martes, 27 de diciembre de 2011

CONTACTO

Me costó trabajo comunicarme con ella. Después de muchos intentos logré encontrar una vía, una conexión, un estado de ánimo que facilitara el enlace. Yo soy solamente una idea, un ente conceptual, un espíritu con deseos de comunicarme. Ella se sorprendió el día que logré el primer contacto. No supo de dónde venía mi voz, mas se sobrepuso rápidamente y eso me gustó. Nuestros encuentros empezaron a ser más frecuentes y más largos en la privacidad de su habitación. Poco después descubrí que podía acceder a ella en otras circunstancias y fue fantástico. Lo hicimos en el Metro, en la calle, en su lugar de trabajo. Nos explayábamos a placer. Me platicaba sus problemas y parecía no interesarle mi opinión. No me pedía ningún consejo. Pero poco a poco, con el tiempo, las cosas empezaron a cambiar. Ella tomó la iniciativa. Me sorprendía en los momentos más inesperados abandonando toda discreción. Lo hacía cuando le daba la gana, cada vez con más frecuencia, y no paraba de hablar. Me convertí en el escucha perfecto, silencioso y receptivo. Nunca me ha visto ni sabe quién soy pero ha logrado invadir mi espacio y mi tiempo. Eso no me gusta. Siento que he perdido el control. Yo busqué el contacto e inicié la relación pero ella ha impuesto ahora las condiciones de nuestros encuentros. No pude soportar más y decidí ponerle fin al asunto.
     El último contacto fue ayer, en un bar de la calle de Palma. Sólo un hombre en la barra, el cantinero y un parroquiano sentado en la mesa del rincón. Ella llegó y se acomodó en una mesa. Me llamó y con su habitual desenfado empezó su verborrea. Siempre era lo mismo. Conocía sus problemas al detalle y sabía las soluciones pero jamás las aplicaba. Sus broncas insolutas eran el combustible de su vida. Su razón de vivir.
     Dirán que fui grosero, que eso no se hace, que no es de personas educadas, pero finalmente reuní el valor para largarme y dejarla hablando sola.

martes, 20 de diciembre de 2011

VELOZ

Salió disparado por la bocacalle. Sin detenerse, cruzó por el camellón y recorrió una cuadra por la acera hasta la esquina. Ahí dio la vuelta a la izquierda y avanzó veloz por dos cuadras más para llegar hasta una amplia avenida. Tomó por ésta y corrió por ella durante seis calles sin detenerse ni bajar la velocidad. Cruzó en diagonal por los andadores de un jardín y se coló entre los grandes macetones de una calle peatonal, ahorrándose un rodeo de dos manzanas. Llegó a una unidad habitacional, subió a la banqueta y corrió raudo por las veredas zigzagueantes haciendo alarde de equilibrio y habilidad. Llegó al edificio 43-A, bajó de la moto y subió de dos en dos los escalones al primer piso, luego al segundo y ya iba por el tercero cuando resbaló, tropezó y rodó aparatosamente escaleras abajo. Cuando se detuvo daba lástima. Su ropa estaba enrojecida de catsup y las rodajas de salami decoraban su camisa sobre un embadurne de mostaza. Hebras de queso derretido unían su cara con sus manos. Mirando el batidillo, solo atinó a comentar: ... ¡Y mi madre dice que la moto es peligrosa!

martes, 13 de diciembre de 2011

EL PORTÓN

A poco andar topé con un portal y me detuve. Era un lugar extraño. No hermoso pero tampoco feo. En una barda  elevada y tan larga que se perdía de vista en la niebla, aquel gran arco de piedra era la única abertura y carecía de reja. Me pregunté el porqué de un muro así con una entrada, ¿o salida? sin puerta alguna ni vigilantes que controlaran el acceso. Mis pasos crujían tímidamente en la gravilla al acercarme. Un vientecillo tibio y con olor de bosque me envolvió en un remolino de niebla cuando escuché una voz indefinida que parecía venir de todas partes.
         -¿Estás seguro?
         -¿Perdón?- respondí confundido- ¿Quién pregunta?
         -Yo.
         -¿Quién es yo?
         -Soy El Portón. 
         -¡Pero si no hay portón!- exclamé y tratando de recuperar mi lógica dije- y además... ¡Los portones no hablan!
         -Yo sí.
         -Está bien, si eres El Portón ¿por qué no te veo?
         -¡Vaya tonto! ¿Por qué crees? ¡Soy invisible!
         -¡Oh, vamos! ¡Muéstrate! ¿Dónde estás?
         -¡Frente a tus narices!
Extendí la mano con el temor de encontrar algo pero no había nada.
         -¡Aquí no hay nada!
         -¡Sí que lo hay! Además soy un portón de un solo sentido. Si cruzas no podrás volver. No lo hagas si no estás seguro.
         -Seguro...¿de qué?
         -¡Válgame contigo! Algo debe estar funcionando mal en alguna parte. El que llega aquí debe estar seguro, si no, no vendría ni mucho menos intentaría cruzar este umbral. Pero viéndolo bien tú no tienes la culpa. Quizá no debí preguntarte si estabas seguro. Sólo deseaba establecer comunicación y tal vez platicar un poco. Estoy harto de preguntar el santo y seña a todos los que llegan por aquí. Me lo dan y pasan sin más trámite.
         -¿Santo y seña? ¿Cuál santo y seña?- pregunté un tanto exasperado.
         -¡Ah! ¿No te dijeron cuál era tu santo y seña?
         -¿Quién me lo tenía que decir?
         -Alguien. Pero eso no tiene importancia. Si te lo hubieran dicho lo sabrías. ¡Es tan sencillo!
         -¡Pancho! ¡Pancho! ¿Cómo te sientes?- dijo una voz conocida.
         -¿Eh? ¡Ah...sí!... Creo que bien. Sí, me siento bien- dije mientras me incorporaba.
         -¡Qué bueno que siempre usas el casco! Tú ya la libraste pero de tu moto, no puedo decir lo mismo.

martes, 6 de diciembre de 2011

QUERIDO SANTA CLAUS

Algún día tenía que decírtelo y ese día ha llegado. Es cierto que mi relación contigo me ha dado cierta celebridad pero mientras llega la Navidad, me paso la vida encerrado en un lugar caliente y apestoso   esperando ese evento que siempre tarda un año en llegar. Quisiera que en esta ocasión se me cumpliera este deseo: Quiero estar todo el año en libertad vagando por ahí con mis amigos. Creo que no es mucho pedir, total, si me necesitas sólo tienes que buscarme. Sabes muy bien que no me puedo ocultar. Además, para mí es un placer ayudarte. El ver las caras de felicidad de los niños en Navidad me da energía suficiente para cumplir con mi cometido anual. Ahí queda mi petición y espero que no la eches en saco roto.

Desde el pesebre con cariño

Rudolph.

martes, 29 de noviembre de 2011

A LA LUZ DE LAS ANTORCHAS

Se acercaba, ocultándose en el bosque ralo,  lo más posible hasta donde pastaba la manada y observaba, observaba. En su diestra llevaba un arma mortal, pero él no iba de caza. Sólo observaba. Miraba fijamente cada detalle de los animales que, tranquilos, aún no percibían el olor de los cazadores. Así le gustaba verlos. Vivos y llenos de energía. Las siluetas se mezclaban entre sí dificultando la definición de sus contornos, pero sus ojos avezados sabían lo que buscaban y en su mente tomaba forma cada paso, cada salto, cada movimiento de cabeza y le embelesaba la grácil curvatura de los mortales cuernos. Los cazadores del clan se habían desplegado a contraviento pero éste, arremolinándose de pronto, delató sus posiciones y la manada inició una estampida. Los alaridos de los hombres se mezclaron con los mugidos de las bestias que, en su carrera, desfilaron de costado frente a los cazadores. Las lanzas y flechas volaron y varias veces se escuchó el seco impacto de sus puntas de pedernal. Varios animales cayeron heridos y fueron de inmediato rematados. Gritos de júbilo coreaban la escena de muerte mientras él cerraba los ojos tratando de recordar los rasgos de aquellas bestias en huida. Los animales sacrificados fueron despojados de sus pieles y destazados en el lugar para facilitar su transporte.
    El clan recibió a los cazadores con grandes muestras de alegría y empezaron a preparar las fogatas cuando llegaba el crepúsculo. Una vez más se dirigió solo a la gran cueva. Llegó a lo más profundo. Era un lugar sagrado. A la luz de unas antorchas, con diligencia febril, trazó las últimas siluetas que había memorizado. Líneas puras con una fuerza expresiva extraordinaria. Formas con los volúmenes sugeridos por el esfumado del color, que dejan a la mente la terminación de las figuras. Líneas aún más simples dejaban ver a varios cazadores armados con arcos, flechas y venablos, correr desaforados entre las bestias en una mezcla de cuernos, patas, brazos y piernas. Una sinfonía de vida y muerte.
    En la oscuridad de la caverna, había perdido la noción del tiempo. Apoyó la palma de su mano derecha contra el muro y esparció la tinta sobre ella dejando su firma estampada en la pared de roca. En esta última ocasión habían pasado dos días. Un grupo de hombres llegó en ese momento y se desplegó a lo largo del muro. Sus ojos incrédulos contemplaban las figuras que llenaban los muros y la bóveda y que a la inquieta luz de las antorchas parecían moverse. De sus gargantas surgieron expresiones de asombro que poco a poco se convirtieron en gritos de júbilo.
    Hoy estuve ahí una vez más y como siempre, sigo admirando al extraordinario artista que con su sensibilidad y talento les dio vida a las antes inertes cuevas de Altamira.

