martes, 27 de septiembre de 2011

LA PALABRA

Parece que mis deseos de escribir son inversamente proporcionales al  tipo de temas que quiero abordar. Dicho de otro modo, cuando tengo muchas ganas de escribir, no se me ocurre sobre qué. Tal vez sea a causa de que no hallo cuál de todos los temas es el que merece ser puesto por escrito. En ese estira y afloja se me pasan los días y miro con horror cómo corre el calendario. Luego me estabilizo un poco, me siento ante la computadora, la enciendo y contemplo con cierto resquemor el aparato que veloz, se aproxima en Word, a la temida página en blanco. Esa que llena la pantalla con su terrible vacío y me encuentro como al principio. No aparece, pese al nombre del programa, palabra alguna que me de pie para iniciar la narración. Desánimo y frustración invaden mi espíritu. Aquella palabra inicial que contiene el germen de algún magnífico relato se niega a presentarse. En cierta ocasión apagué la computadora y la volví a encender varias veces con la intención de que en alguna de ésas, aquella página en blanco me dijera algo. Nada. No es así como funcionan las cosas, parecía decirme la pantalla. En eso, llamaron a la puerta. Era temprano. ¿Quién será? Salí a la reja y me topé frente a frente con un par de circunspectas damas. Me saludaron amables y a bocajarro, con gran convicción y autoridad me dijeron:
    -Le traemos la palabra.- ¡Increíble! Me quedé estupefacto ante tan inesperado portento.
    -¿De veras? - les dije sin pensar. - ¡No tienen idea de lo mucho que he esperado este momento! Son ustedes mi punto de partida. El primer paso en el arduo camino de la creatividad que creí agotada. La llama que iluminará las oquedades de mi cansado intelecto. La sombra protectora del árbol del conocimiento. La guía segura en el trayecto de... Señoras, ¡Señoras!
Mi reja estaba cerrada con llave. Tardé un poco en abrirla. Cuando salí a la calle las damas casi llegaban a la esquina. En vano les grité que me dieran la palabra. Apresuraron el paso y quizá para evitar convertirse en estatuas de sal, jamás voltearon a verme.

martes, 20 de septiembre de 2011

AFUERA

Es verano y llueve. Me asomo. El cielo gris y la tierra verde se multiplican en las gotas aferradas al cristal de la ventana y en cada una de ellas también llueve. Me animo y salgo. Fríos impactos en mi cabeza pretenden devolverme la conciencia. El agua escurre por mi frente. Agachado, descubro en el suelo el reflejo de un cielo salpicado. Avanzo. De las frondas se desprenden gotas mayores que tratan de llamar la atención dejándose caer con más ruido y mojando mucho más. La madre de todas las gotas golpea con fuerza en mi coronilla, se desliza por el entrecejo, escurre por mi nariz, salta al vacío y muere absorbida en la rodilla del pantalón. Debe haberse divertido. Un charco me invita a salpicar. Acepto de inmediato y de un salto caigo con los pies juntos en su centro. ¡Guau! Yo también puedo llover. Repito el salto y me río en forma reprimida. La lluvia arrecia y ya estoy empapado. Resisto la tentación de deslizarme de panza en esos charcos. Podría mojarme demasiado. Pienso en regresar cuando escucho que me llaman. Son mis amigos desde la casa. Los llamo a señas. Dudan. Intercambian opiniones y deciden salir en la forma más silenciosa posible. Corren a través del prado cayendo y levantándose. Alguien osado organiza una competencia de natación en el pasto. Quienes no participan echan porras mientras chacualean a placer. No falta el que tímidamente se cubre la cabeza con la mano para no mojarse mientras sus ropas chorrean en catarata. Aquello era lo máximo pero no faltó quien "rajara" y el primer adulto en salir dio la alarma. El portal de la casa se llena de mamás que gritan llamando a sus críos. Algunas se animan a salir y corretean a sus hijos para llevarlos a la casa. Tropiezan y caen. Pronto sus risas se incorporan al jolgorio que se organizó bajo la lluvia. Otras mamás se añaden al borlote y aquello crece hasta alcanzar niveles de veras festivos. Todo es risas y alegría. Muy diferente al reprimido interior de la casa a causa de la lluvia. Ha sido la fiesta de cumpleaños más divertida a la que me hayan invitado. El barullo terminó poco después pero el resto del día siguió lloviendo.

martes, 13 de septiembre de 2011

EL ARMARIO

Muchas veces se me ha dicho que me comporte como el adulto que soy, tal vez no con estas palabras, pero siempre con esa intención. Creo que la postura de mis interlocutores era la de la mayoría de la gente adulta.
    Hace tiempo, cuando era niño, me molestaba bastante que los adultos me callaran la boca, hasta que caí en la cuenta de que los que estaban mal eran ellos. ¿Cómo pedirle a un niño de siete años que se comporte como adulto? ¿Cómo forzarlo a callar y no participar en las conversaciones de los adultos? ¿Cómo podían ellos saber que yo estaba pensando que eran unos necios y que lo que decían eran puras tonterías? Así que pensé que ser estúpido era una prerrogativa de los mayores y que por no sé que razones tenían el derecho a callarme cuando abría la boca. Bueno, así eran las cosas. Conforme fui creciendo empecé a reservar para mí mis opiniones y sólo las exponía cuando me parecía necesario cambiar el rumbo de una conversación insulsa. Recuerdo, sin embargo, aquella vez en que "metí mi cuchara" y para mi sorpresa, uno de los participantes comentó "¡Mira qué bien, este chamaco ha viajado!" y yo aparentando indiferencia me llené de orgullo y me sentí aceptado en aquel círculo de mayores. Pero, apartir de ahí, no me pararon y hasta ahora no me importa que me digan que parezco un niño y que me comporto como tal. ¡Ah! Pero he tomado providencias. La madurez te enseña a transigir y a ceder de vez en cuando, así que compré un armario bonito, de madera, en el que cuando voy a tratar con un grupo que tiene fama de serio, con mucho cariño encierro al niño que siempre llevo fuera.

martes, 6 de septiembre de 2011

LA MOSCA

Pasó delante de mis narices como un rayo y se estrelló en el vidrio de la ventana; luego, increíblemente, retrocedió para tomar vuelo y volvió a embestir con gran ímpetu sólo para rebotar de nuevo. Hizo esto incontables veces hasta que mejor le abrí para que saliera. Como ven, "echarle ganas" no es la clave del éxito, es nada más una parte. La otra es buscar por nuestra cuenta una salida distinta o, con un poco de suerte, encontrar alguien que nos abra la ventana.