martes, 21 de julio de 2009




EL ANIMAL


La niebla nocturna se abatía sobre el pequeño valle al descender de las elevaciones circundantes y tomaba en silencioso asalto las callejuelas del poblado. La tenue luz que se filtraba a través de algunas ventanas dejaba ver que no todo mundo dormía. Por acá se dejaban escuchar voces festivas seguramente motivadas por el licor y más adelante un llanto infantil se abría paso entre la niebla pero no dejaba adivinar su origen. Sin embargo, faltaba poco para que todo se sumiera en el silencio mientras una luna en cuarto creciente iluminaba tímidamente el velo de niebla que lentamente se tragaba, una por una, las casas de la aldea.

Un resplandor amarillento y tembloroso se aproximó a una encrucijada e instantes después, una antorcha apareció en la esquina, sostenida por la mano en alto de un hombre que embozado en un zarape, cubría su cabeza con un sombrero de anchas alas y su paso decidido daba la impresión de saber a dónde iba; a grandes zancadas cruzó el arroyo y desapareció calle abajo... parecía tener prisa. Poco después la tenue luz de la antorcha pareció detenerse; durante unos segundos parpadeó indecisa y terminó por apagarse al mismo tiempo que se desataba un infernal coro de ladridos y escalofriantes aullidos que se prolongó por un rato hasta que se fue calmando el alboroto de los perros del vecindario.


Martín, el hijo mayor de los González, una de las familias más viejas de la aldea había llegado de vacaciones al terruño después de un semestre de estudios en una universidad de la capital del estado, donde cursaba estudios de paleontología. Su afición por los "huesos viejos", como les llamaba su padre, le venía de tiempo atrás cuando en sus andanzas por los montes de la región halló, entre los escombros de un cerro desgajado por las lluvias, las partes de un esqueleto fosilizado que parecía corresponder a un animal que habitó la región millones de años atrás. Martín se volvió famoso entre la gente del pueblo cuando emocionado guió a los científicos de la universidad estatal hasta el lugar del hallazgo. Tiempo después, recibió la noticia de que el esqueleto en cuestión pertenecía a una especie desconocida de carnosaurio que ahora sería llamada Raptor Martinensis en honor de él, su descubridor. Eso y la promesa posterior del rector de la facultad de otorgarle una beca para estudiar allá, fueron los acicates que lo impulsaron a terminar sus estudios preparatorios y finalmente aplicar para la beca, la que ganó sin muchas dificultades. La familia González vivía cómodamente pero sin lujos en la cercana población de Huetlayocan, pero gustaba de pasar varias semanas al año en la aldea de sus orígenes, donde sin luz eléctrica y sólo un pozo para abastecerse de agua, parecían encontrar la paz en la contemplación del lomerío cuyas laderas cubiertas de vegetación ocultaban a la vista su mayor tesoro: el cafetal.

Ese día, la mañana encontró a Martín desayunando a la luz de una vela cuando un rumor de voces se dejó escuchar y luego fuertes golpes llamaron a la puerta. Martín se levantó de la mesa y fue a abrir para encontrarse con un grupo de madrugadores vecinos cuyos semblantes alterados le decían que algo malo había pasado.

- Martín, ven Martín, ven a ver esto - exclamó una señora de edad, cubierta la cabeza canosa con un rebozo al tiempo que tiraba de su brazo - ¡mira nada más qué horror!

A escasos cincuenta metros, una mujer sollozaba ahogadamente sobre el cuerpo de un hombre que, tendido boca abajo sobre el húmedo empedrado de la calle, mostraba el brazo derecho ensangrentado y la manga de la camisa desgarrada; la pierna izquierda en similares condiciones y lo más impresionante, el cuello destrozado presentaba profundas heridas. Bajo el cuerpo y escurriendo calle abajo, sangre coagulada rodeaba cada piedra como si temiera mancharlas por encima; a su lado, una antorcha apagada atestiguaba la soledad de su muerte.

