
EL SR. HARRIS
La llamada entró a eso de las seis de la tarde y estaba algo obscuro pues el sol de invierno hacía ya rato que había desaparecido. Fuera de la casa soplaba un vientecillo frío que por momentos se enrachaba en ráfagas heladas.
- ¿El Sr. Harris? - dijo la voz en el teléfono.
- A sus órdenes - contestó con su habitual afabilidad.
- Es conveniente para usted que se presente en el despacho 32 del edificio Walton mañana a las seis de la tarde para evitarse problemas mayores. - Colgaron el aparato sin darle tiempo a contestar una palabra.
- ¿Quien sería? - se preguntó - la voz no me es conocida. Ha de ser una de esas promociones que... pero, ¿por qué lo de "evitarme problemas mayores"? Yo ni siquiera tengo problemas menores, es decir, ¡ni problemas tengo!
El Sr. Harris habitaba en una cómoda casa y vivía bien de sus modestas rentas; a sus sesenta y dos años, era una persona tranquila, honorable y apreciada por sus vecinos, conocidos de muchísimos años. Conservaba un carácter jovial y bien dispuesto si bien era discreto y reservado. Vestía con buen gusto y sus ropas de buena calidad denotaban, combinación difícil, sobriedad y alegría de vivir al mismo tiempo. Era miembro de un club al que asistía asiduamente y donde concentraba un buen número de amigos. En fin, su existencia era apacible y muy lejana a problemas de cualquier índole, hasta ahora...
La tarde del día siguiente, el Sr. Harris se dirigió hasta el barrio comercial del noroeste, zona de edificios de oficinas de mediados de los cincuentas en cuyas plantas bajas se alojan comercios de lo más variado. Sobre la calle Durham se eleva el conocido edificio Walton, una mole de diez pisos de ladrillo rojo aún más vieja que los edificios del entorno, conocido por albergar los despachos de los más prominentes abogados del estado.
- No sé que voy a hacer ahí - dijo para sus adentros - no debí tomar en serio esa llamada porque si resulta que es una de esas ofertas de agencias de viajes o tiempos compartidos, nada más me van a hacer perder mi tiempo... y el suyo. No me parece lógico que una empresa de viajes, por más agresiva que sea, llegue al extremo de amenazar con "problemas mayores" a sus posibles clientes.
Puntual como siempre había sido, el Sr. Harris llegó al edificio y abordó el elegante elevador de rejillas de bronce que acababa de descargar una bocanada de abogados, pasantes, secretarias y similares que formaban parte del rezago laboral del día. Al subir, el elevador sólo llevaba un pasajero; oprimió el botón del tercer piso. El aparato era lento y casi medio minuto después se detuvo suavemente y abrió su puerta corrediza en el tercer nivel haciendo sonar su campanilla. El Sr. Harris salió buscando de inmediato la puerta del despacho número 32 que resultó encontrarse a la izquierda dando la vuelta, al final de uno de los corredores y en llegando ahí se encontró con una puerta con panel de vidrio en cuya superficie se leía: McMilan & Rossi Bufete de Cobranzas. Miró su reloj; las seis en punto.Tocó con cierta fuerza sobre el cristal y esperó unos segundos. Nada. Descubrió el viejo botón de un timbre casi invisible en el marco de la puerta, lo oprimió y escuchó el zumbido. Entonces, dos oficinas a su derecha se abrió una puerta y un individuo joven salió rápidamente; cerró la puerta con llave y sin voltear a verlo, corrió hacia la vuelta del corredor desapareciendo en el recodo. El Sr. Harris alcanzó a escuchar la campanilla del elevador.
- Hoy todo mundo quiere llegar temprano a casa - dijo en voz baja haciendo girar al mismo tiempo la perilla de la puerta - pero éstos de aquí madrugaron demasiado. ¡Qué poca seriedad! Hacerme venir para... - la perilla giró - el Sr. Harris se quedó de una pieza sin saber qué hacer y luego, tímida y lentamente empujó la puerta que se fue abriendo poco a poco. La oficina estaba en tinieblas y las persianas cerradas; dio unos pasos titubeantes hacia el interior mientras trataba de acostumbrar sus ojos a la obscuridad, cuando de repente todo se volvió negro y escuchó cómo la puerta se cerraba tras él. Se sintió atrapado y de inmediato perdió la noción del lugar. Extendió los brazos hacia adelante y empezó a caminar arrastrando los pies sobre el piso alfombrado; avanzó un poco y cobrando ánimo dio un paso más largo. Su espinilla izquierda tropezó con algo duro y sus manos ansiosas buscaron asidero, se apoyaron en algo y ese algo cedió bajo su peso. El Sr. Harris cayó estrepitosamente llevándose alguna cosa más en su descenso. Intentaba incorporarse despacio cuando sintió cómo se le enrollaba algo alrededor del cuello. Aterrorizado, aferró aquel lazo y tiró de él con desesperación sólo para sentir un fuerte golpe junto a su cabeza y el ruido de una apagada explosión. Se dio cuenta de que estaba jadeando pero de su garganta no salía ningún sonido. Trató de tranquilizarse y a gatas intentó avanzar de nuevo tanteando delante de sí con una mano. Se desplazó un poco más y de nuevo volvió a sentir la cuerda intentando arrollarse en su cuello. La agarró y la jaló violentamente para escuchar de inmediato un impacto sobre la alfombra con una especie de tintineo. Entonces, armándose de un valor que estaba muy lejos de tener gritó:
- ¡Quién está ahí! - y como nadie le contestó, lanzó un fuerte golpe con el revés de su mano izquierda. - ¡Bump! - ¡Ayyy! - Sonó como un escritorio - pensó mientras se frotaba el dorso adolorido de su mano. Palpando nuevamente lo tocó. Era un escritorio. Irguiéndose despacio fue siguiendo su contorno y su superficie. Encontró un portaplumas y más allá se pinchó con los colmillos de lo que parecía ser la estatua de un elefante - de bronce - concluyó. Después ya más tranquilo y un poco más ubicado, desplazó sus manos sobre el escritorio y al hacerlo arrugó unos papeles que se hallaban encima. - ¡Qué pena! He arrugado algunos documentos - murmuró y con un fuerte complejo de culpa los estiró lo mejor que pudo y los dejó ahí. - Algunos portaplumas tienen incorporada una lámpara... a ver... ¡Clic! - Nada. Continuó su obscuro trayecto y sus manos tocaron... - ¡Una pelota! ... ¿En un bufete?
