martes, 15 de junio de 2010

LA ISLA



Triste lugar para terminar la vida, aquella isla albergaba, si así se puede decir, a una buena cantidad de aquellos que eran considerados "molestos" para el régimen y ahí, bajo la vigilancia de una guarnición bien armada, tenían a su alrededor el muro del océano. De hecho, prisioneros también eran los soldados vigilantes que no podían salir de los muros de sus cuarteles, ubicados en el único acceso de playa de la isla. El resto de la costa consistía en farallones que resistían incólumes los embates de las olas. Escapar de ahí se consideraba imposible.
La vida silvestre era abundante, había agua dulce y se cultivaba con éxito una meseta fértil que proveía bien a los cerca de doscientos condenados. Cada tercer día por la mañana se realizaba un conteo haciéndolos desfilar en medio de una empalizada.
Aquel día el conteo arrojó un faltante. Uno. Sonaron las sirenas de alarma y se confinó al grupo en lugar seguro. Una partida de vigilantes inició una búsqueda por toda la isla. La noche llegó y la partida regresó sin haber hallado rastro del fugitivo. Dos días más duró la búsqueda que fue tan intensa como infructuosa. Al tercer día se pasó lista nominal. Uno por uno, los prisioneros fueron desfilando para su identificación. Al final, sólo quedó un nombre sin llenar. Se llamaba Ícaro.