Esa noche en el velorio, Martín y los vecinos comentaban sobre qué clase de bestia podría haber hecho tal destrozo; hacía muchos años que por el rumbo ya no quedaban pumas y si acaso los hubiera, ya no bajaban del monte pues habían aprendido lo que era aquel estampido y el olor a pólvora de las escopetas de los lugareños entre los cuales había muy buenos cazadores. De cualquier manera, todo lo que decían no pasaba de meras conjeturas, que si los lobos, que si los coyotes y hubo quien aventurara la posibilidad de que algún nagual anduviera suelto por ahí con espíritu de venganza. Los temores ancestrales empezaron a aflorar y al calor del café con "piquete" salieron a la luz historias increíbles que los narradores juraban haber vivido o conocido de buena fuente. Martín, conocedor de la increíble fantasía de sus paisanos, escuchaba atentamente los relatos donde los personajes variaban desde brujas, duendes y naguales, hasta el mismísimo Satanás, disputándose el papel protagónico de las historias. Obviamente, la objetividad brillaba por su ausencia. Sin embargo, la mente de Martín hacía viajes de ida y vuelta entre las narraciones y la vívida imagen, que quedó grabada en su memoria, del cuerpo del infortunado vecino. Un recuerdo que le causaba escalofríos.

Aquella infortunada mañana, Martín había pensado ir en su viejo Jeep lo más cerca posible del lugar del hallazgo de su fósil, caminar desde ahí hasta el sitio mismo y volver a buscar, aplicando ahora las técnicas aprendidas en la universidad. Con métodos así, estaba seguro de que podrían resultar nuevos hallazgos ya que donde hubo uno, podrían hallarse dos... o más. Desgraciadamente, lo sucedido aquella mañana había interrumpido su proyecto; luego vino el velorio, los rosarios, el llanto, las anécdotas y la noche pasó a ser madrugada. El buen café mantuvo a Martín despierto y sin sueño por lo que decidió subir sus cosas de acampar al Jeep y la aurora del nuevo día lo vio partir del pueblo y enfilar rumbo a la sierra.

El vehículo avanzó sin dificultades durante unos seis kilómetros hasta que la brecha acabó por desaparecer, continuó a campo traviesa, cruzó el lomerío y a media mañana llegó a las laderas de la sierra. El monte, húmedo y fresco a esas horas del día, no tardaría en ponerse más caliente y lo tupido de la vegetación dificultaba cada vez más el paso del Jeep hasta que decidió detenerse y continuar un par de kilómetros a pie cuesta arriba, hasta llegar al sitio del hallazgo, de modo que cargó con tienda, mochila, cantimplora y por si acaso, la escopeta "cuata del doce", vieja compañera en sus caminatas, más unos cuantos cartuchos. Al empuñarla, no pudo evitar que la terrible imagen del difunto con la garganta destrozada acudiera a su memoria. ¿Que clase de fiera podría haber hecho eso? Y en todo caso, si tuvo toda la noche para hacerlo ¿Por qué no lo devoró? Recordaba entre sueños el alboroto que armaron los perros la noche de la desgracia, pero era una cosa tan común que los perros ladraran en esa forma de vez en cuando...


Con su impedimenta a cuestas, avanzó pesadamente por entre los matorrales por cerca de media hora. Buscaba con atención cualquier señal conocida que le recordara el lugar exacto del hallazgo y aunque el terreno le resultaba más o menos familiar, el monte sólo se parece al monte.

