martes, 10 de noviembre de 2009





EL PENSADOR

Serían las doce y media de la noche cuando pasé caminando a la vera del camposanto del pueblo. Al brillo mortecino de una luna muy menguante, podía yo percibir las siluetas de las cruces que remataban los sepulcros. Los más pobres las tenían de madera. Otras con más pretensiones, de hierro forjado. Sin embargo había una tumba que servía como elemento de contraste. Una pequeña capilla revestida de mármol blanco que pertenecía a la familia rica del poblado. Su techo de dos aguas y sus torrecillas góticas recortaban su silueta contra el celaje nocturno. En la penumbra, alcancé a percibir una réplica del Pensador de Rodin, bajo el frontis.
La mañana del día siguiente pasé como siempre a un costado del panteón con rumbo al pueblo y vi de nuevo aquella capilla con su techo de dos aguas, sus pequeñas torres góticas y su... su... ¿Dónde estaba el pensador? Anoche lo vi perfectamente. Bueno, con bastante claridad y ahora a plena luz del día, había desaparecido. ¿Habría visto un fantasma? Para no quedarme con la duda, entré al camposanto y fui directo a la capillita donde esperaba encontrar aunque fuera un rastro de que ahí se encontraba el Pensador y ¡lo encontré! En el centro geométrico bajo el frontispicio, con gran precisión arquitectónica, se encontraba la prueba de que yo había visto algo la noche anterior.
No, no había visto al Pensador. Ni siquiera podría asegurar que estaba pensando. La prueba estaba ahí. Las moscas revoloteaban sobre ella.