haciendo girar al mismo tiempo la perilla de la puerta - pero éstos de aquí madrugaron demasiado. ¡Qué poca seriedad! Hacerme venir para... - la perilla giró - el Sr. Harris se quedó de una pieza sin saber qué hacer y luego, tímida y lentamente empujó la puerta que se fue abriendo poco a poco. La oficina estaba en tinieblas y las persianas cerradas; dio unos pasos titubeantes hacia el interior mientras trataba de acostumbrar sus ojos a la obscuridad, cuando de repente todo se volvió negro y escuchó cómo la puerta se cerraba tras él. Se sintió atrapado y de inmediato perdió la noción del lugar. Extendió los brazos hacia adelante y empezó a caminar arrastrando los pies sobre el piso alfombrado; avanzó un poco y cobrando ánimo dio un paso más largo. Su espinilla izquierda tropezó con algo duro y sus manos ansiosas buscaron asidero, se apoyaron en algo y ese algo cedió bajo su peso. El Sr. Harris cayó estrepitosamente llevándose alguna cosa más en su descenso. Intentaba incorporarse despacio cuando sintió cómo se le enrollaba algo alrededor del cuello. Aterrorizado, aferró aquel lazo y tiró de él con desesperación sólo para sentir un fuerte golpe junto a su cabeza y el ruido de una apagada explosión. Se dio cuenta de que estaba jadeando pero de su garganta no salía ningún sonido. Trató de tranquilizarse y a gatas intentó avanzar de nuevo tanteando delante de sí con una mano. Se desplazó un poco más y de nuevo volvió a sentir la cuerda intentando arrollarse en su cuello. La agarró y la jaló violentamente para escuchar de inmediato un impacto sobre la alfombra con una especie de tintineo. Entonces, armándose de un valor que estaba muy lejos de tener gritó:
- ¡Quién está ahí! - y como nadie le contestó, lanzó un fuerte golpe con el revés de su mano izquierda. - ¡Bump! - ¡Ayyy! - Sonó como un escritorio - pensó mientras se frotaba el dorso adolorido de su mano. Palpando nuevamente lo tocó. Era un escritorio. Irguiéndose despacio fue siguiendo su contorno y su superficie. Encontró un portaplumas y más allá se pinchó con los colmillos de lo que parecía ser la estatua de un elefante - de bronce - concluyó. Después ya más tranquilo y un poco más ubicado, desplazó sus manos sobre el escritorio y al hacerlo arrugó unos papeles que se hallaban encima. - ¡Qué pena! He arrugado algunos documentos - murmuró y con un fuerte complejo de culpa los estiró lo mejor que pudo y los dejó ahí. - Algunos portaplumas tienen incorporada una lámpara... a ver... ¡Clic! - Nada. Continuó su obscuro trayecto y sus manos tocaron... - ¡Una pelota! ... ¿En un bufete?
En fin, después de haber armado una magnífica carambola derribando una pila de libros que a su vez lo hicieron con alguna mesita y una licorera cuyo contenido se bebió la alfombra, el Sr. Harris logró encontrar la puerta de salida; la abrió y recorrió como pudo el corredor; siguiendo la pared dio la vuelta y siempre en las tinieblas encontró las rejillas plegadizas del elevador que, por supuesto, no funcionaba. A tientas y después de varias vueltas por el corredor, localizó las escaleras de incendio tras una puerta de seguridad y para no buscarse más problemas, bajó de asentaderas los tres pisos de escalones, llegando a la planta baja a las siete horas con cuarenta y cinco minutos, según lo indicaba su reloj, que alcanzó a consultar con la tenue luz que de la calle llegaba, colada por las mallas de la reja de servicio. Salió.
Al día siguiente el Sr. Harris, ya repuesto de su odisea en las tinieblas pero con la mano izquierda aún adolorida, se presentó puntualmente en el bufete de cobranzas McMilan & Rossi, por supuesto a las seis de la tarde. Abrió la puerta y entró con ánimo resuelto. A la izquierda de la puerta se encontraba una pequeña mesa secretarial ocupada por una joven recepcionista.
- ¡Buenas tardes! Le saludó la empleada.
- Buenas tardes señorita - contestó mientras lanzaba furtivos vistazos al resto de la oficina - debí venir ayer - mintió - pero me fue imposible, así que...
- No se preocupe. ¿A quién anuncio?