martes, 22 de noviembre de 2011

EL TÍO CHALO

La Laguna, nombre que la gente del pueblo le daba a la entonces extensa cuenca del río Lerma, había visto nacer, crecer y hacerse viejo a un lugareño ahora solitario que desde su humilde choza, en las indefinidas márgenes del río, miraba diariamente salir el sol por entre las rendijas de su puerta. Como es costumbre, los adultos llaman a los viejos "tíos" en un trato reverencial. El anciano era conocido como "el tío Chalo". Cultivaba una hectárea de terreno con hortalizas de varias clases. A su edad, cercana a los noventa, eso significaba un gran esfuerzo y fatiga pero era esa actividad la que lo mantenía con vida. La vereda comunal pasaba cerca de su choza y eventualmente algún paisano pasaba a saludarlo y ver cómo se encontraba. Por las tardes se le podía hallar sentado en una silla desvencijada que apoyaba contra el muro de la casa, con un gato morisco echado a su lado, su única compañía. No era un gato faldero y parecía tener, junto con una personalidad muy definida, la seguridad de ser el propietario de toda la laguna. La cosa es que la gente que lo visitaba comentaba lo bien que estaba de salud el tío y que en varias ocasiones los había invitado a comer un sabroso pato cocido con verduras, platillo magro y nutritivo que conservaba al tío delgado, fuerte y correoso como tronco de ciprés.

    Un día en que muy temprano pasaba yo por ahí con mi escopeta al hombro a la caza de gallaretas, lo vi sentado en su decrépita silla desplumando un pato. Desde luego que me acerqué a saludarlo y tras las frases de rigor me preguntó qué tal me funcionaba la escopeta. Le dije que muy bien, que era herencia de mi padre, del 16 con dos cañones. Me dijo que estaba bonita y yo se lo agradecí preguntándole a mi vez que cómo era la suya. Me contestó que ya no la tenía. La había vendido porque el parque le salía muy caro. Le pregunté cómo había cazado ese pato en proceso de desplume y me quedé callado con cara de extrañeza. Pareció darse cuenta. Se me quedó mirando y finalmente, con una luz traviesa en sus pupilas me señaló al morisco que holgazán, dormitaba a su lado. Él me trae por lo menos un pato a la semana, me dijo. Éste amaneció hoy frente a la puerta. Todo lo que quiere es que lo comparta con él. Es muy exigente, no los come crudos, le gustan cocinados.

martes, 15 de noviembre de 2011

EL HUNDIMIENTO DE LA DALIA

Fue allá por los años cuarenta, a mediados de la guerra. La segunda, claro. México la había declarado contra los países del Eje. Una guerra muy lejana cuya máxima aproximación para el pueblo fue el hundimiento de varios buques petroleros de bandera mexicana que alimentaban la industria bélica yanqui. Primero fueron dos y nadie dijo nada, pero después fueron otros cuatro y como eso ya calienta, ¡Zás! ¡A la guerra! Así de simple.
    Fue en un domingo soleado. Navegábamos en aguas tranquilas, ajenos a cualquier amenaza. Éramos una gran familia. Como buenos mexicanos, festejábamos el cumpleaños de alguien. No recuerdo de quién pero eso no importa. Desde que salimos del muelle íbamos sobrecargados y nuestra línea de flotación era verdaderamente crítica. Algunas filtraciones se habían detectado ya sobre la marcha. El festejo eliminaba diferencias y llegó un momento en que los vapores del tequila y las cervezas lograron la hermandad de todos. Las canciones, las porras, los gritos y los chiflidos inundaban la cubierta. Alguien sacó una guitarra y los compases del entrañable "Cielito lindo" llenaron el ámbito. En algún momento alguno notó que el nivel del agua dentro del casco había aumentado considerablemente al lado de babor. Fue el principio del fin. Los que estaban de ese lado empezaron a pasarse a estribor. El capitán, con mucho tino y basándose en años de experiencia, decidió regresar a puerto de inmediato. La nave empezó el cambio de rumbo y a media bordada, una súbita inclinación de la nave embarcó una buena cantidad de agua. Se oyeron gritos de pánico. Algunos se lanzaron al agua para aligerar la nave pero ya era tarde. El agua terminó por llenarlo todo y en un borbollón dramático la embarcación se hundió en menos de un minuto. Afortunadamente no íbamos solos. Otros navíos de la flota se aproximaron a auxiliarnos. Los náufragos pataleaban levantando espuma de las verdes aguas y se aferraban a las bordas de las otras naves. Yo esperé hasta el último momento sin entrar en pánico. Me ayudaron a subir a otra embarcación. Llegamos a puerto. Desde el muelle, chorreando agua voltee a mirar. Sobre la superficie, el colorido copete de nuestra embarcación apenas sobresalía pero se podía leer el nombre reflejado en las aguas: DALIA.
    La cosa no pasó a mayores, pero fue la última vez que me embarqué en Xochimilco.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

SILENCIO

Todo el pueblo conoce a Juan el sordomudo. Es un hombre de unos cincuenta años, pequeño y de apariencia frágil. Vive en una choza en las afueras y todos los días, a las cinco y media de la mañana, sale de ahí y recorre el trayecto hasta la plaza mayor, jardincillo sombreado por vetustos árboles. Camina exactamente por el centro y llega directamente al arco en la entrada del atrio. Cruza ese espacio con rapidez. Ante la gran puerta de madera, echa mano a su bolsillo, saca una llave de hierro forjado y la introduce en el cerrojo. El portón se abre en medio de un coro de rechinidos amplificados por la acústica del templo. La iglesia está abierta. Los pasos de Juan resuenan en el ámbito vacío y llegan hasta la sacristía donde se repite el rito con otra llave. Las luces de la aurora se filtran ya por los humildes vitrales e iluminan las bancas vacías. Juan regresa con sus pasos resonantes y desaparece por una puertecilla. Faltando cinco minutos para las seis, el sol ilumina la torre de la iglesia y a Juan que, con una sonrisa de oreja a oreja, hace sonar la campana para el primer repique. Está feliz. Sabe que el pueblo entero lo está escuchando.

martes, 1 de noviembre de 2011

SUCEDIÓ EN NOVIEMBRE

Esa noche parecían haberse desatado las fuerzas del infierno. Ojos que brillaban como brasas y cabezas sin cuerpo integraban un desfile macabro donde todos esos seres parecían danzar una coreografía espeluznante. Sombras escurridizas se movían al cobijo de la oscuridad y los reflejos de sus ojos indicaban claramente que las fuerzas del mal andaban sueltas. Algunos entes formaban grupos de tres o cuatro y se aproximaban a las puertas de las casas. Risotadas escalofriantes y algunos gritos indicaban que las víctimas caían una tras otra. Aquello era un aquelarre en plena calle y las brujas, los espectros y demás engendros hacían de las suyas sin que nadie hiciera algo por impedirlo. Yo acababa de salir de un bar cercano y como extranjero en esa población, jamás había visto nada igual. Oculto tras un seto, esperaba pasar inadvertido. De pronto, tras de mí, un ruido extraño me hizo voltear rápidamente para encontrarme cara a cara con unos ojos terribles y una sonrisa desdentada por demás impresionantes al tiempo que, como salida de la tumba, una voz chillona me gritó: "Trick or treat!" Yo, con rápidos reflejos, puse las manos en alto y de inmediato una cáfila me rodeó gritando al mismo tiempo la estridente frase. En eso, la casera abrió la puerta y con una sonrisa beatífica empezó a repartir dulces a todos los monstruitos. Yo simplemente me colé en forma muy discreta al interior donde un instante después me dio un ataque de risa.

