martes, 31 de mayo de 2011

LA DESVIACIÓN

Desde luego que mi masa corporal dista mucho de ser significativa como para registrar la desviación deseada de un haz de luz. Al menos eso creí hasta ayer en que la cosa realmente sucedió. Hoy fui a saludar a Albert, como insistió en que lo llamara desde el principio de nuestra amistosa relación. Se encontraba practicando en su violín cuando llegué a visitarlo. No tocaba como un virtuoso pero lo hacía seguramente mejor que yo, mero dilettante de tan hermoso instrumento. Con un gesto lo animé a proseguir con la "Alemanda" de la partita para violín solo número dos que estaba ejecutando. No deseo presumir, así que les diré que no la identifiqué hasta que me asomé sobre su hombro y leí el título en la partitura. Un minuto más tarde concluyó el movimiento y Albert declaró terminada su práctica. Me invitó a tomar asiento, encendió su pipa con pausado ritual y tras la voluta inicial que se elevaba en la habitación me dijo sin preámbulos.
- ¿Así que crees ser lo suficientemente importante, físicamente hablando, como para alterar la trayectoria de la luz con tu masa corporal?
- Estoy seguro - le respondí tratando de proyectar convicción en mis palabras - ayer pude experimentarlo claramente utilizando una disposición geométrica de espejos con una fuente de luz polarizada.
- Interesante recurso. ¿Cómo lo controlaste?
- Pues registré la trayectoria rectilínea del haz sobre una pantalla micrométrica que serviría de control.
- ¿Y luego? - comentó Albert aparentemente interesado.
- Repetí el experimento aproximándome al haz en un punto dado de su trayectoria. Fue una aproximación tangencial sin llegar a tocarlo. La pantalla registró una desviación  del haz de luz de 0.0000000000000000001 micrones en el punto de incidencia en la retícula. ¿Lo puedo considerar una verdadera desviación?
-Yo creo que sí - contestó Albert con mucha seriedad y continuó - ¿Por qué no traes tu violín la próxima vez? Podríamos intentar una sonata para dos violines de Vivaldi, que traigo entre oídos, para ver si nos sale sin alguna desviación. ¿Qué te parece?

martes, 24 de mayo de 2011

DON EUSTACIO

Llegó muy bien recomendado  por personas conocidas de la familia. Hombre de unos sesenta años, entró a hacerse cargo de los menesteres de la casa: patio central con fuente y jardineras; corredores sombríos; ocho habitaciones; recibidor, sala principal y gran comedor. Se encargaba de que todo funcionara. Recibía y clasificaba la correspondencia; llevaba y traía recados y mantenía brillantes los herrajes de bronce de los pasamanos. Era, por así decirlo, una especie de mayordomo sin  pretensiones. Lo de Don se le aplicaba como a todo señor de cierta edad sin mayores títulos. Eustacio era su nombre. Su mejor cualidad: la discreción. Fue contratado directamente por Doña Rosario, la señora de la casa.Trabajaba sin hacer preguntas y se le veía activo durante todo el día. Por las noches esperaba el regreso del patrón, a quien saludaba cortésmente sin esperar respuesta. Cerraba los aldabones, pasaba la tranca en la puerta principal, apagaba las luces y, a oscuras, se retiraba a dormir a su cuarto en el patio trasero de la mansión, a las ocho en punto todos los días, por órdenes estrictas de la patrona. 
    Cierto día, la señora le llamó para encargarle algo y Don Eustacio entró por primera vez en la penumbra de un  despacho donde Doña Rosario, siempre elegante y de muy buen ver, escribía algo en un papel. Los ojos de Don Eustacio se acostumbraron a la escasa luz de la habitación: una salita vienesa a un lado cuya mesa de centro lucía un florero con geranios frescos y por acá un archivero de madera. Al centro, el escritorio donde Doña Rosario redactaba en ese momento algún recado. En el muro, a espaldas de ella, había colgados dos retratos en marcos ovalados, uno era del patrón y el otro de Doña Rosario. Su escrutinio fue interrumpido por la señora.
     -Don Eustacio, hágame favor de llevarle esto al párroco de la iglesia de La Soledad. Este domingo es el sexto aniversario de la muerte de mi esposo. Debe celebrar una misa solemne por él y no quiero que lo olvide -dijo esto girando la cabeza para mirar el retrato. El ruido de un cuerpo al caer la hizo voltear nuevamente.
    No sé si el alma de Don Eustacio fue incluida en esa misa o la celebraron aparte, pero eso fue hace seis meses y es la hora en que Doña Rosario continúa sin mayordomo.