En fin, después de haber armado una magnífica carambola derribando una pila de libros que a su vez lo hicieron con alguna mesita y una licorera cuyo contenido se bebió la alfombra, el Sr. Harris logró encontrar la puerta de salida; la abrió y recorrió como pudo el corredor; siguiendo la pared dio la vuelta y siempre en las tinieblas encontró las rejillas plegadizas del elevador que, por supuesto, no funcionaba. A tientas y después de varias vueltas por el corredor, localizó las escaleras de incendio tras una puerta de seguridad y para no buscarse más problemas, bajó de asentaderas los tres pisos de escalones, llegando a la planta baja a las siete horas con cuarenta y cinco minutos, según lo indicaba su reloj, que alcanzó a consultar con la tenue luz que de la calle llegaba, colada por las mallas de la reja de servicio. Salió.
Al día siguiente el Sr. Harris, ya repuesto de su odisea en las tinieblas pero con la mano izquierda aún adolorida, se presentó puntualmente en el bufete de cobranzas McMilan & Rossi, por supuesto a las seis de la tarde. Abrió la puerta y entró con ánimo resuelto. A la izquierda de la puerta se encontraba una pequeña mesa secretarial ocupada por una joven recepcionista.
- ¡Buenas tardes! Le saludó la empleada.
- Buenas tardes señorita - contestó mientras lanzaba furtivos vistazos al resto de la oficina - debí venir ayer - mintió - pero me fue imposible, así que...
- No se preocupe. ¿A quién anuncio?
- Soy el Sr. Harris. Raymond Harris - contestó sin dejar de observar la oficina. Efectivamente ahí estaba un gran escritorio antiguo de sólida madera de cedro y sobre él se encontraba un viejo teléfono con el auricular roto. Al centro del mueble se ubicaba un portaplumas con lámpara de pantalla verde y del lado derecho, la figura de un elefante indio vaciada en bronce fungía como pisapapeles. Junto a la ventana, un globo terráqueo. Más allá, cerca de la puerta, una silla vienesa ocupaba su lugar junto a una lámpara de pie sin pantalla a la que un empleado de intendencia cambiaba en ese momento la bombilla.
- Sr. Harris - la voz de la recepcionista interrumpió su labor de reconocimiento - me dijo que su nombre es Desmond, ¿verdad?
- No señorita. El nombre es Raymond, Raymond Harris.
- ¡Qué extraño! Aquí en la lista de citados está un Desmond Harris, pero ningún Raymond Harris.
- ¿Me permite ver? - dijo el Sr. Harris. La chica le pasó varias hojas de papel escritas a mano con bastante mala letra. Efectivamente, su nombre no estaba ahí. - ¿Puede usted decirme, señorita ¿De dónde sacaron la presente lista?
- Pues verá usted, es una lista de deudores morosos; el Licenciado Rossi, cada semana, se la dicta personalmente a su asistente, el meritorio Brown, quien después ya con calma, me dicta los nombres por orden alfabético. Yo los anoto y me encargo de localizar sus datos en el directorio para llamarles por teléfono y concertar una cita. ¡Es muy laborioso!
- Si es así como lo hacen me explico el error porque ¿se trata de un error, verdad?
- Seguramente y lo siento muchísimo Sr. Harris. Pero déjeme decirle algo, es usted afortunado porque si hubiera venido ayer, primero, no nos hubiera encontrado. El edificio tuvo que evacuarse por un serio problema de mantenimiento y a eso de las seis de la tarde precisamente, cortaron toda la energía. Segundo, hay gente sin conciencia que aprovecha este tipo de situaciones para causar daño a sus semejantes y en esta ocasión este despacho fue la víctima de sus actos vandálicos. Los intrusos no robaron nada pero se tomaron el fino cognac de esa licorera que dejaron tirada. Si hubiera usted venido, probablemente se hubiera topado con ellos. La policía dijo que, a juzgar por los destrozos, debieron haber sido por lo menos dos. Le repito, tuvo usted suerte Sr. Harris.