martes, 25 de octubre de 2011

CLAUSTRO

Lluvias de verano y amaneceres de niebla. Humedad intensa que todo lo envuelve. Sempiterno verdor. Naturaleza omnipresente alrededor. Fuera, un calorcillo suave y confortante. Dentro, frescura y casi frío. Olor a musgo. En los pasillos alrededor del patio, bajo los arcos, la alegórica presencia de las cuentas del rosario pintadas al fresco por incógnitos indígenas. Silencio, quietud, aroma a incienso.
    La campana toca a maitines. Empieza el día. Abro la ventana de mi celda. Al fondo, el sol se dedica a definir con descendente dramatismo los peñascos superiores del acantilado; acentúa poco a poco las sombras y define el contorno de las rocas con hábiles trazos de sus pinceles de luz. La cascada insiste en hacerse notar con su blanco contraste y al verse observada se deja caer lánguidamente al abismo. Abajo, más cercanos, los huertos se extienden como una alfombra cuyo verdor se interrumpe aquí y allá por tejados de barro. 
    Hace ya diez años que abracé la vida monástica. Me gusta la paz y el sosiego del alma. Sin embargo mi espíritu, ávido de comunicarse, encuentra en las palabras su mejor recurso. Para hoy he preparado un sermón sobre los designios de Dios. Sobre los caminos rectos trazados con reglas curvas. Sobre la gracia de aceptar su inefable voluntad.

Fray Juan de Dios y María Santísima.

Día 24 de Agosto del año del Señor 1573
Convento de la Natividad
Tepoztlán.

martes, 18 de octubre de 2011

SOLEDAD

Eran las seis de la tarde y seguía lloviendo. Por la mañana, una lluvia constante. Ahora, se trataba de una tormenta eléctrica que oscureció prematuramente el día y azotaba el tejado y las paredes de la casa con ráfagas de granizo. ¿De dónde vendrá tanta agua? Se preguntó. Poco a poco, un rumor que había ido creciendo llegó hasta sus oídos y se convirtió en estruendo. Revisó la ventana y se dirigió al fogón donde ardían algunos leños. Se frotó las manos entumecidas. Encendió una vela y se dirigió a la puerta que resistía el empuje del viento. Antes de llegar a ella, sus pies sintieron el agua que entraba reptando como una serpiente invadiéndolo todo. Forcejeó con el cerrojo y éste cedió de pronto. La puerta se abrió de golpe hacia dentro derribándola con su ímpetu. El agua entró de golpe y se apoderó del aposento. Se levantó tosiendo. La vela se apagó. Empapada, subió a la mesa cuando vio que el agua le llegaba hasta los muslos y seguía subiendo. Formaba oscuros remolinos que se retorcían como monstruosas bocas queriendo devorarla. De rodillas sobre la mesa vio apagarse la veladora en el huacal junto a la cama. La cajita de madera donde guardaba sus "pequeñas cosas", describía círculos mientras flotaba como buscando una salida. Trató de alcanzarla un par de veces y dejó de intentarlo. Pensó en Damián y se consoló al recordar que él estaba lejos. Muy lejos. La oscuridad envolvió el lugar y por momentos sintió estar ya bajo el agua. Tímidamente bajaba una mano para sentirla. Llegaba a menos de una cuarta bajo la cubierta de la mesa. Tiritando por el frío, se quitó sus ropas, las exprimió lo mejor que pudo y se las volvió a poner. Se sintió mejor. Cansada, se hizo un ovillo sobre la mesa y se quedó dormida.
    El canto de un gallo la despertó. La luz de la mañana entraba por la puerta abierta  y se reflejaba en el agua que parecía llenarlo todo. Había dejado de llover. Permaneció inmóvil. Sus ojos hacían inventario de la realidad. Se animó a incorporarse. El nivel del agua había bajado un poco. Vio que el fogón había quedado apenas sobre éste y dos o tres palos secos en el rescoldo prometían comida caliente. Sin pensarlo mucho bajó de la mesa y entró al agua que ahora le llegaba a las rodillas. El silencio contrastaba con el fragor de la noche anterior dándole una sensación de paz. Hurgó en el fogón, sacó las cenizas, acomodó los leños y un rato después recalentaba frijoles y tortillas. Le quedaba poca agua en el botellón pero fue suficiente para preparar café en un reconfortante almuerzo.
    No probó otro alimento durante dos días más. El nivel de las aguas no bajaba y amenazaba con llover de nuevo. Al mediodía, el ruido de un motor la hizo salir. Era una lancha de auxilio. Quiso quedarse si le daban una despensa pero le dijeron que venía más agua. Se aproximaba un huracán.
    Rumbo al refugio, llevaba en sus manos la cajita de madera con sus "pequeñas cosas". Esa noche pensaba en el río cruel que, sin embargo, la había perdonado ya dos veces. Antes de dormirse abrió la cajita y leyó por enésima vez la última carta de Damián. Todas comenzaban igual: "Querida Soledad".

martes, 11 de octubre de 2011

¡FUNCIONA!

El individuo me abordó discretamente junto a los sanitarios en el aeropuerto de Kabul. Como es natural, yo me comporté desconfiado. En el lugar pululaban operarios gringos de cuanta corporación puedan ustedes imaginar y elementos del ejército armados como si fueran a combatir fuera de nuestro planeta. El misterioso sujeto pretendía pasar inadvertido pero su fisonomía y sus ropas lo hacían parecer como un auténtico mujaidín. Es más, creo que era un mujaidín. Sus expresivos ojos denotaban angustia y temor. Se acercó a mí y me dijo por lo bajo.
    -Necesito ayuda. Esto es para usted. - dijo mientras intentaba darme un pequeño objeto que traía en la mano, a lo que yo me rehusé.
    -No, gracias, no me interesa. - le respondí al tiempo que me mostraba en su palma un anillo dorado bastante... barroco.
    -Créame que se está perdiendo de algo verdaderamente maravilloso.
    -No, no me interesa. De veras.
    -Perdóneme que insista. Acéptelo. ¡Es un regalo! Usted es la única persona en este lugar, que merece este verdadero tesoro. Le aseguro que esto no es para cualquiera. ¡Usted es un elegido!
    -¿Si? ¿Quién me eligió?
    -Pues... ¿Me creería que han sido las Energías Universales?
    -¡¿Las qué?!
    -¡Las energías que crean, transforman y destruyen el Universo! - me respondió vehemente.
    -¿En ese anillo? - exclamé incrédulo.
    -Bueno, debo decirle que el anillo es una especie de condensador de esa energía. Algo así como la clave para abrir una caja de caudales.
     Esa última metáfora logró captar mi atención, por aquello de los caudales.
    -Está bien. ¿Cuánto quiere por él?
    -Señor, - me contestó un poco resentido - esto es más serio de lo que usted cree. ¡Le dije que es un regalo! Sólo tiene que seguir mis instrucciones. Mi vida está en peligro. Los agentes americanos darían la vida por atraparme. No por mí. Por este anillo. Mi buena fe es absoluta y para demostrárselo, tenga. Póngaselo usted.
    No bien me lo puse, un tropel de agentes penetró corriendo por el extremo del corredor a mis espaldas. El rostro moreno del hombre palideció a un color gris exangüe.
    -¡Míreme a los ojos! - me dijo - ¡No deje de mirarme y gire la cara del anillo hasta que haga click! - Así lo hice y de pronto me encontré mirando a la pared. El hombre sencillamente ¡había desaparecido! Los agentes pasaron junto a mí, entraron al baño, salieron y se dispersaron por los pasillos del aeropuerto.