- Soy el Sr. Harris. Raymond Harris - contestó sin dejar de observar la oficina. Efectivamente ahí estaba un gran escritorio antiguo de sólida madera de cedro y sobre él se encontraba un viejo teléfono con el auricular roto. Al centro del mueble se ubicaba un portaplumas con lámpara de pantalla verde y del lado derecho, la figura de un elefante indio vaciada en bronce fungía como pisapapeles. Junto a la ventana, un globo terráqueo. Más allá, cerca de la puerta, una silla vienesa ocupaba su lugar junto a una lámpara de pie sin pantalla a la que un empleado de intendencia cambiaba en ese momento la bombilla.
- Sr. Harris - la voz de la recepcionista interrumpió su labor de reconocimiento - me dijo que su nombre es Desmond, ¿verdad?
- No señorita. El nombre es Raymond, Raymond Harris.
- ¡Qué extraño! Aquí en la lista de citados está un Desmond Harris, pero ningún Raymond Harris.
- ¿Me permite ver? - dijo el Sr. Harris. La chica le pasó varias hojas de papel escritas a mano con bastante mala letra. Efectivamente, su nombre no estaba ahí. - ¿Puede usted decirme, señorita ¿De dónde sacaron la presente lista?
- Pues verá usted, es una lista de deudores morosos; el Licenciado Rossi, cada semana, se la dicta personalmente a su asistente, el meritorio Brown, quien después ya con calma, me dicta los nombres por orden alfabético. Yo los anoto y me encargo de localizar sus datos en el directorio para llamarles por teléfono y concertar una cita. ¡Es muy laborioso!
- Si es así como lo hacen me explico el error porque ¿se trata de un error, verdad?
- Seguramente y lo siento muchísimo Sr. Harris. Pero déjeme decirle algo, es usted afortunado porque si hubiera venido ayer, primero, no nos hubiera encontrado. El edificio tuvo que evacuarse por un serio problema de mantenimiento y a eso de las seis de la tarde precisamente, cortaron toda la energía. Segundo, hay gente sin conciencia que aprovecha este tipo de situaciones para causar daño a sus semejantes y en esta ocasión este despacho fue la víctima de sus actos vandálicos. Los intrusos no robaron nada pero se tomaron el fino cognac de esa licorera que dejaron tirada. Si hubiera usted venido, probablemente se hubiera topado con ellos. La policía dijo que, a juzgar por los destrozos, debieron haber sido por lo menos dos. Le repito, tuvo usted suerte Sr. Harris.

viernes, 10 de julio de 2009




ESCENARIO
Avanzaba sigilosamente por entre los matorrales. Sus ojos buscaban afanosos tratando de penetrar el tupido follaje y sus oídos estaban atentos a cualquier ruido que delatara la presencia de su presa. La abundante transpiración le empapaba el cuerpo y se evaporaba rápidamente manteniéndolo fresco en aquel zumbante infierno vegetal. El olor a descomposición orgánica y el incesante acoso de millares de mosquitos parecían no molestarlo en absoluto. Se diría que formaba parte del medio y se integraba en él de tal manera que sus movimientos pasaban inadvertidos. La piel morena obscura tensada sobre unas carnes magras y correosas; el cabello y la barba hirsutos y crecidos y su andar agazapado, completaban la imagen del primitivo cazador.
Él y un grupo de seis más habían salido por la madrugada y ahora se encontraban en plena cacería. El sol cenital se esforzaba por hacer llegar sus rayos hasta el suelo a través de las frondas y donde lo lograba, pequeñas e irregulares manchas de luz vestían de camouflage la inmovilidad del follaje. Ahora, por tercera vez en el día volvía a llover. Una lluvia silenciosa y fina cuyas gotas parecían no tener prisa en caer. Una lluvia tibia, balsámica, relajante. Durante unos minutos, las aves y los insectos callaron para dejar a las nubes ejecutar su canto líquido acompañado tenuemente por las percusiones de las hojas. Al terminar, la ovación de las aves y los insectos se dejó escuchar prolongadamente. Pronto llovería de nuevo y los finos aplausos de la lluvia corresponderían con entusiasmo en ese eterno juego de papeles. Sólo el viento, expectante, guardaba silencio.
