
La Historia ni siquiera me menciona. Pero no importa. Si yo hubiera estado pensando en la gloria, soñando en poner mi nombre por ahí en algún lugar, no hubiera podido hacer nada. Sólo cumplí con mi deber y no por obediente, sino porque aquí, en mi corazón, una voz interior me recordaba constantemente que lo que hacía estaba bien. Que valía la pena cualquier sacrificio para cambiar las cosas y que mi labor, pequeña y humilde era la parte que me correspondía para lograr ese cambio. Era soldado raso, como la mayoría. Mi mosquete y yo hicimos mucho daño al enemigo. Perdí la cuenta cuando pasé de diez y dejé de contarlos. Para qué contar los muertos si a fin de cuentas para eso estaba. Tras más de dos meses de sitio, el calor, la sed y el hambre, ya no eran nada para mí. En las noches de guardia, junto a la lumbre, cantábamos aquella de
"Por un cabo doy dos reales,
por un sargento un tostón.
Por mi general Morelos,
doy todo mi corazón."
Un mal día, otro ataque realista intentó penetrar nuestras defensas. Habíamos resistido por más de una hora. Me asomé después de cargar el mosquete y no supe de mí. Sólo alcancé a escuchar un cañonazo que barrió conmigo y varios más. Desperté en la traílla que arrastraba un caballo el día que salimos de Cuautla a principios de Mayo de 1812. Fue en ese camino que me quejé de la pierna y el que marchaba a mi lado me dijo. Estás bien. Con una pierna, no tienes que caminar.