    Tengo el anillo y algunas ideas de lo que puedo hacer con él pero me queda una duda. Aquel hombre ¿a dónde se fue?

martes, 4 de octubre de 2011

LA CALLE

Esa noche caminaba de regreso a mi hotel, distante unas diez cuadras, después de asistir al teatro. Decidí acortar camino por calles que no conocía. Hacía algo de frío y llevaba las manos en los bolsillos del abrigo. El tránsito vehicular era escaso y el comercio estaba cerrado. El entorno se volvió silencioso. Los escasos peatones quedaron atrás cuando di vuelta en una calle de una sola cuadra, cerrada en sus extremos por sendas transversales. Casi de inmediato, el único ruido que llegó a mis oídos era el de mis propios pasos. Un arbotante iluminaba suavemente desde la mitad de la calle. La onda descendente de un escalofrío recorrió mi espalda y se desvaneció en el aire de la noche. Era una calle sin puertas ni ventanas. Los muros que la flanqueaban parecían ser las respectivas partes traseras de antiguas edificaciones. Simples bardas, bastante altas. Me invadió la terrible sensación de haber caído en una trampa. Estuve a punto de detenerme y regresar. Me sentía observado. Rápidamente giré el cuerpo para ver si alguien me seguía. Nadie. Llegué bajo el farol. Ahora me daba lo mismo devolverme o continuar. Decidí avanzar. Mi sombra se iba alargando por delante marchando al compás del eco de mis pasos. Las luces de un taxi solitario que cruzó por la bocacalle, definió las siluetas de tres hombres en la esquina. Parecían hablar entre ellos. Volteé nuevamente hacia atrás. Sólo me faltaba ver otros dos o tres tipos cerrándome la salida, pero no había nadie... todavía. La adrenalina empezaba a ponerme tenso y aflojé los puños en los bolsillos sintiendo cómo las palmas me sudaban. ¿Qué haría al llegar a la esquina? ¿Debía continuar por la acera donde estaban los tres individuos? ¿Regresaría corriendo a todo lo que daba? ¿Me detendría a "atarme" los zapatos? ¿Me pasaría a la otra acera? ¿Y si ellos hacían lo mismo? Faltaban escasos veinte metros para llegar a donde los sujetos se encontraban cuando una luz iluminó sus caras indefinidas y uno tras otro encendieron sus respectivos cigarrillos. El fósforo se apagó. Entre risas, cruzaron la calle y siguieron su camino. Cuando llegué a la esquina, el olor del humo de tabaco era lo único que quedaba.
    Al llegar al hotel, el recepcionista me saludó como siempre, me entregó mi llave y me preguntó si estaba haciendo mucho frío porque me veía muy pálido.

martes, 27 de septiembre de 2011

LA PALABRA

Parece que mis deseos de escribir son inversamente proporcionales al  tipo de temas que quiero abordar. Dicho de otro modo, cuando tengo muchas ganas de escribir, no se me ocurre sobre qué. Tal vez sea a causa de que no hallo cuál de todos los temas es el que merece ser puesto por escrito. En ese estira y afloja se me pasan los días y miro con horror cómo corre el calendario. Luego me estabilizo un poco, me siento ante la computadora, la enciendo y contemplo con cierto resquemor el aparato que veloz, se aproxima en Word, a la temida página en blanco. Esa que llena la pantalla con su terrible vacío y me encuentro como al principio. No aparece, pese al nombre del programa, palabra alguna que me de pie para iniciar la narración. Desánimo y frustración invaden mi espíritu. Aquella palabra inicial que contiene el germen de algún magnífico relato se niega a presentarse. En cierta ocasión apagué la computadora y la volví a encender varias veces con la intención de que en alguna de ésas, aquella página en blanco me dijera algo. Nada. No es así como funcionan las cosas, parecía decirme la pantalla. En eso, llamaron a la puerta. Era temprano. ¿Quién será? Salí a la reja y me topé frente a frente con un par de circunspectas damas. Me saludaron amables y a bocajarro, con gran convicción y autoridad me dijeron:
    -Le traemos la palabra.- ¡Increíble! Me quedé estupefacto ante tan inesperado portento.
    -¿De veras? - les dije sin pensar. - ¡No tienen idea de lo mucho que he esperado este momento! Son ustedes mi punto de partida. El primer paso en el arduo camino de la creatividad que creí agotada. La llama que iluminará las oquedades de mi cansado intelecto. La sombra protectora del árbol del conocimiento. La guía segura en el trayecto de... Señoras, ¡Señoras!
Mi reja estaba cerrada con llave. Tardé un poco en abrirla. Cuando salí a la calle las damas casi llegaban a la esquina. En vano les grité que me dieran la palabra. Apresuraron el paso y quizá para evitar convertirse en estatuas de sal, jamás voltearon a verme.

martes, 20 de septiembre de 2011

AFUERA

Es verano y llueve. Me asomo. El cielo gris y la tierra verde se multiplican en las gotas aferradas al cristal de la ventana y en cada una de ellas también llueve. Me animo y salgo. Fríos impactos en mi cabeza pretenden devolverme la conciencia. El agua escurre por mi frente. Agachado, descubro en el suelo el reflejo de un cielo salpicado. Avanzo. De las frondas se desprenden gotas mayores que tratan de llamar la atención dejándose caer con más ruido y mojando mucho más. La madre de todas las gotas golpea con fuerza en mi coronilla, se desliza por el entrecejo, escurre por mi nariz, salta al vacío y muere absorbida en la rodilla del pantalón. Debe haberse divertido. Un charco me invita a salpicar. Acepto de inmediato y de un salto caigo con los pies juntos en su centro. ¡Guau! Yo también puedo llover. Repito el salto y me río en forma reprimida. La lluvia arrecia y ya estoy empapado. Resisto la tentación de deslizarme de panza en esos charcos. Podría mojarme demasiado. Pienso en regresar cuando escucho que me llaman. Son mis amigos desde la casa. Los llamo a señas. Dudan. Intercambian opiniones y deciden salir en la forma más silenciosa posible. Corren a través del prado cayendo y levantándose. Alguien osado organiza una competencia de natación en el pasto. Quienes no participan echan porras mientras chacualean a placer. No falta el que tímidamente se cubre la cabeza con la mano para no mojarse mientras sus ropas chorrean en catarata. Aquello era lo máximo pero no faltó quien "rajara" y el primer adulto en salir dio la alarma. El portal de la casa se llena de mamás que gritan llamando a sus críos. Algunas se animan a salir y corretean a sus hijos para llevarlos a la casa. Tropiezan y caen. Pronto sus risas se incorporan al jolgorio que se organizó bajo la lluvia. Otras mamás se añaden al borlote y aquello crece hasta alcanzar niveles de veras festivos. Todo es risas y alegría. Muy diferente al reprimido interior de la casa a causa de la lluvia. Ha sido la fiesta de cumpleaños más divertida a la que me hayan invitado. El barullo terminó poco después pero el resto del día siguió lloviendo.

martes, 13 de septiembre de 2011

EL ARMARIO

Muchas veces se me ha dicho que me comporte como el adulto que soy, tal vez no con estas palabras, pero siempre con esa intención. Creo que la postura de mis interlocutores era la de la mayoría de la gente adulta.
    Hace tiempo, cuando era niño, me molestaba bastante que los adultos me callaran la boca, hasta que caí en la cuenta de que los que estaban mal eran ellos. ¿Cómo pedirle a un niño de siete años que se comporte como adulto? ¿Cómo forzarlo a callar y no participar en las conversaciones de los adultos? ¿Cómo podían ellos saber que yo estaba pensando que eran unos necios y que lo que decían eran puras tonterías? Así que pensé que ser estúpido era una prerrogativa de los mayores y que por no sé que razones tenían el derecho a callarme cuando abría la boca. Bueno, así eran las cosas. Conforme fui creciendo empecé a reservar para mí mis opiniones y sólo las exponía cuando me parecía necesario cambiar el rumbo de una conversación insulsa. Recuerdo, sin embargo, aquella vez en que "metí mi cuchara" y para mi sorpresa, uno de los participantes comentó "¡Mira qué bien, este chamaco ha viajado!" y yo aparentando indiferencia me llené de orgullo y me sentí aceptado en aquel círculo de mayores. Pero, apartir de ahí, no me pararon y hasta ahora no me importa que me digan que parezco un niño y que me comporto como tal. ¡Ah! Pero he tomado providencias. La madurez te enseña a transigir y a ceder de vez en cuando, así que compré un armario bonito, de madera, en el que cuando voy a tratar con un grupo que tiene fama de serio, con mucho cariño encierro al niño que siempre llevo fuera.

martes, 6 de septiembre de 2011

LA MOSCA

Pasó delante de mis narices como un rayo y se estrelló en el vidrio de la ventana; luego, increíblemente, retrocedió para tomar vuelo y volvió a embestir con gran ímpetu sólo para rebotar de nuevo. Hizo esto incontables veces hasta que mejor le abrí para que saliera. Como ven, "echarle ganas" no es la clave del éxito, es nada más una parte. La otra es buscar por nuestra cuenta una salida distinta o, con un poco de suerte, encontrar alguien que nos abra la ventana.

martes, 30 de agosto de 2011

MISIVA*

Estimado Don Miguel:

    Sírvase Vuesa Merced poner sus ojos en ésta, que con humildad escribo, sin pretensión alguna ni espurio deseo de sobrepujar su ínclita y ubérrima persona.
    Es mi profundo deseo el aprehender su atención hacia los hechos que V.E. expone acerca de mi personal valer, en los fieros combates que contra Don Alonso Quijano hube de sostener y que no fueron puestos a consideración del vulgo por razones que ignoro. Fueron las mías campañas harto fieras, donde si de valor se trata, la enjundia y el arrojo no han sido superados ni en "la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros". Si a Vuesa Merced pluguiere, humildemente me ciño a sus deseos y suplícole me otorgue la gracia de otra lid en donde espero no ser tan escuetamente citado, sino descrito y ponderado con mayor amplitud e hiperbólica manera y que mi presencia y gallardía no se empañe tras los brillos de mi alfanje.