La presencia del hombre parecía no perturbar la vida en esa selva. Sin embargo, mirando con atención, todos sus movimientos eran observados por cientos de ojos cuyos propietarios guardaban precavido silencio y permanecían inmóviles en su proximidad. Así, cuando el hombre se quedaba quieto, al poco rato se reanudaba el movimiento y la actividad en su alrededor como si él no existiera; como si se hubiera convertido en árbol. El cazador sabía muy bien esto y sólo movía los ojos y aguzaba el oído durante esos periodos de acechante inmovilidad. El hecho de no hacer viento ampliaba a un gran círculo el campo de sus expectativas. La presa podía venir de cualquier dirección. Un tenue rumor a sus espaldas lo hizo iniciar un lento giro. Primero la cabeza, despacio, con los ojos muy abiertos y el aliento contenido; las manos nervudas crispadas sobre el arma. En un pequeño claro a escasos cinco pasos de donde se encontraba, apareció de pronto una familia de pequeños mamíferos que en fila india cruzó el claro tan rápidamente que no le dió tiempo de hacer nada. Respiró profundamente con una mezcla de alivio y frustración.
Relajó los múculos y reanudó la marcha agachado y cauteloso, con los sentidos alerta y mirando muy bien dónde daba cada paso. Hacía rato que estaba consciente de su soledad pues en algún momento se había separado del grupo. La cara sudorosa, los ojos inyectados en sangre y los labios resecos acentuaban el salvajismo de su fisonomía. Al poco andar, el rumor de una corriente de agua lo llevó hasta un arroyo donde sin soltar el arma hundió la cara en el refrescante flujo y empezó a beber. En eso, sobre el barro húmedo de la orilla opuesta, descubrió las huellas. Huellas frescas de ciervo, un macho adulto seguramente a juzgar por el tamaño y la profundidad. Levantó la cabeza, escudriñó los alrededores y se puso en marcha ahora sobre el rastro de una buena posibilidad. Reanimado por el agua, avanzaba con seguridad sobre las huellas. Subió colinas, cruzó barrancos y se rasgó la piel con los arbustos espinosos siempre con la vista en el rastro del venado. El viento de la tarde empezó a soplar, afortunadamente hacia él, al tiempo que en un recodo las huellas se metían a una hondonada que elevaba sus paredes a medida que se penetraba en ella. De improviso se detuvo quedándose paralizado. Las huellas ya no iban solas. Un escalofrío agudo y prolongado le recorrió la espalda al identificar el rastro de un enorme gato y sintió que las piernas se le doblaban al retomar consciencia de su soledad.
Ahora debía tomar una decisión. O seguía adelante arriesgándolo todo o regresaba a casa con las manos vacías después de tanto tiempo sobre el rastro. El sol empezaba a declinar en el horizonte y ahí, en la hondonada, parecía haberse ocultado ya. Estaba a punto de dar media vuelta y regresar sobre sus pasos cuando llegó a sus oídos el inconfundible rugido del gran gato. No debía estar muy lejos pues el viento traía de vez en cuando, a través de la hondonada, el penetrante olor del felino, ahora combinado con el almizcle del venado. Decidió avanzar y jugársela en el poco tiempo de luz que le quedaba. No tenía duda de que el felino había atacado ya al venado y aunque pudiera estar entretenido con la presa podría ser más peligroso al defenderla. Caminó decidido casi olvidando ocultarse sabiendo que su enemigo estaría al frente. Poco después pudo percibir, tras los arbustos, breves gruñidos de la fiera y algunos movimientos irregulares en la hojarasca. Extremando ahora sí sus precauciones se deslizó sin hacer el menor ruido apoyando el peso de su cuerpo poco a poco sobre cada pie, al avanzar paso a paso hasta el borde de los arbustos. Sus facciones simiescas se petrificaron y cada músculo de su cuerpo se tensó como una muelle de acero al incorporarse lentamente blandiendo el arma con mano decidida. Ahí estaba el de las grandes zarpas con las fauces aún cerradas sobre el hocico de su víctima derribada. En esa posición, con los cuartos traseros levantados y la cola agitándose en el aire con ondulantes movimientos, el felino no parecía estar matando sino jugando con su presa. El viento impredecible, al remolinear al final de la hondonada, llevó de pronto el olor del hombre a los sentidos del gato que se irguió veloz soltando a su víctima ya muerta y detectando en un instante la ubicación del hombre solitario, acometió como un relámpago. Un terrible alarido sacudió la selva acompañado de un rugido que llevaba todo el salvajismo de todas las fieras. La lanza halló su blanco en el cuerpo del felino y los colmillos del gran gato encontraron también, en su fulminante ataque, la garganta del cazador. Momentos después el sol se ocultaba y tres cuerpos inertes yacían en aquel obscuro escenario de la selva.
Todavía no se disipaban los ecos de la lucha cuando la lluvia, los pájaros y los insectos desataron su ovación, esta vez acompañada del fogonazo del rayo y el estampido de un trueno que se fue alejando por los montes repitiendo la historia.