martes, 17 de mayo de 2011

MODELADO

-Nos conocemos desde hace muchos años y sin embargo siempre me sorprendes con algo nuevo. ¿Cómo le haces?
     -No tengo que hacer nada. Me sucede cada día al despertar. Simplemente vuelvo a nacer y es por eso que para mí cada día es nuevo y trae consigo cosas nuevas.
     -No, no, espera. No es así de fácil. Creo que tratas de sorprenderme y no lo vas a lograr. Si para ti todo es nuevo cada día ¿Qué ha pasado con lo que ya sabes? Con toda tu experiencia, tus conocimientos, tus principios, tus valores...
     -¡Ah! -me interrumpió bruscamente- eso es sólo memoria. Es lo que fui. Yo soy nada más este momento. Aquello que he aprendido ya no existe y sólo quedan sus efectos. Verás. Es como la arcilla en manos del escultor. Si presiona por aquí y empuja por allá, deja una huella y la forma de la obra cambia. Las manos del artista ya no están. Estuvieron. El resultado es que cada día la escultura amanece nueva, lista para ser modificada y recreada nuevamente.
     -Entonces -le dije poniendo cara de haber comprendido- los cambios en la forma son el resultado de la aplicación de las manos. Es decir, se trata de un proceso de transformación donde la arcilla no tiene nada que ver ¿No?
     -No. La arcilla tiene mucho que ver. Si el artista desea un modelado de calidad, deberá utilizar la arcilla más fina que pueda encontrar. Sin embargo, en la práctica deberá trabajar con la que tenga a la mano. Además del modelado cotidiano hay algo que no debe faltar y es el adecuado grado de humedad para que la arcilla ni se seque ni se escurra.
     -Oye, esto ya se salió de contexto. Me estás dando una clase real de modelado...
     -¡Claro! - me interrumpió nuevamente- tu espíritu es el escultor; tu cuerpo es la arcilla...
     -¿Y el agua? -ahora yo lo interrumpí- ¿El agua para mantenerla manejable? -le cuestioné ávidamente.
     -¡Ah! Eso es un factor muy importante para un buen modelado. El agua representa el interés que le pongas diariamente. Tú eres el artista y la obra al mismo tiempo y si no te gustó como quedaste el día anterior, siempre puedes cambiar. Es la ventaja del renacer cotidiano.
      -Debes tener razón Diógenes*. De hecho ya me siento diferente de como llegué contigo.
     -Oye -me dijo- ¿Sabes de alguien que requiera de un maestro?
     -Puede ser, pero aquí las cátedras se ganan por oposición y por lo que sé, a ti no te gusta que te examinen.
     -Es verdad, pero si sabes por ahí de alguien que desee tomar clases particulares de modelado me avisas.
     -¿¡Modelado!?
     - ¡Olvídalo! - ijo cubriéndose la cara con las manos- creo que hoy tanto el cambio como la diferencia fueron retrógrados.
     -¿¡...!? Ehh... Bueno, nos vemos...

*Diógenes. Nombre que le puse a un personaje imaginario que vive en un cuchitril, bajo un paso elevado, en la imaginaria ciudad de Pipopea, en un país que seguramente también es imaginario.

martes, 10 de mayo de 2011

SUICIDA

La vida no lo había tratado tan bien como él creía merecer. Es más, lo había tratado mal. Siendo un hombre de decisiones firmes, no quería arriesgarse a intentos fallidos que llamaran la atención de los demás hacia su personal situación y a encontrarse con las infaltables buenas personas que intentaran disuadirlo de sus propósitos. Así las cosas planeó todo hasta el menor detalle: el lugar, el momento, las circunstancias, los testigos; todo debería funcionar a la perfección.
El día previsto, un domingo, llegó al lugar y sin dudarlo esperó el momento oportuno para cumplir con sus propósitos. Había mucha gente. Pronto escuchó aproximarse al convoy y las piernas empezaron a temblarle; entonces lo vio venir. No iba a flaquear ahora. La locomotora avanzaba tercamente, ignorando sus intenciones. Cada vez más cerca. Finalmente el momento llegó y en un instante de valor se arrojó frente a la máquina.
Los paramédicos estaban sorprendidos por lo que vieron al llegar al sitio del suceso. La gente se arremolinaba alrededor del lugar con el morbo de siempre. Le hallaron algunas magulladuras en un brazo y en el tórax pero nada realmente serio. El maquinista logró detener el convoy justo a tiempo y juraba que no había tenido la culpa. Él por su parte se sentía satisfecho. Todo había salido a la perfección y podía considerar como un éxito aquel ensayo. Lo único que le apenaba era haber visto cómo algunos de los niños que iban a bordo del trenecito se habían asustado con la intempestiva frenada y varias mamás que se pusieron histéricas poniendo de cabeza la plaza comercial.

martes, 3 de mayo de 2011

INGRATO

- ¡Buenas tardes! ¿El señor Jules?
- El mismo. ¿Quién le busca?
- ¿No me reconoces Jules? - contestó el interpelado.
- Ciertamente no, señor.
- Bien. Eso comprueba lo que siempre he dicho. Una vez agotada la veta, se abandona la mina.
- ¿Perdón? No le comprendo.
- Por favor Jules. Deja ya de fingir que no me conoces. ¡Vamos!
- ¡Señor! ¡Se aproxima mucho a la impertinencia! No creo conocerle y mucho menos haberlo tratado como para que usted me tutee.
- ¡Ah! Ahora resulta que soy un desconocido. Por favor Jules, haz un esfuerzo y mírame. ¿De veras no recuerdas quién soy?
- ¡Basta señor! ¡No sé cómo llegó hasta aquí pero sí sé que se irá inmediatamente por donde vino!
- ¡Jules! Por favor...
- ¡Fuera he dicho!
- Está bien - dijo el extraño y se retiró de ahí con pasos breves y apesadumbrados. La cabeza baja, los hombros caídos y el semblante entristecido. Más allá, le esperaba otro hombre de quizá su misma edad.
- ¿Qué pasó? ¿Le ha reconocido?
- Para nada.
- ¿Le habéis dado vuestro nombre?
- Desde luego que no. Eso hubiera destruido la validez de la prueba.
- Sí, por supuesto pero...
- No hay pero que valga amigo Maston. Hemos comprobado que pasamos al olvido más rápido de lo esperado.
- Desgraciadamente así es señor Barbicane. ¡Más rápido que una bala de cañón! - dijo Maston y ambos empezaron a reír.
- ¡Vamos amigo! Tome nota de este domicilio - dijo Barbicane - porque seguramente con el tiempo a esta calle le cambiarán el nombre.
J.T. Maston tomó nota: Blvd. Longueville 44 Amiens, France. Hecho esto, ambos hombres caminaron y se desvanecieron lentamente en la penumbra del anochecer.