 Indubitablemente suyo,

 Pentapolín
 Del Arremangado Brazo.

* Hallada en cierta correspondencia mantenida oculta por Lope de Vega, quizá con el oscuro deseo de utilizarla contra Don Miguel por no darles a algunos de sus personajes la oportunidad de desarrollarse plenamente.    

martes, 23 de agosto de 2011

ABRAZO

Había anochecido. Los colores que prestaban su alegría a los muros de las casas se tiñeron de gris. La calle empedrada brillaba de humedad y todo parecía estar en blanco y negro. El silencio fue envolviéndolo todo. El ruido de mis pasos parecía un susurro lento, acompasado. Un farol allá adelante cobró vida y empezó a darse importancia. Su brillo mortecino permitía percibir en cada piedra un pequeño punto de luz. El aire estaba quieto. La ligera cuesta ascendente agitaba un poco mi respiración. Entonces la vi. Bajaba lentamente e iba cubriendo poco a poco los elementos de la calle. El farol, que ya estaba más próximo, se disolvió en un esfumado tenue que sólo dejaba ver su base oscura. Su luz se disolvió agonizante en el entorno. No quise esperar a que me alcanzara y decidí ir a su encuentro. Suavemente me envolvió con su abrazo. Me humedeció con su aliento. Me detuve y quedé inmóvil. Luego, muy despacio, giré sobre mí mismo y la vi rodeándome por completo. Aquello era otro mundo. Otra dimensión. Así permanecí algunos segundos.  Luego reanudé la marcha. Llegué a casa. Abrí la puerta, entré, encendí la luz y el encanto desapareció. Afuera, tras la puerta, la niebla silenciosa me seguía esperando. 

martes, 16 de agosto de 2011

DESEMPLEADO

Estoy muy preocupado. En mi país, en mi ciudad, todo está en orden. Han desaparecido las desavenencias y la discordia y ya nadie las recuerda. Los gobiernos, desde lo federal, lo estatal y lo municipal están cumpliendo a cabalidad con sus funciones. Todos están de acuerdo en que, dentro de lo esperado, aquellos que por nuestro voto ejercen el poder están haciendo su mejor esfuerzo. Están dando lo mejor de sí mismos en sus respectivos cargos y su trabajo es reconocido por la ciudadanía. Saltan a la vista los logros en infraestructura, los apoyos a factores de la producción, las leyes que favorecen la inversión y los trámites fáciles y expeditos para la instalación de nuevas empresas. Es evidente el acceso a la justicia rápida y equitativa. La población confía en una policía que con su trabajo cotidiano ha logrado una tranquilidad social sin precedentes. La criminalidad se ha reducido a escasos brotes aislados de individuos antisociales y delincuentes de poca monta. Nadie habla ya de crimen organizado. El sistema penitenciario ha reducido su población en más de un veinte por ciento y la proporción de exconvictos reinsertados en la sociedad productiva se ha elevado gracias a la correcta aplicación de los sistemas y métodos de rehabilitación social. La economía familiar se ha visto fortalecida debido al incremento en las fuentes de trabajo, los salarios justos y las prestaciones de ley. El transporte público es eficaz y los conductores son un ejemplo de cortesía, precaución y espíritu de servicio. Las manifestaciones de descontento han pasado a la Historia y aquellas marchas y plantones del pasado ni se ven ni se sienten porque ya no están presentes. La justicia social es un hecho contundente. Las personas se dedican con ahínco a su trabajo y tratan de aportar soluciones constructivas en lugar de crear células de agitación. Esto ha traído como consecuencia el florecimiento de excelentes relaciones obrero-patronales y los sindicatos colaboran con las empresas para aumentar la productividad. Ha desaparecido el ausentismo y los turnos normales se bastan y sobran para mantener la producción en sus niveles óptimos. No se requieren horas extra y se piensa ya en reducir la semana laboral para favorecer la convivencia familiar. En fin, el panorama es inquietante por donde se vea. Algo está funcionando bien y me afecta sobremanera. Me encuentro desempleado desde hace rato. Nadie me necesita. Nadie me requiere. No hay nicho de mercado para mí. De todos modos, si acaso alguna vez necesitan de mis habilidades, me pueden encontrar bajo el rubro "HÉROES", pequeña sección casi olvidada de los anuncios clasificados en los mejores diarios del país.

martes, 9 de agosto de 2011

LA NAVE

     Tenía la forma de un gran pez cubierto todo de escamas metálicas que brillaban a la luz de la luna. Se desplazaba en absoluto silencio por debajo de las nubes contrastando su imagen. No parecía querer ocultarse a la vista desde tierra. Es más, daba la impresión de que quería ser visto, de otro modo iría por encima de las nubes. Lenta y majestuosamente giró en mi dirección. Yo estaba clavado en el suelo desde que lo vi y no sé si no podía o no quería moverme, absorto como estaba ante tan insólito espectáculo.
Soy escéptico por naturaleza y mi cerebro trabajaba en innumerables posibilidades, analogías y premisas y las fue desechando una por una. Aquélla máquina, porque tenía que serlo, era algo tan fuera de los parámetros tecnológicos de cualquier aparato hecho por el hombre que lo más parecido habría sido un dirigible, pero cuando empezó a virar hacia donde yo estaba pude observar cómo se curvaba todo su fuselaje. El enorme aparato, calculé que por lo menos medía cincuenta metros de largo y tal vez unos quince de diámetro, ¡Tenía aletas! ¡Sí, exactamente como un pez! Sin embargo, para avanzar no movía la enorme cola sino que simplemente se desplazaba en silencio. Tanto las aletas como la cola parecían hechas de plástico translúcido y permanecían inmóviles. Conforme se fue acercando pude percibir más detalles. Obviamente ¡Tenía ojos! Sí, pero no eran ojos en realidad pues dentro de ellos se podía observar una tenue luz verdosa y alcancé a ver movimientos en su interior. Eran ventanas. Estuve a punto de gritar y echar a correr pero no me fue posible. Lo único que pude hacer fue ponerme en cuclillas, no tanto por quererlo sino porque se me doblaron las rodillas. Aquel "pez" se inclinó y descendió hasta quedar frente a mí a unos cuantos pasos; luego se detuvo flotando a un metro sobre el suelo y lentamente ¡Abrió la boca! Un olor nauseabundo parecido al del pescado podrido emergió del interior. Luego, dos seres humanoides que en lugar de manos tenían una especie de tenazas de cangrejo salieron de ahí y con gran eficiencia me alzaron en vilo y me introdujeron en la máquina hasta un lugar parecido a un quirófano iluminado con esa misma luz verdosa que parecía venir de todas partes. Me acostaron en una plancha y la luz cambió a un tono azulado. Quise moverme pero no pude. Estaba a su merced completamente paralizado. Fue cuando un brazo robótico que portaba una tremenda aguja hipodérmica descendió del techo y clavó sin misericordia la aguja en mi abdomen. El dolor fue tan fuerte que me despertó y corrí veloz al baño a vomitar el huachinango al mojo de ajo que me había despachado en la comida.