Deseaba encontrar el lugar del derrumbe pero después de unos minutos cayó en la cuenta de que habían pasado varios años desde aquel suceso; la universidad había marcado el sitio con unas piedras encaladas claramente visibles en ese entonces, pero ahora, la vegetación había invadido todo y prácticamente aquellas referencias habían cambiado o desaparecido; bueno, casi todas. La vista de un viejo encino con una de sus ramas caprichosamente retorcida le indicó que prácticamente había llegado y unos cien metros adelante, aunque disimulado por los matorrales, todavía se percibía el declive del derrumbe. Buscó un pequeño altozano y procedió a montar su campamento. Mientras lo hacía se lamentó por no haber traído consigo el GPS de la facultad, lo que le hubiera sido de gran utilidad para trazar el derrotero y marcar las coordenadas de su ubicación; algún colega se le había adelantado con el instrumento. Un gruñido seguido de un leve aullido le recordó lo vacío que traía el estómago; de hecho venía en ayunas. Se apresuró a armar la tienda y a acomodar sus cosas; encendió la estufilla de gas y se preparó un suculento almuerzo. Tenía grandes deseos de empezar a explorar ese mismo día y había acampado tan cerca del sitio como le era posible recordar, de modo que si el cansancio lo venciera, podría regresar rápidamente a su tienda y descansar.
(CONTINÚA)
Lo primero que hizo fue desyerbar una sección de cerca de dieciseis metros cuadrados y después empezó a retirar la tierra suelta hasta llegar al suelo original del cerro donde esperaba encontrar los estratos sedimentarios. La tierra suelta se retiraba con relativa facilidad pero suponía un esfuerzo de paleo considerable. Absorto en su actividad no se dio cuenta de que el día estaba por terminar hasta que un viento fuerte empezó a soplar y el cielo se cargó de nubes; una tormenta se avecinaba y el ocaso llegaba a su fin. Las primeras gotas le alcanzaron camino a la tienda apenas a tiempo para no empaparse y en cuanto cerró la cremallera de la entrada, el aguacero se desató en forma torrencial. El fulgor de un relámpago y el estruendo del trueno firmaron el inicio de una noche tormentosa cuya negrura cayó tan rápido como si alguien hubiera apagado la mortecina claridad del día. En el interior de la tienda la temperatura bajó rápidamente; a tientas, encendió la linterna, se quitó las botas y se metió en la bolsa de dormir y ya se estaba acomodando cuando recordó la escopeta, la alcanzó, quebró el mecanismo e introdujo un par de cartuchos en las recámaras; la cerró firmemente, colocó el seguro y la acomodó a su lado. Otra vez acudió a su mente la imagen del cadáver con la garganta destrozada y, moviendo la cabeza como para sacudirse esos pensamientos, apagó la linterna y se recostó. Afuera, la lluvia continuó cayendo por casi media hora y finalmente, cansada de mojar la tierra, terminó tan de pronto como había empezado.
El goteo de los árboles fue interrumpido por el ruido de una rama al romperse. Martín se incorporó... algo rondaba en el exterior. En silencio se puso las botas lo más rápido que pudo, empuñó la escopeta y despacio bajó la cremallera de la entrada. El cielo, ahora despejado, dejaba lucir la luna creciente y miríadas de estrellas cuya luz permitía ver las fantasmales formas de los matorrales. Se animó a salir, la lámpara en la mano izquierda y la escopeta en la derecha. Se incorporó y encendió la luz barriendo con el haz los alrededores e iluminando atrás de la tienda donde a escasos veinte metros se encontraba un árbol bajo; la luz de la lámpara subió por el tronco, continuó por una rama y ahí, a la mitad de ésta, un par de ojos fulgurantes lo miraban. Con el pulgar quitó el seguro del arma y estuvo a punto de alzarla y disparar cuando la lechuza se lanzó al aire y desapareció silenciosamente tras los árboles. Respiró aliviado y sin embargo, sus piernas temblorosas acusaban los efectos de la adrenalina; avanzó unos pasos iluminando el suelo y un fuerte escalofrío recorrió su espalda estremeciendo todo su cuerpo. Ahí, estampadas en la tierra reblandecida por la lluvia, había una huella... dos huellas... tres huellas... cuatro huellas que en forma de arco formaban un trayecto en la parte posterior de la tienda. Estaban separadas entre sí por unos treinta centímetros; cada una de ellas presentaba tres dedos y eran tan largas como las huellas de sus botas; entre las huellas y la tienda no había más de cinco metros.
