Fue en uno de tantos paseos por el Zócalo de la ciudad. Estaba sentado en una banca disfrutando de la sombra de los árboles cuando de repente, la vi. Su clásica belleza me fascinó de inmediato y tímidamente me levanté y me le fui acercando con mucha discreción. Realmente era hermosa. Muy allá, en algún paraje lejano de mi memoria creí haberla conocido. Me detuve a tres pasos de ella y la observé con detenimiento. El cabello recogido hacia atrás y atado con un lazo, descubría las perfectas líneas de su rostro. Admiré su perfecto perfil griego y la plácida expresión de sus facciones. Di un pequeño rodeo para mirarla desde el lado opuesto. ¡Qué figura! Las suaves curvas de su cuerpo se percibían a través de la tela de sus ropas. ¡Qué perfección! De inmediato me cuestioné por qué estaría tan sola. Parecía esperar a alguien pero con una actitud de sosiego que me hizo pensar que no le importaría aguardar una eternidad. Decidí averiguar su nombre y con decisión me acerqué a ella. Mis ojos enfocaron una placa de mármol que decía: "Obsequio de la colonia sirio libanesa de Puebla".