martes, 2 de agosto de 2011

CRIPTOZOOLOGO

    Llevaba ya cinco días en esa región de la cuenca amazónica y se había alejado algunos kilómetros de su campamento base. Mochila ligera, el insustituible GPS, un buen cuchillo de monte, un mapa de la zona impreso a prueba de agua, la cantimplora llena, el repelente de insectos, etc., etc.. ¡Ah! y muchas ganas de descubrir, de encontrar y clasificar alguna especie nueva que en lo sucesivo llevara su nombre. Sonaría bonito: "Loqueseatus Artemus".
El Doctor Artemio Hernández soñaba despierto y dormido con la gloria y el reconocimiento de la élite científica. Ese afán lo había llevado a diferentes lugares del mundo. Ahora, en esa selva, agudizaba sus sentidos y lupa en mano escrutaba concienzudamente cuanto bicho se le atravesaba y de inmediato lo identificaba  por su taxonomía. Ese día había recorrido una buena parte de la zona delimitada a ocho hectáreas que él mismo había determinado para esa ocasión sin encontrar nada. Pronto se haría de noche y GPS en mano emprendió el regreso a su campamento, donde lo esperaría un buen baño y una cena frugal preparada por Régulus, su asistente. Sin embargo, nunca llegó. Régulus esperó, con la idea de que tal vez algo se le había atravesado y llegaría más tarde, casi hasta la media noche para dar aviso de su desaparición. Con las primeras luces del día, una brigada de búsqueda y rescate se hizo presente en el lugar, revisaron los mapas que el Doctor había marcado el día anterior y marcharon en su busca. No fue difícil hallarlo. El Doctor era muy metódico y la cuadrícula de su mapa resultó de mucha ayuda. Encontraron su cuerpo reclinado cómodamente en un tronco. Llamó mucho la atención de los rescatadores la expresión de incredulidad y sorpresa que se veía en su rostro. Junto a su cadáver, encontraron también el cuerpecillo inerte de un hermoso colibrí que quedó ahí olvidado por los brigadistas.
La autopsia de ley reveló que el Doctor Artemio Hernández había fallecido por la acción de una neurotoxina de efectos devastadores que acabó con su vida en escasos tres minutos. Durante varios meses se trató de identificar qué clase de bicho había aguijoneado al infortunado investigador y hasta la fecha, se desconoce.


martes, 26 de julio de 2011

COMBATE

    Salió disparada velozmente bajo la mirada de todos los presentes. El que disparó, concentrado en su objetivo, los demás esperando que nada sucediera. La estrategia era colocarse lo más pronto posible y desde ahí realizar una serie de tiros que pondrían fuera de combate a cuantos se pudiera. El proyectil alcanzó su objetivo provocando un grito del que recibió el disparo. Un nuevo tiro alcanzó a otro, luego un tercero a otro más. Finalmente, al cuarto disparo el proyectil erró su blanco. La respuesta no se hizo esperar y aquello se volvió una verdadera batalla. Un combate de estrategias de colocación, habilidad y puntería. Los proyectiles iban y venían y gritos de batalla resonaban en el patio: ¡Altas desde la rodilla!, ¡Desde tiro es muerto!, ¡Chiras pelas! ¡Una de dos y son seguidas!, ¡Tache pelas!, ¡Chin...!
¡Extraordinario! Verdaderamente es una lástima que los niños de ahora ya no sepan jugar a las canicas.

martes, 19 de julio de 2011

SAHASYA

Nació en un lugar al Este de Jaipur en las colinas de Aravalli en la India. Recibió el nombre de Sahasya por ser el más fuerte entre sus hermanos. Su infancia transcurrió tranquila dentro de lo que se considera normal. Una vez que alcanzó la madurez se separó de su familia. Su vida, sin embargo, tuvo un giro inesperado el día que se le ocurrió atacar al solitario conductor de un vehículo de vigilancia al que dio muerte. El hecho desató una de las persecuciones más intensas de que se tenga memoria y cuyos esfuerzos no tuvieron éxito por varios meses. Sahasya parecía haber desaparecido. Se ocultó tan bien que pensaron que había sido asesinado. De nada sirvieron los interrogatorios y las pesquisas. Los vigilantes bajaron la guardia y volvieron a efectuar sus recorridos en solitario. Un día, Sahasya se dejó ver nuevamente. Los agentes fueron avisados y se reunió un grupo de búsqueda que logró acorralarlo una tarde, pero nadie se atrevió a hacerle frente. Optaron por esperar al día siguiente, rodearon el lugar y acamparon para pasar la noche. No hubo luna. Al amanecer siguiente descubrieron el cuerpo inerte de un miembro del grupo y huellas del fugitivo. Nadie había escuchado nada. Siguieron el rastro durante varios días pero Sahasya siempre les llevaba una ventaja considerable. La persecución llegó hasta los límites orientales de la jurisdicción y tuvieron que abandonar la búsqueda no sin antes reportar por radio su presencia en el territorio vecino. Han pasado los años y jamás se le volvió a ver en Aravalli. Los tigres de Bengala son animales realmente impredecibles.

martes, 12 de julio de 2011

EL CRUCE

No veía absolutamente nada y los ruidos que llegaban a sus oídos eran muy confusos. Hasta ahora había avanzado prácticamente sin problemas. Cuando llegó al borde, los ruidos parecieron acentuarse y se sentían más próximos. Ahora dudó y se sintió incapaz de continuar. Era demasiado para él. De pronto, sintió cómo una mano grande y fuerte le agarraba por el brazo. Cualquiera hubiera gritado pero él no lo hizo y dócilmente se dejó llevar. Desde su noche permanente agradeció que le ayudaran a cruzar y, con su bastón por delante prosiguió tanteando su camino.

martes, 5 de julio de 2011

PROFECÍAS

Mientras más se aproxima el año 2012, más parecen coincidir los oráculos catastróficos. Las profecías pudieran ser algo digno de tomarse en cuenta. Verán por qué. Si como parece ser, el tiempo es un mero concepto, lo único que permanece debe ser la Eternidad, es decir, lo que no cambia, lo que siempre ha sido, lo que es, lo que será. Imagino que es una especie de dimensión desconocida para los humanos, presos como estamos en la cárcel material. Sin embargo, a manera de ejercicio, imaginemos también por un momento breve, para no arriesgar nuestra razón, que no tenemos cuerpo. Que sólo somos mente. No veremos a través de nuestros ojos. Lo primero que sucederá es que no veremos nada, o mejor dicho, veremos todo negro. El mundo material ha dejado de existir. El Universo entero ha dejado de existir. No tenemos antecedentes de forma; no sabemos cómo son las cosas. Estamos en el Caos. Tenemos todos los ingredientes pero no sabemos qué hacer con ellos. Como seres inmateriales no tenemos sentido alguno. Simplemente somos. Nada se escucha, nada se ve, nada se siente. Estamos conscientes de nuestra existencia pero nada más. El pensamiento requiere del cerebro y de palabras para expresarse y no podemos hacerlo porque no tenemos cerebro ni existe el lenguaje. Pensamos en ideas sin texto y nos asaltan con golpes instantáneos, como destellos de inspiración sin ubicación temporal. Tendríamos que ser pacientes. Algo imposible para quien es eterno, para quien no espera ni recuerda nada. En ese nivel, la Nada y el Todo son exactamente lo mismo. Es un presente perpetuo en el que todo es y no es al mismo tiempo. Ahora percibamos fugazmente nuestro mundo, como si tuviéramos la cinta de un filme en nuestras manos. Una cinta donde el inicio es el pasado. La parte media el presente y la parte final sería el futuro. Podemos ver la Historia, la actualidad y podemos ver también lo que se avecina. Terrible situación: somos profetas.
Si has logrado completar el ejercicio y has visto lo que los demás no pueden ver, créeme que lo siento. Si lo publicas te dirán que estás loco. Si lo callas te sentirás culpable. El desasosiego se apoderará de tu corazón y de tu vida. Ser profeta es una de las situaciones más temibles en que un ser humano se pueda encontrar. Te lo digo por experiencia.

martes, 28 de junio de 2011

¿QUÉ PASÓ?

