martes, 28 de febrero de 2012

REPORTAJE

Tenemos con nosotros al señor...
    -J.J. Mittovich.
    -Y usted se dedica a...
    -Soy Voyomino de tiempo completo.
    -¿Bollomino?
    -No, no. Vo-yo-mi-no. Con V y con Y.
    -Muy bien. Eh... perdone... en dónde... eh... no sabía que hubiera...
    -Oh, no se preocupe. Estoy acostumbrado.
    -Cómo... es decir..., ¿Cuál es su especialidad?
    -Soy Motivador X.
    -¡Qué bien! ¿Es mexicano?
    -Digamos que soy ciudadano del mundo.
    -¿Vino usted con algún grupo?
    -Bueno, somos muchos pero a este evento sólo he venido yo.
    -Y... ¿Cuál es el objetivo de su actividad como motivador?
    -Incrementar el número de crédulos.
    -¿Ustedes los producen?
    -Pues de hecho siempre han existido, pero nosotros nos hacemos cargo de que se desarrollen y se multipliquen. Fomentamos y alimentamos su comunicación, los reunimos de vez en cuando, hacemos que se refuercen mutuamente, etcétera. Somos la Némesis de los escépticos y la punta de lanza de los que piensan que todo es posible en este planeta, llámense parasicólogos, new age people, alucinados, ufólogos, caza-fantasmas, magufos y demás. Estamos distribuidos por todo el mundo y nuestra función principal es hacer que la gente crea que todo lo que ven sus ojos, si no lo entienden o no lo conocen, tiene una explicación sobrenatural, es de origen extraterrestre o qué sé yo.
    -¿Deveras?
    -¡Claro! Desde tiempo inmemorial hemos estado involucrados en una infinita serie de situaciones, todas ellas increíbles, encontrando eco en multitud de seres humanos con una característica que han dado en llamar "open mind" o algo así, que significa que la olla de sus seseras no tiene tapa por lo que ahí puede caer cualquier cosa. Les damos gusto a todos. Los Voyominos hemos llegado a establecer en esas mentes, de manera permanente, la quintaesencia de toda clase de entidades paranormales, ya se trate de aparecidos, chupacabras, vampiros, naguales, brujas, yetis, hombrecitos verdes y grises, etcétera, cabalgando sobre la frase ya clásica de "Yo sé lo que vi". Últimamente (tenemos que ir con la moda) hemos incluido creyentes en profetas del desastre y visionarios catastrofistas; futurólogos trasnochados, fanáticos de los ovnis, clientela del Tarot de Marsella y del café turco; horóscopo-dependientes, pacientes de brujos y sanadores psíquicos, contactados, abducidos y demás. Bueno, ni los Mayas ni Nostradamus imaginaron lo que la mercadotecnia y los medios pueden lograr. En fin, los Voyominos hemos encontrado en esta gente el terreno abonado para nuestra actividad. ¡Ah! No puedo dejar de mencionar que ha sido México, a lo largo y ancho de su territorio, el lugar más favorable para el cumplimiento de nuestros objetivos. Eh... ¿Puedo mandar un saludo?
    -¡Sí, claro!
    -¡Hola Maussán! Tu asunto va marchando ¿eh? Tú tranquilo. Un abrazo, Jaime.
    -Bueno, pues muchas gracias señor Bollomino.

Reportando desde el XVI Simposio Internacional de lo Increíble, en Catemaco, Veracruz.
Manooooolo Kreo. Frente Informativo Olmeca.

martes, 21 de febrero de 2012

MURALISMO

Con suaves movimientos, la habilidosa mano derecha del maestro Rivera se deslizaba por el muro mientras su mente cavilaba. Ahora podría demostrar al mundo su talento. Sólo los ciegos no verían su maestría en el claroscuro, sus inigualables veladuras y el mágico sfumato. El dominio indudable de la perspectiva y los diversos planos. El manejo magistral de la composición donde sale a relucir su conocimiento de la proporción áurea. La riqueza, armonía y profundidad del color y la perfección de su dibujo. La suavidad y finura de sus pinceladas y la increíble paz de los semblantes aunada a la energía en la expresión de sus retratos. Y qué decir de su maravilloso conocimiento de la anatomía y las estéticas actitudes de sus figuras. La magnitud de los espacios abiertos en sus espléndidos paisajes; la frescura de sus bodegones y la elegancia de sus naturalezas muertas, evidente muestra de su agudo sentido de observación y su talento. Su habilidad para captar la...
     -¡Qué pasa maistro! ¡Muévase que le falta pintar la recámara y la sala!
     -¡Mjh!

martes, 14 de febrero de 2012

LA CITA

Sentado en una banca del parque, leyendo el periódico, vi llegar por la acera de enfrente a un hombre de lento andar, enfundado en un abrigo negro, que se detuvo frente a una puerta. La casa, de los años treinta, mostraba en su pintura deslavada recuerdos de mejores tiempos. El hombre se alejó hasta la orilla de la acera y miró las ventanas. Volteaba inquieto hacia ambos lados de la calle. Se le veía ansioso. Varias veces miró su reloj. También varias veces sacó del bolsillo una cajita, la miraba y la volvía a guardar. Una mujer joven llegó. El hombre la saludó cortésmente y ella abrió la puerta. Ambos entraron. Vi como la cortina de una ventana se cerraba. Observé que en un par de ocasiones esa cortina parecía moverse. Minutos después el hombre salió de allí y se alejó caminando más despacio que antes. Como quien no quiere la cosa, doblé el periódico, me levanté de la banca, crucé la calle y me acerqué a la casa. Caminé lentamente hacia la puerta y seguí hasta la ventana. Un pequeño cartel atrajo mi atención. Decía: Se aplican inyecciones.

martes, 7 de febrero de 2012

EL ÚLTIMO

Recuerdo que fue a fines de julio de un año que ya olvidé. Llegué como siempre a mediodía y me acosté boca abajo sobre la grava. Sentí el sol tibio en la espalda. Percibí el olor a creosota, fuerte, intenso. El viento se arrastraba subiendo el terraplén, cargado con el aroma a ocote del bosque cercano. Cerré los ojos y despacio, concentrándome, apliqué el oído. Los minutos pasaron y no pude escuchar algo que no fuera el lejano silbido de la brisa en los campos de cebada. Abrí los ojos. Los volví a cerrar. Creo que me quedé dormido unos instantes. Nada. Sólo un silencio que me recordaba, como en el índice de un libro, las vivencias que había tenido en ese mágico lugar. Aquel estruendo que como humeante cuchillo tajaba el pasmo del paisaje y se aproximaba poco a poco. Ya no lo escucharía jamás. Se había ido. Me lo habían dicho y yo no lo creí. Después de media hora tuve que aceptarlo. Lentamente despegué mi oreja del riel, me puse de pie y me despedí para siempre de aquella vía y aquellos durmientes que acababan de morir. El tren no volvería. El último había pasado ayer.