martes, 16 de abril de 2013

DE LOS RECUERDOS

Cuando un recuerdo es requerido por la memoria, sale de una circunvolución cerebral y se presenta veloz, sorprendente viajero del tiempo. La memoria se encarga de mantener a los recuerdos convenientemente acomodados en archivos súper comprimidos. En general, los tiene almacenados en stand by, siempre listos para presentarse al frente cuando son llamados. Pero pasa algo curioso e interesante. Las más de las veces, ese recuerdo alerta de pasada a colegas suyos que tienen algo en común con él, ya sea por el tiempo, las circunstancias o cualquier otro tipo de similitud. De ese modo, un recuerdo arrastra consigo a otros de sus semejantes, que se amontonan en el vestíbulo de la memoria para presentarse en la primera oportunidad.
    Si el recordante está solo, se forman ordenadamente según una categoría que ellos mismos establecen, ya sea por importancia o por trascendencia y van compareciendo ante la conciencia de uno en uno, aunque a veces se atropellan entre sí por ganar el privilegio de hacerse presentes. Parecen sentir que esa es su función más importante. Su razón de ser. De seguro saben que un recuerdo olvidado deja de existir, muere y desaparece como si nunca hubiera sido.
    Si el recordante se encuentra en un grupo, se establece una competencia bárbara, terrible, para encontrar el recuerdo más calificado y competir o colaborar con los recuerdos traídos a colación por los demás. En cada uno de los ahí reunidos, hay un recuerdo en la catapulta de la lengua, listo para salir en cuanto un silencio momentáneo lo permita. Esta tremenda competición de los recuerdos tiene lugar en las reuniones de individuos con edades que fluctúan entre los cincuenta y los setenta y tantos años, edades que hacen suponer un acervo de experiencias y conocimientos dignos de haber sido conservados en la memoria. Pueden contar además, con un vínculo común al que deben su tendencia al gregarismo periódico y es generalmente de origen académico o laboral. Esos encuentros resultan fenomenales y tal parece que las edades respectivas en vez de sumarse se restan porque la jovialidad y el buen ánimo campean por sus fueros. Es tonificante convivir y recordar. El espíritu vital regresa y revalora los tiempos idos como si fueran de apenas ayer o estuvieran presentes todavía. Cuando regreso de esas reuniones solo, conduciendo por la autopista, esos recuerdos me acompañan y permanecen conmigo hasta la casa. Ahí se retiran nuevamente a la memoria donde permanecen pacientes, discretos y llenos de vida hasta la próxima reunión.