Pude haberme quedado callado pero me ha resultado muy difícil ser el único en saberlo. Luego pensé que tal vez lo sepamos muchos y suframos todos la misma tortura. Mantener oculto un conocimiento tan terrible que afecta a todos los seres del planeta es imposible para una sola persona. He llegado a pensar que todos lo sabemos, todos lo ocultamos, y tratamos de llevar una vida tan normal como nos es posible para no despertar sospechas.
Desde hace muchos, muchos años, los humanos hemos recibido comunicaciones de otros niveles y de diversas maneras. Algunas en forma de profecías, otras como si fuera un aviso. Las ha habido que han creado religiones y no faltan las que han lanzado a algunos a empresas sobrehumanas. Desde luego que también andan por ahí los que vieron la oportunidad de tomarles el pelo a los demás e inventaron truculentas historias con las más variadas motivaciones, desde hacerse famosos hasta mejorar su situación económica. Son tantos y tan variados que no hace falta ser un gran observador y un buen analista para darse cuenta de que la trama de todos ellos es casi la misma, variando los lugares, los tiempos y las circunstancias.
Yo siempre había sido escéptico y todavía lo sería si no fuera porque a mí también me sucedió. Si esperan que les cuente una experiencia espeluznante serán decepcionados. Si bien fue algo extraño no tuvo nada de impactante, al menos en aquel momento. Conducía por la autopista México-Puebla rumbo a esta ciudad. Era un viernes de invierno y el reloj del auto marcaba las nueve de la noche. Cruzaba por la parte alta de la Sierra Nevada al Norte del Iztaccíhuatl cuando empezó a nevar. Las luces del auto iluminaban los copos que se proyectaban contra el parabrisas en absoluto silencio. Perdí la noción del camino. Era una sensación fantástica que duró unos cuantos minutos. Luego dejó de nevar y aquel bello espectáculo terminó.
Al día siguiente, sábado, desperté a las ocho de la mañana según mi reloj, pero el despertador marcaba las ocho y veinticinco. Mi esposa no estaba en la cama. Me dí una ducha y bajé las escaleras. El reloj del comedor marcaba también una diferencia de veinticinco minutos. Como todos los sábados, salimos a desayunar. Al sacar el coche miré el reloj. ¡Coincidía con el mío! Eso fue hace diez años. Corregí los relojes pero a partir de esa noche empezaron los "flashes" en sueños. Era como ver los avances de una película. Al principio muy breves pero después más largos e inquietantes. Percibía olores y sonidos y la presencia de unos personajes con "gafas" enormes que les cubrían los ojos en una cara sin nariz. Sin embargo, nunca me sentí agredido. Luego, como si tuviera unos audífonos, empecé a escuchar su voz dentro de mi cabeza. Recuerdo vagamente algunos conceptos aislados: "Hemos estado aquí desde siempre". "Ustedes no son los dueños de este planeta". "No podemos hacer más". "La crisis se aproxima". "La decisión está en sus manos". Lugares comunes que estamos hartos de leer en este tipo de casos; premoniciones catastróficas y veladas advertencias. Todo eso fue tolerable hasta que escuché: "Nos iremos poco a poco". "Volveremos después". Quise preguntar a dónde se iban y después de qué volverían pero no pude articular palabra. Me quedé con la duda y no se hacer más que conjeturas. ¿Qué sucedió en los veinticinco minutos que tanto el reloj del auto como el mío estuvieron detenidos? ¿Qué clase de catástrofe se aproxima para que estas entidades se vayan de la Tierra? ¿Habrá empezado ya su éxodo? Esas cuestiones ocupaban mi mente cuando un ligero ataque cerebral me mandó al limbo de la amnesia por algunas horas. Una tomografía consecuente descubrió algo inusual bajo mi cuero cabelludo en la región occipital: un cuerpo extraño de color grisáceo con la forma y el tamaño de un grano de arroz. Lo extrajeron y su análisis indicó que era sílice. Dedujeron que una caída de caballo cuando era niño podría ser la responsable de esa piedrita. Eso fue todo. Los sueños cesaron. ¿Serían resultado de alguna alteración en mi cerebro? Si es así, yo sería el único afectado. Eso me tranquiliza.

martes, 21 de junio de 2011

LA HISTORIA

Ese interesante relato de los acontecimientos pasados que tan elocuentemente nos relatan los vencedores y que llamamos Historia, no deja de ser un cuento en el que éstos y los vencidos jamás se pondrán de acuerdo, ya sea en lo superfluo o en lo esencial. Ese enorme depósito de hechos reales, adulterados o ficticios se mueve para allá y para acá según soplen los vientos de la temporada política. No me consuela ni me tranquiliza el saber que en otras áreas del conocimiento humano sucede exactamente lo mismo, pero qué le voy a hacer.
Perdonen que hable de mí pero es el tema que mejor conozco. Déjenme decirles que estuve presente en innumerables hechos de la Historia de México, específicamente durante la Revolución y siempre en el bando de los alzados aunque dicen por ahí que también estuve con los pelones y con no sé quiénes más. Aquello fue tan caótico que el sobrenombre de "La Bola" le quedaba bien. Siendo así las cosas, bien pude haber estado en todas partes al mismo tiempo pero, vayamos al grano. Deseo expresar mi nostalgia y tristeza porque la Revolución no me ha hecho justicia. Sé que por ahí me han visto en algún museo y que alguien me compuso una canción, pero me gustaría algo más significativo dados los buenos servicios que presté en aquel entonces. Estaría muy bien un monumento grande, vistoso y lo más fiel posible a mi fisonomía. ¡Sería fantástico! El país honra a sus héroes combatientes y se olvida de que no hubieran podido hacer mucho sin nosotras. La verdad es que estoy algo amargada pero, les pregunto: ¿Qué harían ustedes en mi lugar? Duermo todos los días envuelta en periódicos grasientos añorando los fines de semana para ver el sol, tirada sobre un trapo en la plazuela. Miro pasar a la gente que ni se percata de mi presencia. No sabe quién soy ni por qué estoy ahí. Yo, que tanto hice por ellos, soy una desconocida para las nuevas generaciones. Sólo me anima el eventual reconocimiento que algún abuelo me hace cuando dice: ¡Mira hijo, ven a ver! Esa cosa oxidada que está ahí ¡Es una carabina 30-30!

martes, 14 de junio de 2011

DE FENÓMENOS EXTRAÑOS

¿Conocen a Charles Fort? ¿Sí? ¡Qué bueno! ¿No? Se han perdido de algo muy interesante y no me refiero a su persona, que debe haberlo sido, sino a su obra, específicamente a "El libro de los condenados". Una recopilación de hechos considerados anómalos o inexplicables por la Ciencia vigente a fines del siglo XIX y principios del XX. Según sus biógrafos, el señor Fort era en realidad un gran escéptico. Su enfoque o intención era la crítica a los científicos de su época por despreciar una serie de hechos extraños o fuera de lo común. La Ciencia de ese tiempo (increíblemente) todavía aseguraba: "No pueden caer piedras del cielo por la simple razón de que en el cielo no hay piedras". Estando así las cosas, al señor Fort le tocó vivir una era coyuntural o lo que se ha dado en llamar un parteaguas o bisagra de los tiempos.
Viendo las cosas con objetividad, Fort distaba de ser un científico en el sentido tradicional del término. Más bien era un estudioso de  fenómenos inexplicados y su método recalcaba la preponderancia de los hechos. En otras palabras, observaba el mundo y sus alrededores a través de un cristal distinto pero, ¿a qué viene todo esto? me dirán ustedes. Bueno, hagamos un ejercicio de mente abierta al estilo Pauwels-Bergier y demos por sentado que todo puede ser, por extraño que parezca. ¿Entonces? Pues nada, que si a esas vamos, Fort ya no está tan solo. Lo acompaña una cantidad de entidades raras, en el sentido de poco conocidas, que han pasado por aquí diciendo y haciendo cosas raras también, enfrentándose a una Ciencia reacia a la aceptación de un Universo extraño que no juega con sus reglas y por ello, es declarado inexistente. Así las cosas, hombres como Charles Fort han rasguñado la piel de la Verdad y quizá hasta han sentido poseerla por momentos, pero ésta, siempre evasiva y escurridiza, los ha plantado ahí con las manos vacías y ha corrido a ocultarse bajo las faldas de mamá Ciencia. Sin embargo, ha dejado el rabo de fuera y lo mueve provocativamente con el objeto de tentar a nuevos Charles Fort para que continúen catalogando al menos e investigando al más, la enorme cantidad de hechos inexplicados que integrarán el contenido de nuevos "Libros de los condenados".

martes, 7 de junio de 2011

CUEXCOMATE*

El bueno de Simón se dirigía a su domicilio aquella noche de sábado, después de haber celebrado con algunos tragos, la victoria de su equipo favorito. Si bien no estaba borracho, sí venía más relajado que de costumbre y le costaba cierto trabajo mantener el equilibrio. Sus pasos, ligeramente zigzagueantes, lo llevaron por el parque donde se encuentra el Cuexcomate para cortar camino. Al pasar cerca del cráter, vió salir del socavón un tropel de pequeños sujetos verdes y cabezones que de inmediato lo rodearon. Su desconcierto era tal, que lo único que se le ocurrió decirles era que no traía dinero. En total silencio, los verdecitos lo tomaron por su cuenta y lo llevaron cargando hasta el borde del cráter sin hacer caso de sus contorsiones y risitas nerviosas causadas por las cosquillas que sentía. Llegaron hasta la escalera de caracol y luego, sorprendentemente, levitaron con todo y la humanidad de Simón hasta desaparecer en el fondo de la chimenea del volcán. Simón empezaba a sentir algo de miedo pero no le dio tiempo de aterrorizarse pues perdió el sentido.
Al día siguiente, para sacarlo, trataron de atarlo a una camilla pero no se dejaba. Ya no tenía cosquillas y sí un tremendo dolor de cabeza. Finalmente, los brigadistas lo sacaron de ahí. Las fotos del rescate y sus declaraciones salieron en los tabloides del ramo sensacionalista donde Simón tuvo su momento de celebridad. Aquel suceso pasó al olvido y Simón jamás ha regresado por el jardín del Cuexcomate.