Esto no puede ser posible - dijo para sí mientras nerviosamente recorría con la luz los alrededores - estos animales se extinguieron hace millones de años ¿Por qué no me atacó? era una presa muy fácil. Sólo, encerrado en la tienda e inmóvil, debe haberme olfateado, el viento sopla suave hacia atrás de la tienda... inmóvil, ¡Eso es! Seguramente ahora me está observando agazapado entre los matorrales, no debo moverme pues si corro a la entrada de la tienda no tendré oportunidad de llegar, se supone que eran muy rápidos y el mejor estímulo para este depredador es que su víctima corra. Debo moverme muy despacio hacia la tienda y... luego ¿Qué voy a hacer en la tienda? ¿Esperar a que venga por mí sin que lo vea llegar? Mejor me muevo lentamente hasta el centro del claro y a ver qué pasa, así, al menos tendré tiempo y distancia para dispararle venga de donde venga. - Entonces, muy lentamente fue moviéndose paso a paso, atento a cualquier ruido que delatara la presencia del animal; el dedo en el gatillo y el corazón acelerado que le golpeaba en el pecho y le percutía en las sienes; en su vida había sentido tanto miedo. A su mente retornaba la imagen del infortunado paisano - ¿Sería esta bestia la causante de aquel ataque? - Por momentos la lógica se quería imponer pero el terror que sentía no le dejaba pensar con claridad, sólo sabía que estaba viviendo algo imposible ¡Un carnosaurio estaba a punto de atacarlo! Él mismo había visto sus huellas inconfundibles rondando la tienda, no había duda, pero no caería sin pelear. Notó que el miedo se le había convertido en decisión y furioso, resoplando de ira, caminó más rápido girando sobre sí mismo todo el tiempo y casi deseó que el reptil apareciera para dejarle ir las dos cargas de perdigones. Llegó al centro del claro y se detuvo. Quiso gritar con todas sus fuerzas ¡Déjate ver, maldito! Pero su garganta no emitió ningún sonido. A sus espaldas, un leve ruido lo hizo girar apenas a tiempo para ver las fauces abiertas que se abalanzaban sobre él, encañonó por instinto y oprimió los dos gatillos en rápida sucesión. Los dos estampidos resonaron en el monte.
Martín, en el piso de su tienda aferraba la linterna con desesperación y entonces sí, un grito prolongado escapó de su garganta. Afuera de la tienda había luz y escuchó voces y ladridos cada vez más cerca. Abrió la cremallera y salió sin dejar de empuñar la linterna ahora encendida aunque la luz del día era evidente. Lo que vio fue un grupo de cuatro vecinos, todos armados con sus respectivas escopetas, que lo miraban como si tal cosa y le señalaban un bulto obscuro en el suelo frente a ellos.
- ¡Mira Martín! ¡Aquí está el asesino! Creo que venía por ti - dijo uno de ellos mientras botaba los cartuchos quemados de su escopeta - lo vieron salir corriendo a poco de que te fuiste y pos lo seguimos, no era cosa de dejarlo ir, soltamos a los perros y corrimos y caminamos tras ellos hasta que empezó a llover. Los perros luego luego perdieron el rastro con tanta agua. Ya íbamos a regresar cuando nos acordamos de ti y pensamos mejor en venir a avisarte, no fuera la de malas. En cuanto dejó de llover caminamos de nuevo hasta que allá abajito cruzó delante de nosotros y enfiló pa'cá. Ya pa'llegar aquí que se nos cruza de nuevo y que le suelto dos tiros y pos aquí está ya bien muerto. - Martín no salía de su estupor, miró su reloj - casi las ocho - como hipnotizado caminó lentamente hacia ellos con la mirada puesta en el bulto tendido en el suelo. Poco a poco su mente se fue aclarando y cuando llegó hasta ellos ya estaba recuperado físicamente pero su mente aún no conectaba con la realidad. Ahí, bajo sus propias narices se encontraba el cadáver, todavía caliente, de un enorme perro de pelaje negro. - Un perro... - balbuceó Martín - Sí, un perro, pero rabioso y bien grande - terció otro - ¿Te imaginas lo que hubiera pasado si se queda en el pueblo?