*"El volcán más pequeño del mundo" es en realidad la boca de un géiser extinguido. Está situado sobre la calle 2 Poniente, entre la Ave. Ayuntamiento y la 3 Norte, en La Libertad, Puebla, Pue.

martes, 31 de mayo de 2011

LA DESVIACIÓN

Desde luego que mi masa corporal dista mucho de ser significativa como para registrar la desviación deseada de un haz de luz. Al menos eso creí hasta ayer en que la cosa realmente sucedió. Hoy fui a saludar a Albert, como insistió en que lo llamara desde el principio de nuestra amistosa relación. Se encontraba practicando en su violín cuando llegué a visitarlo. No tocaba como un virtuoso pero lo hacía seguramente mejor que yo, mero dilettante de tan hermoso instrumento. Con un gesto lo animé a proseguir con la "Alemanda" de la partita para violín solo número dos que estaba ejecutando. No deseo presumir, así que les diré que no la identifiqué hasta que me asomé sobre su hombro y leí el título en la partitura. Un minuto más tarde concluyó el movimiento y Albert declaró terminada su práctica. Me invitó a tomar asiento, encendió su pipa con pausado ritual y tras la voluta inicial que se elevaba en la habitación me dijo sin preámbulos.
- ¿Así que crees ser lo suficientemente importante, físicamente hablando, como para alterar la trayectoria de la luz con tu masa corporal?
- Estoy seguro - le respondí tratando de proyectar convicción en mis palabras - ayer pude experimentarlo claramente utilizando una disposición geométrica de espejos con una fuente de luz polarizada.
- Interesante recurso. ¿Cómo lo controlaste?
- Pues registré la trayectoria rectilínea del haz sobre una pantalla micrométrica que serviría de control.
- ¿Y luego? - comentó Albert aparentemente interesado.
- Repetí el experimento aproximándome al haz en un punto dado de su trayectoria. Fue una aproximación tangencial sin llegar a tocarlo. La pantalla registró una desviación  del haz de luz de 0.0000000000000000001 micrones en el punto de incidencia en la retícula. ¿Lo puedo considerar una verdadera desviación?
-Yo creo que sí - contestó Albert con mucha seriedad y continuó - ¿Por qué no traes tu violín la próxima vez? Podríamos intentar una sonata para dos violines de Vivaldi, que traigo entre oídos, para ver si nos sale sin alguna desviación. ¿Qué te parece?

martes, 24 de mayo de 2011

DON EUSTACIO

Llegó muy bien recomendado  por personas conocidas de la familia. Hombre de unos sesenta años, entró a hacerse cargo de los menesteres de la casa: patio central con fuente y jardineras; corredores sombríos; ocho habitaciones; recibidor, sala principal y gran comedor. Se encargaba de que todo funcionara. Recibía y clasificaba la correspondencia; llevaba y traía recados y mantenía brillantes los herrajes de bronce de los pasamanos. Era, por así decirlo, una especie de mayordomo sin  pretensiones. Lo de Don se le aplicaba como a todo señor de cierta edad sin mayores títulos. Eustacio era su nombre. Su mejor cualidad: la discreción. Fue contratado directamente por Doña Rosario, la señora de la casa.Trabajaba sin hacer preguntas y se le veía activo durante todo el día. Por las noches esperaba el regreso del patrón, a quien saludaba cortésmente sin esperar respuesta. Cerraba los aldabones, pasaba la tranca en la puerta principal, apagaba las luces y, a oscuras, se retiraba a dormir a su cuarto en el patio trasero de la mansión, a las ocho en punto todos los días, por órdenes estrictas de la patrona. 
    Cierto día, la señora le llamó para encargarle algo y Don Eustacio entró por primera vez en la penumbra de un  despacho donde Doña Rosario, siempre elegante y de muy buen ver, escribía algo en un papel. Los ojos de Don Eustacio se acostumbraron a la escasa luz de la habitación: una salita vienesa a un lado cuya mesa de centro lucía un florero con geranios frescos y por acá un archivero de madera. Al centro, el escritorio donde Doña Rosario redactaba en ese momento algún recado. En el muro, a espaldas de ella, había colgados dos retratos en marcos ovalados, uno era del patrón y el otro de Doña Rosario. Su escrutinio fue interrumpido por la señora.
     -Don Eustacio, hágame favor de llevarle esto al párroco de la iglesia de La Soledad. Este domingo es el sexto aniversario de la muerte de mi esposo. Debe celebrar una misa solemne por él y no quiero que lo olvide -dijo esto girando la cabeza para mirar el retrato. El ruido de un cuerpo al caer la hizo voltear nuevamente.
    No sé si el alma de Don Eustacio fue incluida en esa misa o la celebraron aparte, pero eso fue hace seis meses y es la hora en que Doña Rosario continúa sin mayordomo.

martes, 17 de mayo de 2011

MODELADO

-Nos conocemos desde hace muchos años y sin embargo siempre me sorprendes con algo nuevo. ¿Cómo le haces?
     -No tengo que hacer nada. Me sucede cada día al despertar. Simplemente vuelvo a nacer y es por eso que para mí cada día es nuevo y trae consigo cosas nuevas.
     -No, no, espera. No es así de fácil. Creo que tratas de sorprenderme y no lo vas a lograr. Si para ti todo es nuevo cada día ¿Qué ha pasado con lo que ya sabes? Con toda tu experiencia, tus conocimientos, tus principios, tus valores...
     -¡Ah! -me interrumpió bruscamente- eso es sólo memoria. Es lo que fui. Yo soy nada más este momento. Aquello que he aprendido ya no existe y sólo quedan sus efectos. Verás. Es como la arcilla en manos del escultor. Si presiona por aquí y empuja por allá, deja una huella y la forma de la obra cambia. Las manos del artista ya no están. Estuvieron. El resultado es que cada día la escultura amanece nueva, lista para ser modificada y recreada nuevamente.
     -Entonces -le dije poniendo cara de haber comprendido- los cambios en la forma son el resultado de la aplicación de las manos. Es decir, se trata de un proceso de transformación donde la arcilla no tiene nada que ver ¿No?
     -No. La arcilla tiene mucho que ver. Si el artista desea un modelado de calidad, deberá utilizar la arcilla más fina que pueda encontrar. Sin embargo, en la práctica deberá trabajar con la que tenga a la mano. Además del modelado cotidiano hay algo que no debe faltar y es el adecuado grado de humedad para que la arcilla ni se seque ni se escurra.
     -Oye, esto ya se salió de contexto. Me estás dando una clase real de modelado...
     -¡Claro! - me interrumpió nuevamente- tu espíritu es el escultor; tu cuerpo es la arcilla...
     -¿Y el agua? -ahora yo lo interrumpí- ¿El agua para mantenerla manejable? -le cuestioné ávidamente.
     -¡Ah! Eso es un factor muy importante para un buen modelado. El agua representa el interés que le pongas diariamente. Tú eres el artista y la obra al mismo tiempo y si no te gustó como quedaste el día anterior, siempre puedes cambiar. Es la ventaja del renacer cotidiano.
      -Debes tener razón Diógenes*. De hecho ya me siento diferente de como llegué contigo.
     -Oye -me dijo- ¿Sabes de alguien que requiera de un maestro?
     -Puede ser, pero aquí las cátedras se ganan por oposición y por lo que sé, a ti no te gusta que te examinen.
     -Es verdad, pero si sabes por ahí de alguien que desee tomar clases particulares de modelado me avisas.
     -¿¡Modelado!?
     - ¡Olvídalo! - ijo cubriéndose la cara con las manos- creo que hoy tanto el cambio como la diferencia fueron retrógrados.
     -¿¡...!? Ehh... Bueno, nos vemos...

*Diógenes. Nombre que le puse a un personaje imaginario que vive en un cuchitril, bajo un paso elevado, en la imaginaria ciudad de Pipopea, en un país que seguramente también es imaginario.